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jueves, 9 de mayo de 2019

Progre: un insulto de eficacia relativa


  • Surgido en los años setenta, el calificativo derivado de progresista ha resucitado en España con un renovado tinte peyorativo



Un póster del Guernica o la icónica foto del Che
eran inevitables en un piso de progres
Ignacio Vidal-Folch
Una de las particularidades retóricas llamativas de esta campaña electoral y de los debates a los que ha dado pie en conversaciones de familia o de cafetería ha sido la definitiva decantación del calificativo progre hacia su acepción más peyorativa y denigratoria. A menudo se pronuncia esa palabra con enorme desprecio agresivo, que en ámbitos privados puede recalcarse con el predicativo “asqueroso”, “casposo”, “de mierda”, “de salón” o con neologismos como pijoprogre, que aluden a la filiación burguesa, pasada por la universidad, del insultado. Sí, en esta campaña el apelativo de marras solía echarlo a la cara del adversario, en un arrebato de gran hastío y exasperación, alguien -generalmente de derechas, pero también podía ser un “rojo”, de izquierda más radical o proletaria- que tenía ya agotados los depósitos de su paciencia.

-¿Ese? ¡Un puto progre! ¡Un progre de mierda!

Es significativo que la palabra progre siempre ha de ir reforzada por un adjetivo. Señal de que como invectiva es floja.

Otras veces, en cambio, convertida en adjetivo, viene a reforzar el concepto: “la dictadura progre” (de valores, de moral, de lenguaje). Y a veces deriva en algún neologismo. Por ejemplo, ¿se habla de ecología, de igualitarismo, de lenguaje inclusivo, de laicismo, de eutanasia?

—Es la típica prograda.

(A este neologismo en concreto no le veo mucho futuro por culpa de su exceso de incómodas erres).

Veremos qué es lo que resulta tan exasperante, tan detestable en el o en lo progre. Pero ya adelantamos que esa belicosidad contra el progre -término que en los años setenta se refería a cierto pasotismo desdeñoso, descreído, algo fumeta, resumible en el lema “que pare el mundo que yo me bajo”, y que ahora se asimila más bien al prototipo del socialdemócrata- es en vano. Porque en el fondo la palabra en sí se refiere a un concepto universalmente positivo, que es, por supuesto, el del progreso, y a una voluntad de superación, de mejora. Continúa


sábado, 13 de abril de 2019

Guiri: origen y significados


  • ¿Origen turco o vasco? Liberal, guardia civil, turista... Todos los significados que ha tenido la palabra guiri


La palabra se empezó a usar en el siglo XIX en el contexto de las guerras carlistas. Los carlistas vascos llamaban a sus adversarios, los liberales, guiris. Por eso, aunque hay quien ha relacionado la voz con el turco gaurí (infiel, extranjero), es común derivarla de una abreviación del vasco giristino que sería una derivación a su vez de la palabra cristino, o sea, partidario del bando de la reina María Cristina. Los guiris eran los soldados del frente contrario, y así aparecen en la literatura de fines del XIX.

Es Emilia Pardo Bazán una de las primeras en documentar la palabra en la literatura. Su relato Un viaje de novios (1881) pone esta frase en boca de un vasco, siempre como forma despectiva de llamar a los del bando liberal: “A mí me daba, vamos, tanta tristeza de ver corretear las columnas guiris por aquellos picachos adonde solo subíamos, con la ayuda de Dios, los mozos del país y las fieras de los montes...”. Benito Pérez Galdós, por su parte, también la emplea en Zumalacárregui (1898).

Este ambiente de uso, en que guiri tiene un indudable significado político, da lugar a que la palabra entre en el diccionario de la Real Academia Española en 1925 justamente con esa definición: “Nombre con que, durante las guerras civiles del siglo XIX, designaban los carlistas a los partidarios de la reina Cristina, y después a todos los liberales, y en especial a los soldados del gobierno”.

Pasadas las guerras carlistas, guiri va a ser ya en el siglo XX la voz de jerga para denominar al guardia civil. La transición hacia el significado de “turista extranjero” que le damos hoy es, pues, de la segunda mitad del siglo XX y de hecho se refleja en los diccionarios españoles muy al final del siglo pasado.

Hay otro significado de la palabra guiri; la voz da nombre en la zona almeriense a un tipo de arbusto llamado en otros ámbitos hispánicos retamo o espinillo. Más



lunes, 17 de diciembre de 2018

La palabra "puta" fue un eufemismo


Álex Grijelmo
La palabra “puta” (en latín, putta) se convirtió hace siglos en sustituto biensonante de “mujer pública” […]. De tal forma, su significado original de “niña” o “muchacha” desapareció para contaminarse con el que pretendía reemplazar.

Fragmento de la Madonna Sistina, de Rafael Sanzio,
conocido como I putti de Raffaelo
¿Así que “puta” fue un eufemismo?

Pues sí. Esto suena sorprendente hoy en día, salvo que se conozca, o se intuya, la teoría del dominó que formuló el lingüista norteamericano Dwight Bolinger […].

Según esa formulación, las palabras que sustituyen a otras que nos suenan mal (aunque se refieran a lo mismo) tienen una vida limitada porque son sustituidas a su vez tras absorber la fuerza peyorativa de la anterior.

Hemos presenciado muchos casos así en los últimos decenios, al nombrar realidades que preferiríamos que no existiesen. Por ejemplo:

• La palabra “viejos” quedó sustituida en el lenguaje políticamente correcto por “ancianos”, que a su vez se volvió negativa. Llegó entonces “personas de la tercera edad”, que reemplazamos ahora por “personas mayores”.

• Los “países subdesarrollados” se convirtieron en “países del Tercer Mundo” o “tercermundistas”, hasta que eso se consideró un insulto. Así que decidimos denominarlos “países en vías de desarrollo”, locución que empieza a sustituirse por “países emergentes”.

[…]

• Los “mongólicos” recibieron con esa palabra una designación descriptiva, que se tornó perversa. Surgió entonces “subnormales”, impulsada por las propias asociaciones de familiares: “Asociación de Familiares de Niños y Adultos Subnormales” (Afanias). Años más tarde se debió sustituir en el lenguaje correcto por “retrasados” o por “deficientes”, más tarde por “insuficientes mentales” o “discapacitados psíquicos”, y finalmente por “niño con síndrome de Down” o, ahora, “un Down”.

• El juego de los eufemismos desechó en su día los términos “tullidos” y “lisiados” para elegir “inválidos”, pero el efecto dominó aportó “minusválidos”, y luego “disminuidos” y más tarde “discapacitados”. [...] El texto íntegro en El País

miércoles, 16 de mayo de 2018

Llevamos 800 años diciendo "guay"


"Guay" es una de las palabras que más asociamos a los años 80. Durante una época, todo fue guay, al menos para los que por aquel entonces eran jóvenes. Fue una de las palabras que marcó la década, junto con "dabuten", "tronco" y "yupi", entre otras.

Pero "guay", al contrario que "demasié", ha sobrevivido con cierta dignidad. Ya no es tan guay como lo fue entonces, claro, pero la usan incluso Amaia y Alfred, estrellas de Operación Triunfo, que recientemente afirmaron que “ganar Eurovisión sería superguay”.

Pero no se trata de una palabra nacida hace 40 años. Tiene siglos, aunque en su origen significaba todo lo contrario. Como recoge el Diccionario de dichos y frases hechas de Alberto Buitrago Jiménez, “se usaba desde el siglo XIII como una especie de interjección de lamento, con el significado aproximado de ay”.

El diccionario de la RAE sigue recogiendo también esta acepción. Su origen, se explica, es onomatopéyico, aunque el diccionario etimológico de Joan Corominas lo remonta al gótico wái, con ese mismo significado. Esta última palabra es el origen del término alemán Weh, que significa dolor.

Con ese sentido aparece en El Quijote, como recuerda Mar Abad en su libro De estraperlo a #postureo: “Envíanos ya al sin par Clavileño, para que nuestra desdicha se acabe; que si entra el calor y estas barbas duran, ¡guay de nuestra ventura!”, exclama Sancho Panza. Antes ya se recogió en la Historia de Jerusalén, escrita por Jacobo de Vitriaco en el siglo XIV: “Guay de vos, mesquinos, que tal fe tenedes onde despues de la muerte avedes de sofrir tormentos”. Y en los escritos del Arcipreste de Talavera, del siglo XV: “Guay del que duerme solo”.

En el siglo XVIII se funda la Real Academia de la Lengua, que recoge el término en su primer diccionario, el de Autoridades de 1734. La entrada es muy escueta: “Véase Ay”. Debajo consta la expresión “tener muchos guayes”, con la que se da a entender “que alguno padece grandes achaques y dolores, o muchos contratiempos de la fortuna”.

De guay 😩 a guay 😊
La palabra “quedó en el olvido a partir del siglo XVIII para ser recuperada recientemente, aunque con otro significado, en el lenguaje juvenil”, escribe Buitrago Jiménez. Fue sobre todo en los 80 cuando se comenzó a usar, explica Abad en su libro, para algo que además de bueno y estupendo “era moderno. Un botijo jamás sería guay. Guay era una moto, una canción, una persona. El mero uso del término ya hacía guay a su hablante”.

No queda claro por qué cambió el significado de esta palabra, pero hay al menos un ejemplo muy anterior de su uso como sinónimo de estupendo en la zarzuela La cruz de los humeros, de 1861. En el mismo verso sale además un antepasado del también ochentero dabuten: “Salero de buten guay / via la gente é mi tierra”. Esta zarzuela estaría fetén, de lo más chachi de la época, tronco (perdón).

Se trata en definitiva de un autoantónimo, una palabra que significa una cosa y la contraria, como "enervar" y "sancionar", por ejemplo. Continúa en El País


jueves, 23 de noviembre de 2017

Dime qué palabras usas y te diré a qué generación perteneces

Cuando al autorretrato se le llamaba autorretrato,
Frida Khalo pintó el suyo
De los pololos a las hombreras. Solemos creer que es la moda la que define cada generación. En realidad, "son nuestras palabras las que nos visten", explica Mar Abad, autora del libro De estraperlo a #postureo (VOX). Ha recopilado los términos más representativos de las últimas cuatro generaciones en España.

En la generación silenciosa (aquellos nacidos en los años 20 y 30 del siglo pasado) se podían ganar unas "perras chicas" siendo "paragüero" o "afilador". Y las muchachas "peripuestas" vestían "pololos".

Los baby boomers, nacidos en las décadas de 1940 y 1950, iban en Vespa a los "guateques" luciendo sus mejores "niquis".

La generación X (nacidos en los 1960 y 1970) se llenó de "yuppies" sintiéndose "guay" porque hacían "footing". A otros les parecía "dabuten" darlo todo bailando a ritmo de "bakalao".

Los millennials (nacidos en los 80 y 90) se hacen "selfis" para olvidar que, con suerte, llegarán a ser "mileuristas".

Y al autorretrato se le llamó selfi
Hay cosas que no cambian. De las revistas que enseñaban a las mujeres a estar siempre guapas -"peripuestas"-, hemos pasado a los tutoriales de belleza en YouTube.

Viajar a través de las palabras nos permite confirmar que la sociedad también avanza de forma cíclica. El vocabulario de la generación silenciosa quedaba marcado por el hambre ("estraperlo", "puchero") y por la moral de la época ("pecaminoso", "descocarse"). Ahora se habla de "precariado" y "ninis" y las nuevas reglas morales también conquistan el lenguaje ("poliamor", "sexting"). Los términos que inventan sirven para referirse a los mismos temas. Mientras tanto, dos generaciones intermedias como los baby boomers y los X se han centrado en términos más relacionados con el consumo, el hedonismo y la apertura de las comunicaciones: "molar", "guay", "buga" y "emoticonos".

Al hacer un glosario para cada una de estas generaciones, la periodista se ha dado cuenta de que, curiosamente, son los jóvenes los que siempre definen el nuevo vocabulario. "[La adolescencia y primera juventud] es el momento en la vida en que buscamos independizarnos de nuestros padres. Tener nuestros propios códigos garantiza esa autonomía", explica.

Lo que es coloquial en una generación termina convirtiéndose más adelante en vocabulario habitual. "Solo que cada vez ocurre más rápido", dice.  Antes de internet, "esa evolución era muy lenta y dependía del boca a boca y de los medios de comunicación". Con las redes sociales "se ha acelerado el proceso" y ya no hace falta esperar ni una sola generación. Más en El País


martes, 4 de julio de 2017

El pincho

  • Cuando el genio del idioma vence los anglicismos


Álex Grijelmo
El genio del idioma español es lento. Él va acomodando a sus criterios a cuanto le cae cerca, pero nunca tiene prisa por mucho que le apuremos. La historia de la lengua dispone de muchos ejemplos que refuerzan esa idea.

Al árbitro de fútbol se le había llamado en España referee, y al fuera de juego, offside. Pero esos y otros términos ingleses se tradujeron con el tiempo (a veces con mucho tiempo) y se generalizaron. En el tenis ya no decimos out! sino “¡fuera!”, ni smash sino “mate”… Wagons-lit ha ido dejando paso a “coches cama”, link a “enlace” y self-service a “autoservicio”. La persona que cuida un niño por horas se llama ahora “canguro”, pero antes se decía babysitter (literalmente, sentadora de niños); y frente a “tomar el sol en top-less” va progresando la castiza expresión “tomar el sol en tetas”.

Todo esto viene a cuento de que ese mismo genio popular ha dado en la flor de denominar “un pincho” aquello que se había venido llamando pendrive o pen drive, o “memoria USB” (Universal Serial Bus).

Frente a la idea del lápiz (¿?) portátil (eso quiere decir pendrive), frente a la denominación técnica de unas siglas en inglés, alguien imaginó lo más básico; un instrumento ligero que se inserta en el ordenador como la aguja moruna en la carne troceada.

Las metáforas crean palabras desde los orígenes del español (y antes en latín); así, la sierra montañosa nació de la sierra del carpintero, y del riego de los campos salió el riego sanguíneo. Y la memoria mental dio nombre a la memoria electrónica.

He comprado algunas memorias USB estas semanas, para lo que he pedido deliberadamente “un pincho” en las tiendas de productos informáticos. Y me entregaron de inmediato lo que yo solicitaba. Si hubiera entrado en un bar, habría obtenido sin duda algo muy diferente; pero estas ambigüedades se suelen resolver gracias al contexto y al ambiente (como sucede cuando decimos “voy a llamar a un canguro para que venga esta noche” o “me he comprado una sierra para el taller”).


A veces sólo hace falta traducir el término del inglés. Así sucedió por ejemplo con link y su derivado “linkar” (que ya van quedando en desuso ante los evidentes “enlace” y “enlazar”). Pero en otras ocasiones se requiere algo más: ver el objeto desde una nueva perspectiva. Eso sucedió en el fútbol, por ejemplo, con “portero” (el que está en la portería) frente a goalkeeper (literalmente, “el guardadador de la meta”, que dio “guardameta”). Y así parece estar ocurriendo con “pincho”, que poco a poco almacenamos como hablantes en nuestra primitiva memoria.

El texto íntegro en El País

domingo, 11 de junio de 2017

¿Se puede asesinar a un animal?

Cecil, el león más famoso de Zimbabue
¿Se puede asesinar a un animal?

Diccionario en mano, no; igual que tampoco diríamos que el autor de la muerte del león Cecil cometió un homicidio; y del mismo modo que nadie contaría que “el fumigador asesinó a todas las cucarachas”.

Sin embargo, ciertos animales dignos de protección o de aprecio despiertan en las personas una empatía que justifica la metáfora del asesinato. Quien acuda a ella estará usando legítimamente los recursos del idioma y las figuras del lenguaje que consisten en partir del sentido recto de un término para proyectarlo sobre una imagen que el receptor identificará por asociación (que no equiparación) con el original.

En definitiva, el verbo “asesinar” y el sustantivo “asesinos” personifican a las víctimas animales, nos las acercan psicológicamente al presentarlas como seres vivos igual que nosotros.

Ahora bien, ese uso será válido hoy en día cuando quien hable o escriba esté expresando una visión subjetiva de lo ocurrido. El hablante o escribiente que experimenta esa repulsión ante el sufrimiento ajeno (incluido el de un animal) está en su derecho de transmitir sus emociones con esta herramienta de la retórica. Pero eso forma parte de la visión personal, y por tanto no encajaría en textos o mensajes que aspirasen a la objetividad.

Es cierto que las alternativas a “elefante asesinado” se quedan cortas para reflejar esa acción injusta, violenta, a menudo ilegítima: “Elefante muerto en Zimbabue” englobaría el fallecimiento por causas biológicas; “elefante cazado” puede no implicar la muerte y reflejar una acción legal; “elefante abatido” puede suponer que sólo se le ha derribado…


El Código Penal, como el Diccionario, no recoge el delito de asesinato cuando se trata de animales. Pero las palabras absorben con el tiempo nuevas acepciones que se les añaden de manera natural gracias a los cambios sociales y al uso reiterado de los hablantes. Por eso cabe confiar en que dentro de poco el sentir general lleve a que los significados objetivos de la lengua incluyan, en determinadas circunstancias que será preciso definir, la afirmación de que un animal ha sido “asesinado”.

Extracto del artículo de Álex Grijelmo publicado en  El País

lunes, 10 de octubre de 2016

Para quienes siempre quieren tener la última palabra: 21 términos con la Z

La Z es la última letra del alfabeto español y “representa el fonema fricativo interdental sordo en los territorios no seseantes, y en las áreas seseantes el mismo fonema que la letra s”, según recoge el diccionario de la RAE.

Procede de la dseda o dseta griega, que se pronunciaba como /ts/ o /dz/. Y, por cierto, la ce cedilla vendría de la ceda visigótica, variante de la zeta latina, que era una zeta con un copete de adorno. El copete se fue haciendo cada vez más grande y la zeta quedó reducida a un rabito. Se usaba en castellano hasta el siglo XVIII, en palabras como cabeça, mançebo y braço.

La zeta es la vigésima letra que más palabras encabeza, el 0’87% y la vigesimosegunda en frecuencia (0,52%).

Zabarcero, ra. Persona que revende por menudo frutos y otros comestibles.

Zabazala. Encargado de dirigir la oración pública en la mezquita.

Zaborrero, ra. Dicho de un obrero: Que trabaja mal y es chapucero. Peón de la construcción que ayuda al cantero.

Zahorí. Persona a quien se atribuye la facultad de descubrir lo que está oculto, especialmente manantiales subterráneos. Persona perspicaz y escudriñadora, que descubre o adivina fácilmente lo que otras personas piensan o sienten.

Zalagarda. Emboscada dispuesta para coger descuidado al enemigo y dar sobre él sin que recele. Escaramuza (pelea de los soldados a caballo). Lazo que se arma para que caigan en él los animales.

Zaloma. Voz cadenciosa simultánea en el trabajo de los marineros.

Zamborotudo, da. Tosco, grueso y mal formado. Dicho de una persona: Que hace las cosas toscamente. Dicho del vino: Turbio o peleón.

Zangarriana. Enfermedad leve y pasajera, que repite con frecuencia; p. ej., la jaqueca periódica. Tristeza, melancolía, disgusto.

Zangolotino, na. Dicho de una persona joven: Aniñada o infantil en su comportamiento y en su mentalidad.

Zangón. Muchacho que estando ya en edad de trabajar se dedica a holgazanear.

Zarco, ca. Dicho especialmente de los ojos: De color azul oscuro.

Zipizape. Riña ruidosa o con golpes.

Zonzo, za. Soso, insulso, insípido. Tonto, simple, mentecato.

Zurriburri. Barullo, confusión. Sujeto vil, despreciable y de muy baja esfera. Conjunto de personas de la ínfima plebe o de malos procederes.


Zurumbático. Lelo, pasmado, aturdido.

jueves, 6 de octubre de 2016

Y 11 palabras con la Y

Ilustración: Luis Demano
La y funciona como consonante cuando está al principio de palabra o de sílaba. Da inicio a unas 250 palabras del diccionario de la RAE, menos del 0,3%, siendo la vigésimo tercera que más vocablos comienza. En cambio, es la decimoséptima en frecuencia total, gracias en gran medida a la conjunción copulativa y. Aunque tiene su origen en la escritura hiératica egipcia, fueron los griegos quienes le dieron su forma definitiva en la ipsilon. Los romanos la adoptaron en el siglo I para escribir palabras griegas con esa letra.

La RAE recomienda que se la llame ye, al ser más simple y no necesitar especificaciones, aunque admite que la “denominación tradicional y más extendida” es la de y griega. “El nombre ye se creó en la segunda mitad del siglo XIX por aplicación del patrón denominativo que siguen la mayoría de las consonantes, y que consiste en añadir la vocal e a la letra correspondiente", explica la Academia.

Yacija. Lecho o cama pobre. Cosa en que se está acostado. Sepultura.

Yatagán. Especie de sable o alfanje que usan los orientales.

Yatrogenia. Alteración, especialmente negativa, del estado del paciente producida por el médico.

Yerto, ta. Dicho de un ser vivo o de alguna parte de él: Tieso o rígido, especialmente a causa del frío o de la muerte.

Yogar. Holgarse, y particularmente tener acto carnal. Estar detenido o hacer mansión en un paraje.

Yuras. Del latín a iure, fuera de derecho. Matrimonio a yuras: clandestino.


Yuso. Ayuso, que significa abajo.

martes, 27 de septiembre de 2016

Palabras que comienzan por W y X en español

Ilustración: Luis Demano

La W es la letra que menos palabras encabeza en el diccionario: apenas 28 en la última edición. Aproximadamente, el 0,02%.

Como explica el propio diccionario, esta consonante se usa para representar “el fonema consonántico bilabial sonoro -/b/- en palabras de origen germánico, como en Wamba, wagneriano, Westfalia, y en topónimos y antropónimos del polaco o el neerlandés, como en Kowalski, Van der Weyden, y una /u/ semiconsonante en los anglicismos, como en washingtoniano o whisky, además de en voces transcritas de otras lenguas, como en wau”.

La W fue la última letra en incorporarse al abecedario español. Se incorporó oficialmente con la publicación de la Ortografía de 1969. Llega a nuestro abecedario para representar fonemas de las lenguas germánicas, pero a muchos les extrañará que ya se usara en la Edad Media en la escritura de determinados nombres extranjeros.

Muchas palabras con w en origen se habían incorporado antes al diccionario, pero cambiando la w por la v, como en el caso de vagón o váter, por ejemplo. En las que la w ha sido sustituida por una v, el origen de las palabras suele ser inglés; mientras que suelen ser alemanas en las que ha sido sustituida por gu (guerra, gualda, guardia).

En algunos casos, la RAE ha propuesto adaptaciones al español, como en el caso de güisqui, cuyo uso recomienda, pero casi nadie sigue, como admite el Diccionario Panhispánico de Dudas, que añade que esta adaptación “permite evitar los errores frecuentes que se cometen al intentar reproducir la grafía inglesa. Deben desecharse otros intentos de adaptación poco arraigados, como wisqui. Para designar el establecimiento donde se sirven güisqui y otros licores, se recomienda el empleo de la forma güisquería.

La X es la penúltima letra que más palabras encabeza: 45, apenas el 0,05% del total. La letra tiene origen griego, si bien hay que decir que los griegos representaban el sonido /ks/ con un signo derivado del samek fenicio, dejando el signo X para el sonido gutural sordo /x/ correspondiente a la j del español moderno.

El Diccionario panhispánico de dudas explica que “en la Edad Media, la grafía x representaba un sonido palatal fricativo sordo, cuya pronunciación era muy similar a la de la sh inglesa o la ch francesa actuales. Así, palabras como dixo (hoy dijo) o traxo (hoy trajo) se pronunciaban [dísho] o [trásho] (donde [sh] representa un sonido parecido al que emitimos cuando queremos imponer silencio)”.

Este sonido arcaico “se conserva en el español de México y de otras zonas de América en palabras de origen náhuatl, como Xola [shóla] o mixiote [mishióte] (no en Xochimilco, en donde la x suena como /s/), y en la pronunciación arcaizante de ciertos apellidos que conservan su forma gráfica antigua, como Ximénez o Mexía”.

El diccionario añade que en el siglo XVI, este sonido evolucionó “hasta convertirse en el sonido velar fricativo sordo /j/, que en la escritura moderna se representa con las letras j o g (ante e, i)”.

La grafía se conserva en varios topónimos americanos, como México, Oaxaca y Texas, y en variantes americanas de algunos nombres propios de persona, como Ximena. Eso sí, todos estos nombres se han de pronunciar con sonido /j/. “También quedan restos de esta x arcaica en algunos topónimos españoles que hoy se pronuncian corrientemente con sonido [k + s], como Almorox, Borox, Guadix y Sax. Sus gentilicios respectivos (almorojano, borojeño, guadijeño y sajeño) demuestran que, en su origen, la x que contienen se pronunciaba /j/”.

Wahabismo. Movimiento musulmán integrista que defiende una vuelta radical a la pureza del islam de los orígenes y se opone a todo tipo de innovaciones.

Walkman. Reproductor portátil de casetes provisto de auriculares. Viene de la marca registrada de Sony y lo curioso de esta palabra es que figura en el diccionario desde 2001, cuando ya nadie usaba estos aparatos.

Xenismo. Extranjerismo que conserva su grafía original; p. ej., software.

Xenoglosia. Glosolalia (lenguaje ininteligible). Don de lenguas (‖ capacidad sobrenatural de hablar lenguas).

Xerófilo, la. Dicho de un organismo vegetal: Adaptado a la vida en un medio seco.

Xilófago, ga. Dicho de un insecto: Que roe la madera.

Xiloprotector, ra. Dicho de un producto, de una sustancia, etc.: Que sirven o se emplean para proteger la madera.



martes, 20 de septiembre de 2016

Hablar en pelotas

Obra satírica atribuida a los hermanos Bécquer

La locución “en pelota” ya la recogía el diccionario de Francisco Sobrino en 1705 con el significado de “en cueros”. Y la primera obra de la Academia la incorporó poco después (1737) como “modo adverbial que vale ‘totalmente desnudo o en cueros”.

Tal uso de “en pelota” parece ser un derivado burlesco de “piel” (pellis, en latín), y desde luego no guarda ninguna relación etimológica con ciertas formas del cuerpo humano.

A Sancho Panza le quitaron el gabán y lo dejaron “en pelota” (el Quijote contiene cinco usos similares).

Sin embargo, una entendible etimología popular dio en la flor de extender el plural “en pelotas”, confundiendo la piel con sus redondeces. Los escritores rechazaron durante siglos esa versión vulgar (así la marca Manuel Seco en su Diccionario del español actual), salvo si deseaban precisamente reproducir un lenguaje popular.


Algunos novelistas incorporaron luego a su propio lenguaje la opción “en pelotas” (García Márquez entre ellos). Y la Academia (tras algún titubeo) da por buenas desde 2001 las dos posibilidades.

19 palabras vitales con la V

Ilustración: Luis Demano

La uve es la decimoséptima letra más frecuente en español: solo 0,7 letras de cada 100 son una V. También es la decimosexta que encabeza más palabras del diccionario (el 2,21%). Como ya vimos la semana pasada, en latín la U servía como consonante y como vocal. Ya a finales del siglo XV, Antonio de Nebrija defiende la necesidad de distinguir en la escritura entre ambas, opción que se consolida a partir del siglo XVI.




Vagaroso, sa. Que vaga, o que fácilmente y de continuo se mueve de una a otra parte. Tardo, perezoso o pausado.

Vahaje. Viento suave.

Vainazas. Persona floja, descuidada o desvaída.

Valetudinario. Dicho de quien sufre los achaques de la edad: Enfermizo, delicado, de salud quebrada.

Vectación. Acción de pasear o desplazarse en un vehículo.

Venencia. Utensilio formado por un pequeño recipiente cilíndrico en el extremo de una larga varilla, que se emplea para extraer pequeñas cantidades de vino de una cuba.

Venero. Manantial de agua. Raya o línea horaria en los relojes de sol. Origen y principio de donde procede algo.

Venternero. Glotón, tragón.

Versolari. Improvisador popular de versos en vasco.

Versucia. Astucia, sagacidad.

Vesania. Demencia, locura, furia.

Vilordo. Perezoso, tardo.

Vinolencia. Exceso o destemplanza en el beber vino.

Vitando, da. Que se debe evitar. Odioso, execrable.


Volatinero, ra. Persona que con habilidad y arte anda y voltea por el aire sobre una cuerda o un alambre, y hace otros ejercicios semejantes.

viernes, 16 de septiembre de 2016

10 útiles y únicas palabras con la U

Ilustración: Luis Demano

La letra U apenas inicia el 0,51% de las palabras del diccionario, siendo la vigésimo segunda, aunque es la decimosegunda letra más frecuente en los textos en español: 3,93 letras de cada 100 es una U. Eso sí, en ocasiones (tras la q y en gue y gui) es muda.
En el alfabeto latino era una variante gráfica por redondeo de la clásica V y se utilizaba asimismo para señalar la vocal o la consonante.



Ubérrimo, ma. Muy abundante y fértil.

Ucase. Decreto del zar. Orden gubernativa injusta y tiránica. Mandato arbitrario y tajante.

Ucronía. Reconstrucción de la historia sobre datos hipotéticos.

Urente. Que escuece, ardiente, abrasador.

Fue la palabra que le sirvió a Carlos Villalba para llevarse 852.000 euros en Pasapalabra: "Estuve dudando entre urente y uriente pero al final lo dije bien".

Usitado, da. Que se usa muy frecuentemente.

Ustear. Dar a alguien tratamiento de usted.



lunes, 5 de septiembre de 2016

26 trepidantes y tremendas palabras con la T

Ilustración: Luis Demano

La T es la séptima letra que encabeza más palabras en el diccionario, el 5,8%, pero la undécima en frecuencia de aparición en los textos (4,63%). Procede de un ideograma egipcio, en este caso uno que representaba dos palos cruzados a modo de señal, parecido a una aspa. En el fenicio es ya una cruz y de ahí se pasa a la tau griega, de donde llega al etrusco y al latín.




Talabarte. Pretina o cinturón, ordinariamente de cuero, que lleva pendientes los tiros de que cuelga la espada o el sable.

Talasoterapia. Uso terapéutico de los baños o del aire de mar.

Talcualillo. Que sale poco de la medianía. Dicho de un enfermo: Que va experimentando alguna mejoría.

Tataradeudo, da. Pariente muy antiguo, antepasado.

Tazar. Estropear la ropa con el uso, principalmente a causa del roce, por los dobleces y bajos. Estropear o destrozar haciendo cortes o mordiendo.

Teísmo. Creencia en un dios como ser superior, creador del mundo.

Telendo, da. Vivo, airoso, gallardo.

Temulento. Borracho, embriagado.

Tendalera. Descompostura y desorden de las cosas que se dejan tendidas por el suelo.

Teratología. Estudio de las anomalías y monstruosidades del organismo animal o vegetal.

Terebrante. Dicho del dolor: Que produce sensación semejante a la que resultaría de taladrar la parte dolorida.

Tesela. Cada una de las piezas con que se forma un mosaico.

Timocracia. Gobierno en que ejercen el poder los ciudadanos que tienen cierto nivel de renta.

Tiralevitas. Persona aduladora.

Toba. Pequeño golpe que se da impulsando los dedos índice o corazón con el pulgar.

Tolondro, dra. Aturdido, desatinado. Apl. a pers., u. t. c. s. Bulto o chichón que se levanta en alguna parte del cuerpo, especialmente en la cabeza, de resultas de un golpe.

Tolvanera. Remolino de polvo.

Tósigo. Veneno, ponzoña. Angustia o pena grande.


Triache. Café de calidad inferior, compuesto del residuo o desperdicio de los granos requemados, partidos, quebrantados, etc.

domingo, 28 de agosto de 2016

19 autoantónimos: palabras que significan una cosa y la contraria

Jaime Rubio Hancock
Empecemos con una palabra de cinco sílabas: enantiosemia. Se trata de “un tipo de polisemia en el que una palabra tiene dos sentidos opuestos”, como explica Fundéu en el primer volumen de su Compendio ilustrado y azaroso de todo lo que siempre quiso saber sobre la lengua castellana.

Estas palabras con dos significados opuestos también se llaman autoantónimos. Es decir, significan una cosa y la contraria. Alguno puede suponer que la Real Academia de la Lengua se ha rendido y ya le da todo igual, pero el origen de estas enantinosemias suele ser rastreable. Como explica Fundéu, a veces son el resultado de los usos irónicos y en ocasiones, de las antífrasis, una figura retórica por la que “se designan personas o cosas con voces que significan lo contrario de lo que se debiera decir”. Veamos 19 ejemplos:

Alquilar: significa tanto dar algo en uso a cambio de un precio durante un tiempo determinado como tomar algo para usarlo a cambio de un pago. Es decir, el sujeto de la frase "Pedro alquiló un piso" puede ser "tanto quien cede algo en alquiler como quien lo toma”.

Animal: puede usarse en sentido figurado para hablar de una “persona de comportamiento instintivo, ignorante y grosera” y también para referirse a alguien “que destaca extraordinariamente por su saber, inteligencia o esfuerzo”.

Batacazo: es el golpe que nos damos al caer y un “fracaso o caída brusca en un asunto, negocio o posición”. Pero en algunos países de América se usa como “triunfo o suceso afortunado y sorprendente”.

Casero: es el “dueño de alguna casa, que la alquila a otra persona”. Pero el diccionario también recoge la acepción contraria: “inquilino, persona que ha tomado una casa en alquiler”.

Conjurar: puede ser “conspirar, uniéndose muchas personas o cosas contra alguien, para hacerle daño o perderle”. Y, al contrario, “impedir, evitar o alejar un daño o peligro”. No solo eso, también significa “invocar la presencia de los espíritus” y “decir exorcismos”, es decir, expulsar al demonio.

Dar clase: significa tanto “impartir una lección, pronunciar una conferencia o charla”, como “recibir una clase”.

Defender: según el diccionario, amparar, librar, proteger. “El policía defiende a ese señor”. También, impedir, estorbar. “El defensa defiende al delantero”.

En absoluto: puede usarse para decir “de manera general, resuelta y terminante”. Y “no, de ningún modo”.


Enervar: debilitar, quitar las fuerzas. Pero también, poner nervioso. Este es el sentido más habitual, como apunta el Diccionario panhispánico de dudas: se añadió al francés en el siglo XIX, de donde pasó al español. “Es uso asentado en la norma culta y debe considerarse aceptable”.

miércoles, 24 de agosto de 2016

22 sugerentes y sabias palabras con la S

Ilustración: Luis Demano

La letra S procede de un ideograma egipcio que representaba un lago del que salían juncos o lotos. Otra versión sugiere que vendría de un ideograma que representa unos dientes. Es la cuarta letra más frecuente en español: 7,98 de cada cien letras es una S. Hay que recordar que en nuestro idioma sirve para formar plurales, por ejemplo. Como letra inicial se usa más de un 5% de las veces, siendo la octava que más palabras encabeza.



Sacapotras. Mal cirujano.

Sápido, da. Dicho de una sustancia: Que tiene algún sabor.

Saudoso, sa. Soledoso, nostálgico.

Secundípara. Dicho de una mujer: Que pare por segunda vez.

Senescente. Que empieza a envejecer.

Serendipia. Hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual. El descubrimiento de la penicilina fue una serendipia. Adaptación del inglés serendipity, y este de Serendip, hoy Sri Lanka, por alusión a la fábula oriental The Three Princes of Serendip, Los tres príncipes de Serendip.

Seroja. Hojarasca seca que cae de los árboles. Residuo o desperdicio de la leña. Viruta que se le saca al tronco de los pinos sometidos a resinación, al refrescar la herida que va formando la entalladura, por medio de las picas practicadas con la azuela o escoda.
Serondo. Dicho de un fruto: tardío.

Sicalipsis. Malicia sexual, picardía erótica.

Sicofanta. Impostor, calumniador. También, sicofante.

Sinarquía. Gobierno constituido por varios príncipes, cada uno de los cuales administra una parte del Estado. Influencia, generalmente decisiva, de un grupo de empresas comerciales o de personas poderosas en los asuntos políticos y económicos de un país.

Sinecura. Empleo o cargo retribuido que ocasiona poco o ningún trabajo.

Sinología. Estudio de las lenguas y culturas de China.

Solercia. Industria, habilidad y astucia para hacer o tratar algo.

Sopitipando. Accidente, desmayo.

Sororal. Perteneciente o relativo a la hermana.

Sorrabar. Besar a un animal debajo del rabo. Era castigo infamante que se imponía antiguamente a los ladrones de perros. También, rogar con sumisión.



jueves, 18 de agosto de 2016

31 rotundas y rutilantes palabras con la R

Ilustración: Luis Demano


La R romana procedía de la griega rho, que a su vez venía del signo fenicio rosas, que significaba “cabeza”. Representa dos sonidos distintos (pero y perro, por ejemplo). Esta letra encabeza el 5,06% de las palabras del diccionario, siendo la novena en el ranking y la quinta más frecuente en cualquier texto (6,87 letras de cada 100 son erres).




Rábula. Abogado indocto, charlatán y vocinglero.

Rahez. Vil, bajo, despreciable. Refez (barato, que vale poco). También, de poco trabajo, fácil.

Raque. Acto de recoger los objetos perdidos en las costas por algún naufragio o echazón.

Rascatripas. Persona que con poca habilidad toca el violín u otro instrumento de arco.

Rataplán. Onomatopeya para imitar el sonido del tambor. En los diarios, resumen en primera página de una noticia que se publica en el interior.

Rayada. Dolor penetrante.

Rebatiña. Acción de coger deprisa algo entre muchos que quieren cogerlo a la vez.

Rebudio. Gruñido del jabalí.

Recatón. Que vende al por menor. Que regatea el precio mucho.

Regolaje. Buen humor, buen temple de una persona.

Regosto. Apetito o deseo de repetir lo que con delectación se empezó a gustar o gozar.

Remediavagos. Libro o manual que resume una materia en poco espacio, para facilitar su estudio. Procedimiento destinado a hacer algo con el mínimo esfuerzo.

Remusgar. Barruntar o sospechar.

Repentista. Persona que improvisa un discurso, una poesía, etc. Persona que repentiza en el canto o en la música.

Repullo. Movimiento violento del cuerpo, especie de salto que se da por sorpresa o susto. Demostración exterior y violenta de la sorpresa que causa algo inesperado. Rehilete (flecha pequeña).

Resobrino, na. Hijo del sobrino de una persona.

Réspice. Respuesta seca y desabrida. Reprensión corta, pero fuerte.

Roncero. Tardo y perezoso en ejecutar lo que se manda. Regañón y malhumorado. También, que usa roncerías para conseguir un intento. Y en marina, dicho de una embarcación: Tarda y perezosa en el movimiento.

Rusticar. Salir al campo, habitar en él, sea por distracción o recreo, sea por recobrar o fortalecer la salud.


Rutinero, ra. Que ejerce un arte u oficio, o procede en cualquier asunto, por mera rutina.