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domingo, 21 de febrero de 2016

Desde contra con

Pedro Sánchez pretende gobernar España “desde el diálogo y la moderación”. Pablo Iglesias asegura que formaría parte de ese Gobierno “desde la lealtad”. El PP valenciano quiere regenerarse “desde la honradez”. Mónica Oltra propone resolver los conflictos “desde la tolerancia”, y Florentino Pérez envía a los socios del Real Madrid un vídeo realizado, dice, “desde el sentimiento que nos une”.

Este uso reciente de la preposición “desde” donde se esperaría su compañera “con” se extendió entre personajes públicos y periodistas a finales del pasado siglo y principios de éste. Y tanto se ha extendido ese desde, que incluso en la vida cotidiana nos topamos de vez en cuando con alguien que nos habla “desde el cariño”, o “desde la sinceridad”, o se nos confiesa “desde el corazón” (menos mal que no hemos oído todavía “desde el corazón en la mano”).

La preposición “desde” sirve para denotar que algo procede de un punto concreto. Eso lleva aparejada la idea de que el lugar de destino se encuentra alejado de aquél. Así, una persona puede decirle a otra que la llama desde Pekín o desde Badajoz, para lo cual suele suceder que su interlocutor no se encuentre ni en un sitio ni en otro.

De igual modo, si una amiga nos habla “desde el cariño” y un político se dirige a nosotros “desde la sinceridad”, nos están diciendo que ellos se encuentran allí y nosotros no. Por el contrario, cuando alguien habla “con sinceridad” entendemos que tal actitud anida en su ser y lo gobierna. Y que eso no excluye que nosotros alberguemos el mismo ánimo y nos sintamos cercanos a nuestro interlocutor para hablarle de idéntica manera; con sinceridad, o con humildad; con el corazón en la mano o con la mano en el corazón (que ambas opciones valen).


Pero la preposición “desde” da a entender que la sinceridad o la honradez o la humildad no se hallan en el hablante, sino que, al revés, él se encuentra en ellas, como si estuviera de pie sobre esas cualidades y nosotros le escucháramos a una cierta distancia, alejados de tan honrosa ubicación.

martes, 9 de febrero de 2016

¿Andara o anduviera? Errores gramaticales en canciones clásicas del pop español

  • Verbos mal conjugados, concordancias eludidas… El que tiene boca (para cantar) también se equivoca.
Vaya por delante una aclaración, de buen rollito: no hace falta llamarse Lope ni Garcilaso para escribir la letra de una buena canción pop. Dicho lo cual, reconozcamos que incluso nuestros autores más acreditados han cometido patinazos llamativos, sobre todo en lo tocante a conjugaciones verbales, concordancias y esas cositas que tiene esta hermosa y cervantina lengua nuestra.
Aquí hemos recopilado unos cuantos, a título de curiosidad. Sin ánimo de incordiar, pues, y solo por sugerir mejoras en nuestro acervo (que no acerbo) lingüístico, anoten esta decena de fallos. Admitiendo de antemano eso de que “el que tiene boca se equivoca”. 
1. Mecano: “Tú contestastes que no” (de La fuerza del destino, 1988). Las canciones de estos mozalbetes darían para un artículo entero sobre versos dudosos, chirriantes o fallidos, pero ninguno tan flagrante como ese “te dije, nena, dame un beso / tú contestastes que no” (lo correcto es contestaste) que nos endiñaron en la famosa La fuerza del destino. Ay, esas eses bravías en las segundas personas del singular del pretérito de indicativo, cuánto daño han hecho… (“Fuistes lluvia y fuistes flor”, aseguraba Mari Trini, a menudo tan buena escritora, en su Canción vieja). El tema de Mecano, seguramente uno de los más repelentes que haya escrito nunca Nacho Cano (en modo “macho Alfa”), incluye otros versos tan líricos como “estas son solo un par de estrechas” o “no sé si esa cara tan rara / un ojo aquí y un diente allá”. José María, el hermano sesudo, era en cambio capaz de escribir perlas como “La cara vista es un anuncio de Signal” (Me cuesta tanto olvidarte).

domingo, 8 de junio de 2014

El rey abdica

Con motivo de la abdicación de don Juan Carlos I, se ofrece una serie de claves sobre términos y expresiones relacionadas con el proceso habitual desde el momento en el que un monarca abdica hasta la sucesión de este por parte del heredero al trono.
1. El verbo abdicar, que significa ‘ceder un monarca la soberanía sobre su reino’, como transitivo se construye sin preposición (abdicar el trono o abdicar la Corona), y cuando funciona como intransitivo le sigue un complemento introducido por de, no por a, (abdicar del trono, no abdicar al trono), tal como indica el Diccionario panhispánico de dudas. Cuando se menciona al nuevo monarca, el verbo va seguido de en o en favor de.
2. Los títulos rey, reina, príncipe, princesa… y los tratamientos don, doña, señor, señora… se escriben en minúscula, conforme a las normas de la Ortografía sobre títulos y cargos, vayan o no acompañados del nombre propio: el rey y el rey Felipe VI.
3. Los números romanos que forman parte de los nombres de papas y reyes se leen como ordinales hasta el diez y como cardinales a partir de ese número, de modo que el futuro rey de España será Felipe VI (leído sexto).
4. No es apropiado utilizar el plural monarcas para referirse a la pareja formada por el monarca y su consorte, de modo que, en lugar de los monarcas españoles, lo adecuado es hablar de los reyes españoles, tal como indica el Diccionario panhispánico de dudas.
5. El sustantivo trono se escribe con minúscula, pues se trata de un nombre común, pero Corona, cuando se emplea con valor institucional, comienza con mayúscula.
6. Por esta misma razón, porque adquiere carácter institucional, en jefe del Estado la palabra Estado se escribe con mayúscula. También se escriben con mayúscula los nombres de entidades, organismos o instituciones: las Cortes, el Congreso, etc. 

martes, 4 de marzo de 2014

Vivir sin comas

domingo, 10 de noviembre de 2013

Insultos

ÁLEX GRIJELMO El País |10 NOV 2013
Decimos “tarambana” y pronunciamos, en efecto, cuatro veces la misma vocal para referirnos a una persona de poco criterio. La reiteración de la letra a parece muy productiva. Al hombre rudo y tosco se le llama “ganapán”. “Mangarrán” (perezoso) se emplea en el norte, y “charlatán” por todas partes. A un estúpido le dicen “soplagaitas”. Y al informal, “cantamañanas”. Y para el achulado y de mal gusto se usa “macarra”. Al que rehúye el trabajo lo tachan de “haragán”; y a quien se enoja con facilidad, de “cascarrabias”. La persona simple y crédula puede ser un “papanatas”; y el sinvergüenza y frescales, un “bandarra”.
Entre los bisílabos, al retrógrado se le tilda de “carca”; y el que no da ni una saldrá incluso bien librado si alguien lo define como un “manta”. La reiteración de la a aparece igualmente en “gañán” o en “patán”, en ambos casos personas zafias: y también en “mandria”: un inútil.
El pelele. Goya
Lo mismo sucede con la frecuencia de la e. “Petimetre” define a quien se obsesiona con las modas, Y al entremetido y de poco provecho le llaman “mequetrefe”. El navarrismo “menerre” censura al inútil. Al débil que no sirve para un trabajo físico se le clasifica como “enclenque”. Y la persona manejable es un “pelele”.
La letra o, por su parte, resulta mucho más rotunda: “Tonto”, “bobo”, “tosco”, “ñoño”, “soso”, “glotón”, “fofo”… Al que es más simple que el mecanismo de un lapicero se le adjudica la voz “zolocho”; y al hombre que parece no enterarse de nada pero no se descuida en su provecho, “zorrocloco” (muy extendida en Canarias). Y al irrelevante se le considera un “zorrocotroco”.
La i tiende a señalar lo pequeño o despreciable (nimio, ínfimo…), y con esa idea se relaciona al “chisgarabís”. El que pone reparos de poquísima monta es un “tiquismiquis”. Y a quien carece de importancia el diccionario le llama “mindundi”.
Por supuesto, no todos los insultos populares se basan en esas eufonías. También existen “estúpido” o “idiota” o “gilipollas”. Y quizás por ello parecen más fuertes.

domingo, 27 de octubre de 2013

El cadáver estaba muerto

 El País | 27 OCT 2013

Lo publicó un diario madrileño el 1 de junio: “Ayer por la mañana se practicó la autopsia al cadáver del fallecido”.

Realmente nos dejaba ya muy tranquilos saber por esa frase que las autopsias se les practican a los cadáveres, pero todavía nos quedamos más a gusto cuando supimos que esos cadáveres están muertos.

El genio del idioma no quiere que se diga con dos palabras (o más) lo que se expresa a la perfección con una. Y eso encuentra una explicación en la máxima de relevancia que definió el filósofo de la lengua inglés Paul Herbert Grice (1913-1988).

La máxima de relevancia constituye una de las reglas de cualquier conversación en la que dos interlocutores intentan entenderse. Y consiste en que todo lo que cuentan ha de ser relevante (adecuado, pertinente) para la idea que desean transmitir. Lo superfluo queda eliminado antes de pronunciarse, y así se añade significado a la individualidad de cada término. Si una palabra está presente, será por algo: tendrá un sentido propio, igual que las demás.

Y como el buen estilo y la buena comprensión tienden a la economía de vocablos, ningún término puede resultar gratuito. El receptor entenderá siempre que si una palabra figura en una oración, es porque añade significado. Y si no lo añade, dificulta el entendimiento o engaña (a menudo sin que exista esa intención).

Por ejemplo, el 28 de junio a las 8.42 se pudo oír en una emisora española que narraba el encarcelamiento de Luis Bárcenas: “Le tomaron las huellas dactilares de los dedos de sus manos”. Lo cual da a entender que a veces las huellas dactilares se toman de algún otro lugar del cuerpo.
Y si contásemos que las calles de la ciudad se hallaban cubiertas de “nieve blanca”, entonces la máxima de relevancia nos invitaría a pensar que existe nieve de cualquier otro color. [...] 

La redundancia de significado no relevante (es decir, con palabras prescindibles) se denomina “pleonasmo”, vocablo procedente del griego pleonasmós (“sobreabundancia” o “exageración”). Como sucede con el colesterol y con las amistades, hay pleonasmos buenos y pleonasmos poco recomendables. Los buenos añaden expresividad, ironía… algo: “Cállate la boca”, por ejemplo. Y los pleonasmos malos no suelen añadir nada: “El estadio estaba completamente abarrotado”, “es totalmente gratis”, “vio un falso espejismo”, “se aprobó con la unanimidad de todos los grupos” (ejemplos extraídos de los periódicos).

La política y el periodismo abundan en pleonasmos malos. Y queríamos llegar hasta aquí para preguntarnos si la abundancia de pleonasmos no implicará que algunas personas están dejando de creer en la fuerza de muchas palabras y en sus significados redondos; y si eso explicará tal vez el desmedido uso del adverbio “absolutamente” entre quienes hablan en público: estamos absolutamente felices, absolutamente decididos, absolutamente seguros. Quienes se expresan así imaginan acaso fisuras en las palabras más sólidas; o quizás esos vocablos se les han desgastado por su desempeño falso y artificial. [...] Leer más

domingo, 29 de septiembre de 2013

El prestigio de las palabras


Esas palabras de prestigio se impregnan de respeto y bendicen todo cuanto tocan, pues llevan dentro connotaciones positivas, objetivas, ajenas al debate. Y que a veces nos engañan.

El término “evolución” figura también en ese grupo. Hallamos propuestas de evolución en el periodismo, en la arquitectura, en el lenguaje, en nuestra concepción de la vida. “Hay que evolucionar”, “Fulano no ha sabido evolucionar”, “el enfermo no evoluciona”, “el coche de Vettel lleva nuevas evoluciones”... Llama la atención que el verbo y el sustantivo (“evolucionar” y “evolución”) se apliquen casi siempre a desarrollos positivos, cuando el Diccionario no les otorga esa virtud. Quizás al valor meliorativo de “evolución” y “evolucionar” contribuya la mera existencia de “involución” y de “involucionar”. Sin embargo, tanto “evolucionar” como “involucionar” se refieren al desarrollo de algo hacia delante o hacia atrás, no necesariamente a su mejora o empeoramiento. Tal vez un enfermo desearía involucionar, por ejemplo: retroceder al momento en que estaba sano. “El idioma evoluciona”, se suele argüir como lugar común ante cualquier crítica de un neologismo. Pero, aunque casi hayamos excluido esa idea en el significado, se dan a menudo evoluciones negativas: el enfermo empeora, la ciudad se degrada, nuestro léxico se empobrece. Y ese prestigio de la palabra “evolución” hace que lo olvidemos.

“Auditoría”, “evolución”, “sostenible”, “autocrítica”, ”crecimiento”, ”racionalizar”, “transparencia”… son vocablos de prestigio. Como la palabra “futuro”. Quién puede cuestionarla, si en ella volcamos todos los deseos. Después, el propio futuro decidirá por su cuenta, y reducirá nuestra capacidad de someterlo a solo aquello que realmente dependía de nosotros mismos. Pero mientras tanto, su prestigio nos seduce en el discurso político y en sus ofertas.

Por eso quizás convenga que, cuando nos regalen esos términos para endulzar una frase, nos fijemos bien en las palabras amargas que haya a su alrededor. Leer más

domingo, 8 de septiembre de 2013

Palabras difusas, respuestas ambiguas


La contestación “no me consta”, anotada en declaraciones políticas y judiciales, puede relacionarse también con las figuras retóricas de la ambigüedad. Por lo común, la psicología cognitiva nos conduce a entender “no me consta” como sinónimo de que se ignora algo. Ahora bien, las afirmaciones que hacemos están constituidas por lo que decimos y por lo que desechamos decir. Y así algunos declarantes desechan “lo niego” o “lo desconozco”, y eligen “no me consta”.

Esas contestaciones con información parcial recuerdan cuando uno de los miembros de la familia le pide a otro que le alcance el arroz, a lo que este último contesta un rato después: “No lo encuentro”. Eso puede significar tanto que no hay arroz en la casa como que no lo ha buscado bien, o incluso que ni se ha molestado en hacerlo o que ni siquiera sabe en qué estante se coloca. Pero sigue siendo cierto que no lo ha encontrado, frase de la cual no se deduce en ninguno de esos supuestos un falso testimonio: porque no ha dicho que el arroz no esté, ni que no tenga la intención de buscarlo, sino que no le consta.

Y si a uno no le consta algo, eso significa, diccionario en mano, que no le es manifiesto, o que tal cuestión no ha quedado “registrada por escrito”, o que no le ha sido “notificada” (verbalmente o en un papel).
Claro, no podía constar aquello que se hizo para que no constase. Si alguien escondió el arroz, no nos consta que exista. Y si sabemos que alguien lo escondió, también podemos responder que no lo hallamos porque no nos consta dónde está.

Además, una cosa es que sepamos algo y otra que nos conste. Lo definió muy bien el escritor egipcio Edmond Jabès: “Sé que estoy mintiendo cuando en alguna ocasión miento. Nunca sé realmente si digo la verdad cuando intento decirla, aunque esté totalmente convencido de ello”. 

Por tanto, la respuesta de Cospedal sobre los sobresueldos a altos cargos del PP y la ofrecida sobre el arroz se ciñen a lo cierto. Pero cuando damos testimonio de algo, no se espera que certifiquemos su verdad fehaciente, indubitable, científica, sino que simplemente se trata de que seamos sinceros, lo cual excluye toda posibilidad de engaño o de silencio intencionados.

La litotes es una figura retórica (también llamada atenuación o hiposemia) que atempera un concepto abrupto. Por ejemplo, “no aplaudo lo que haces”, en lugar de “lo critico”. En esa línea de negaciones con trampa se dice también “no está usted admitido” en vez de “le hemos rechazado”; o “no se permite fumar” en vez de “está prohibido”. “No me consta" puede representar igualmente una forma de no decir diciendo, una minoración, una hiposemia. O un truco más para no alcanzarnos el arroz. Leer más


domingo, 1 de septiembre de 2013

¿¡Pero quién realiza la acción del verbo!?



Vamos creando frases hechas que circulan a sus anchas y a sus largas por los textos informativos, conformando la idea de un mundo en el que ciertas cosas ocurren por algún designio incontrolable. Un avión se retrasa “por razones operativas” o “por razones técnicas”; los precios “han tenido un comportamiento al alza”, y los datos equivocados sobre el patrimonio de la infanta Cristina entregado por Hacienda al juez fueron consecuencia de “un fallo informático”; expresiones todas ellas en las que el verdadero desencadenante de la acción se camufla: los aviones no parecen tener operadores ni técnicos, los precios se comportan solos sin que nadie los suba o los baje, y los programas del ordenador han adquirido vida propia. 

Y de eso se trata, de camuflar. El truco consiste en alejar gramaticalmente a las personas de los fenómenos que ellas mismas provocan y, así, sin sujeto que realice la acción nadie es responsable. Leer más


domingo, 25 de agosto de 2013

Anglicismos en las carreras


 El País 25 AGO 2013
En la fórmula 1 o en moto GP o incluso en los 1.500 metros se trata de correr lo más deprisa posible, y por eso las vueltas más rápidas se prefieren a las menos rápidas. O sea, aquellas son mejores. Así que podríamos traducir “Fastest lap” con solo dos vocablos, ni uno más que en inglés, como “mejor vuelta”, en lugar de la traducción habitual, “vuelta rápida”, cuya traducción correcta es “vuelta más rápida”.

Eso sí, recuerden ustedes que conseguir la mejor vuelta no resulta sencillo: es incompatible con la sanción de parar y arrancar (o sea, el stop and go), o con la de pasar y seguir (que queda más elegante con los términos drive through; ea, que siga recto por la calle de talleres…, el mismísimo pit lane). Y tampoco conseguiremos la mejor vuelta de la jornada si en ese momento se produce un accidente y aparece el coche de seguridad (diga safety car si no quiere que le tomen por un inculto).

Otros inconvenientes para obtener la vuelta más rápida se derivan del creciente granulado de las ruedas, especialmente las lisas (vamos a ver: el graining de los slicks), y de los fallos de adherencia (o problemas con el grip).


Y si nos pasa todo eso en la jornada de clasificación (que también podría llamarse “de calificación” si pusiéramos notas a los pilotos), no habrá manera de lograr la mejor posición de salida (o pole position; no confundir con la pool position, que sería una posición de piscina), y en ese caso más nos valdría regresar al taller (o box); o tal vez volvernos a la caravana (que aquí se llama motorhome para no confundirla con las de la operación salida), o simplemente desahogarnos dando una vuelta por la explanada (que en este caso denominaremos paddock para que nadie se crea que nos referimos a cualquier otra que pueda quedar cerca).

¿Por qué tantos anglicismos innecesarios en las carreras? Leer más



domingo, 18 de agosto de 2013

Xabi Alonso, Xavi Hernández, Javi Martínez

 El País | 18 AGO 2013

La España plural disfruta de un fútbol tan rico que su calidad y variedad se extiende incluso a las formas léxicas. En el equipo de la selección española de fútbol conviven tres maneras distintas de expresar el mismo nombre en tres lenguas españolas: Xabi, Xavi y Javi.

Xabi Alonso
En euskera la grafía correcta del apócope que en castellano escribimos “Javi” precisa de una equis y una be. Y en catalán, la be se torna una uve.

Xabi y Xavi ni siquiera tienen la misma pronunciación, hecho al que debieran atender con más mimo (y mayor respeto a nuestras lenguas) algunos narradores deportivos: el “Xabi” vasco suena más a Sabi; mientras que el catalán anda cerca de la pronunciación Chavi. Pero oímos con frecuencia “Sabi Hernández” y “Chavi Alonso”, sin mayor criterio.

Los nombres de pila ajenos al castellano suelen ocasionar dificultades a quienes hablan en la radio o la televisión. Cuántas veces hemos oído “Ártur Mas” con acentuación llana en el nombre de pila pese a que corresponde aguda, pues no se trata de un inglés sino de un catalán. O Róbert donde procede “Robert” (en este caso con mayor intensidad en la última sílaba).

Xavi Hernández
Tal vez resulte interesante para la mejor convivencia de las culturas peninsulares, y sin desdén alguno hacia las insulares, que todos conociésemos algunos rudimentos de las lenguas autonómicas: que los castellanohablantes supiéramos, por ejemplo, contar hasta diez en catalán o en euskera o en gallego, o decir “buenos días” y “buena suerte”, o “hasta mañana” y “feliz Navidad” o “feliz cumpleaños” en cualquiera de esos idiomas; o “felicidades por la victoria de tu equipo ayer”.

Quizás para algunas generaciones resulte algo difícil a estas alturas, pero al menos los periodistas que han de citar a diario nombres propios en catalán, gallego o euskera sí pueden, si así lo desean, afrontar el esfuerzo de saber bien cómo se pronuncian. Y tal vez no sea mala idea que los maestros de toda España ocupen algunos ratos de sus clases —incluso a iniciativa personal— para impartir ciertas nociones sobre esos idiomas y sus palabras más usuales. (Quizás muchos ya lo hacen).
Javi Martínez



Quién sabe si así todos sentiremos más nuestras las otras lenguas que, en tanto que ciudadanos de una nación rica en culturas, también podemos considerar como propias. Leer más

Don Quijote era un friki

La invasión de palabras inglesas en el castellano parece imparable, sobre todo entre los jóvenes

¿Acabaremos hablando un híbrido entre los dos idiomas?

  | El país30 JUN 2012

Don Quijote y William Shakespeare. / SCIAMMARELLA
El lenguaje futbolístico fue pionero, con el penalti, el córner y el orsai. Luego vinieron el sándwich, el sidecar y el parking.  En los años ochenta del siglo XX se empezó a decir que había overbooking cuando un lugar estaba lleno de gente y que alguien estaba missing si no se sabía dónde estaba. Hace mucho tiempo que el castellano toma prestadas palabras del inglés, pero ha sido en la última década —coincidiendo con el desarrollo de Internet, el aumento de los viajes al extranjero y la televisión por satélite— cuando la importación de vocablos de ese idioma ha crecido exponencialmente, sobre todo entre los jóvenes. Leer más

Fuentes: EF y Eurostat. / EL PAÍS

viernes, 16 de agosto de 2013

Evolución semántica de una palabra: comparecer

Álex Grijelmo | El País | 11 AGO 2013
En un principio, “comparecencia” y “comparecer” se aplicaban a quien acude ante el juez o ante un superior al que se rinden cuentas; más tarde se añadió el Parlamento, y siempre se comparecía después de ser convocado o llamado.
En el último tramo de este trayecto semántico, a los dos poderes anteriores (judicial y legislativo) se ha incorporado otro, “el cuarto poder”: la prensa. Pero no se comparece ya por iniciativa ajena. Así como el juez y el Parlamento convocan, los periodistas son convocados. El compareciente no es llamado, sino que llama. A su voluntad y a su antojo. Leer más

domingo, 4 de agosto de 2013

El agua, la árbitra


Emplear “este agua” en vez de “esta agua”: se trata de un error extendido en España y muy raro en América este de alterar el género del adjetivo determinativo cuando le sucede un sustantivo femenino que comienza por a tónica.
La doctrina académica es tan clara como el agua (o como esta agua): ante tal palabra y otras similares, estos determinativos deben ir en forma femenina (Diccionario panhispánico de dudas, en la entrada ‘agua’).
Las palabras que empiezan por a tónica (es decir, la que recibe el acento prosódico o acento de voz) van precedidas de artículo masculino o adjetivo determinativo femenino. Pero de repente llegan las excepciones. ¿Qué hacemos con los artículos y los adjetivos que precedan a la palabra árbitra, ahora que algunas han ascendido de jueces de línea (o juezas, si se prefiere así) a colegiadas? Con arreglo a la norma, deberíamos decir “el árbitra”. ¿O preferimos “la árbitra”? ¿O “la árbitro”? ¿Y “este árbitra”?
Bibiana Steinhaus, primera mujer que dirige un partido
en la máxima categoría del fútbol alemán

La Nueva gramática (página 1.089) indica que “árbitra” cumple las condiciones fonéticas que desencadenan la aparición de la variante apocopada (normas que darían “el árbitra”), pero recomienda caminar por otros derroteros, porque árbitra “se usa con el artículo una, opción que se recomienda”. Y el Diccionario panhispánico precisa: “Con los sustantivos referidos a seres sexuados que han comenzado a usarse en femenino en los últimos años, no funciona ya, de manera espontánea, la norma que tradicionalmente asigna a los sustantivos femeninos que comienzan por /a/ tónica la forma el del artículo. Así, la mayoría de los hablantes dicen ‘la árbitra’, marcando el género de forma regular en el artículo, a la vez que queda explícito este en la terminación femenina del sustantivo”.

Pero podemos ir algo más allá, porque nos hallamos una vez más ante las diferencias entre género y sexo (tan difuminadas hoy en el léxico político y periodístico): esa distancia entre la gramática y la biología. Con la gramática en la mano, no distinguimos entre el águila y el águilo, ni entre el hacha y el hacho, ni entre el agua y el aguo. Pero sí entre el árbitra y el árbitro, ya que ambos tienen diferenciados tanto el sexo como el género, frente a lo que ocurre en los otros casos. Así que en esta oportunidad puede desdoblarse el artículo: la árbitra y el árbitro; y “este árbitro”, “esta árbitra”.

Por tanto, debemos decir, si queremos expresarnos conforme a la norma culta del idioma, “el agua” y “la árbitra”, “esta agua” y “esta árbitra”. Las reglas admiten sus excepciones, pero casi siempre las excepciones tienen a su vez una norma, o su explicación, su origen. Y cualquiera puede equivocarse, por supuesto. Incluso en el lugar menos adecuado. Uf

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Bibiana Steinhaus hace historia en la Bundesliga

La árbitra se convierte en la primera mujer que dirige un encuentro en la máxima categoría del fútbol alemán