Mostrando entradas con la etiqueta Juan José Millás. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Juan José Millás. Mostrar todas las entradas

viernes, 1 de febrero de 2019

Un libro es un paisaje


  • El lector abandona su identidad para transformarse en uno de los personajes de la peripecia narrativa, a veces en el mismísimo protagonista.


Juan José Millás
Un libro es un paisaje: el que contemplas con asombro a izquierda y derecha mientras progresas por las oraciones gramaticales que lo componen como por una senda abierta en el bosque. El proceso por el que la materialidad de la letra impresa se convierte en una sustancia mental, capaz de transformarse a su vez en imágenes que lo mismo nos llevan a la intimidad de una alcoba que a la cubierta de un ballenero, es un enigma semejante al del misterio eucarístico, pues si en la misa, mediante las palabras pronunciadas por el cura, el pan y el vino se convierten en el cuerpo y en la sangre de Cristo, en la novela, gracias a un conjunto de sustantivos, adjetivos, etcétera, adecuadamente combinados, el lector abandona su identidad para transformarse en uno de los personajes de la peripecia narrativa, a veces en el mismísimo protagonista.

Lees, por ejemplo, esta frase: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”, y eres arrancado del sofá, o del asiento del autobús, o de la cama en la que te encuentras con Cien años de soledad entre las manos. Continúa

martes, 27 de diciembre de 2016

Es él


Juan José Millás
Metro de Sevilla
Recibo una llamada de un desconocido que me acusa de imitarle en el modo de vestir, de peinarme, de moverme, de andar. También de tomar el metro a las mismas horas que él y de bajarme en las mismas estaciones. Se despide pidiéndome que le deje en paz y cuelga. Al día siguiente salgo a la calle y tomo el metro para acudir al trabajo. Entro en el vagón, me siento, y echo disimuladamente un vistazo al resto de los viajeros. A unos metros de mí, junto a la puerta central, descubro a un tipo con zapatillas deportivas, vaqueros, camisa blanca y un jersey azul, de los de pico, cubierto por una cazadora negra. La misma indumentaria que llevo yo. Su pelo, peinado hacia atrás, como el mío, es sin embargo más abundante.

Comienzo a mirarle con hostilidad, a ver si vuelve la cabeza y se fija en mí. Pero el tipo va a lo suyo, ajeno completamente a todo, y parece normal. En esto, suena mi móvil, lo cojo y cuando estoy hablando con mi mujer, observo que a él también le ha telefoneado alguien. Continúa leyendo en El País

sábado, 26 de noviembre de 2016

No sé


Juan José Millás
A mi amigo R. lo despertó en medio de la noche un alarido escalofriante de su mujer, a cuyo lado dormía. ¿Qué ocurre?, preguntó. He tenido una pesadilla, dijo ella, soñaba que paría un abejorro. ¿Un abejorro?, preguntó él frotándose los ojos. Sí, dijo ella, un abejorro negro, del tamaño de una aceituna, con pelos en el abdomen. Mi amigo, dada la agitación de su esposa, encendió la luz al objeto de que se tranquilizara. Entonces vieron un insecto de las características que ella acababa de describir posado en el espejo del armario. R. tomó de la mesilla de noche una revista, la enrolló y ya se dirigía hacia el abejorro con intención de acabar con él, cuando su mujer le gritó que se detuviera. ¿Qué pasa ahora?, preguntó. Ni se te ocurra tocarlo, dijo ella.


Tras unos instantes de tensión, él regresó a la cama, ella le pidió que apagara la luz y volvieron a adoptar la postura en la que dormían habitualmente. Ella se durmió antes, como extenuada por el parto, y él permaneció despierto media hora, un poco inquieto por la presencia del animal en el dormitorio. Por la mañana, Continúa en El País

viernes, 26 de agosto de 2016

El ferretero que era agente de la Interpol


Juan José Millás
[...] Recordé entonces que el hijo del ferretero nos había dicho en cierta ocasión a los amigos más íntimos que la ferretería era una tapadera bajo la que su padre ocultaba su verdadera actividad profesional, pues por lo visto era agente de la INTERPOL.

Imagínense cómo cambió la percepción que teníamos de aquel hombre, al que empezamos a mirar desde entonces con un respeto casi religioso. Yo pasaba por delante de la ferretería cuando iba o venía del colegio y siempre me asomaba para verle enfundado en su guardapolvo gris, despachando clavos o tornillos con una naturalidad tal que parecía que no había hecho otra cosa en la vida. Y sin embargo, detrás de aquella apariencia se ocultaba todo un agente de la INTERPOL. Quizá en alguna ocasión me pregunté de dónde sacaría el tiempo para interpolar, teniendo en cuenta que no abandonaba nunca el mostrador, pero eran dudas pasajeras. Crecí con el convencimiento de que aquel hombre era lo que nos había dicho su hijo y cuando tuve edad de descubrir el engaño, jamás se lo eché en cara.

Pues bien, me acordé de mi amigo, decíamos, y conseguí localizarle e invitarle a comer. Le expliqué que me disponía a escribir un libro dedicado al peso que tiene en nuestras vidas lo irreal, lo que se nos ocurre, y que me ayudaría mucho que me hablara de su padre, el agente de la INTERPOL. Mi amigo dio un sorbo a su vaso de vino y compuso un gesto nostálgico antes de comenzar a hablar.
–Yo —dijo finalmente— he tenido dos padres, en efecto: uno real, el ferretero, y otro irreal, el agente de la INTERPOL. Lo curioso, Juanjo, es que el más importante para mí ha sido el irreal. De él he recibido los mejores consejos, así como las lecciones verdaderamente importantes para enfrentarme a la existencia. Mi padre real, como tú sabes, se pasaba la vida en la ferretería y jamás prestó mucha atención a su familia, en parte porque era un hombre muy limitado también. El padre irreal, en cambio, no solo llevaba una vida apasionante, sino que le gustaba pasarme la mano por encima del hombro, o eso imaginaba yo, y contarme experiencias inventadas por mí que constituyeron el espejo gracias al cual crecí y me hice un hombre.

Hasta qué punto lo que imaginamos acerca de nosotros nos constituye más que lo que nos sucede en la realidad.

A medida que mi amigo hablaba de su padre irreal, que paradójicamente era el verdadero, él mismo se quedaba asombrado del peso que tienen en la existencia las cosas que no existen. Ya en los postres me dijo que su padre real había fallecido el año anterior y que un día, cuando se encontraba muy enfermo, pensó que el ferretero no podía morir sin saber que había sido también un agente de la INTERPOL, de modo que se lo dijo. Le dijo: Papá, tú no has sido para mí un ferretero, sino un agente de la INTERPOL. Por lo visto, su padre se quedó mirándole con extrañeza durante unos segundos y al final dijo:

–¿Pues sabes que algo había notado yo?

O sea, que nunca sabemos dónde está realmente la frontera entre lo que nos ocurre y lo que se nos ocurre. [...]



miércoles, 24 de agosto de 2016

Hoy es más fácil ser astronauta que telefonista

Juan José Millás
Ilustración de Nicolás Aznárez
El asombro es patente: nadie les había dicho hasta ese instante que se podía ganar dinero leyendo, pero es así. Y se lo explico. Les explico que es absurdo el disgusto que se llevan muchos padres cuando alguno de sus hijos dice que quiere estudiar Humanidades. Quizá ese disgusto tenía razón de ser en otros tiempos; ahora no. Las carreras tradicionalmente bien consideradas, porque quienes las estudiaban se situaban muy bien en la vida, están hoy en declive, al menos en el mundo del que procedo. Hay demasiados arquitectos o ingenieros en paro o subempleados. En cambio, la demanda de personas que sepan leer y escribir es cada día mayor, porque el que sabe leer y escribir, como decíamos antes, domina la realidad. Las salidas profesionales para esta clase de personas son numerosísimas. Un buen creativo de publicidad, incluso uno mediocre, se puede ganar mejor la vida que un matemático, sin duda alguna. Y quien dice un creativo de publicidad dice un guionista de radio o de televisión o de cine, un editor de textos, un autor de reportajes, un escritor de conferencias para jefes de Estado, para ministros, o para abrir cursos universitarios.

Si algo necesita el mundo actual es lo que desde hace algún tiempo venimos llamando “proveedores de contenidos”. El desarrollo de la industria del ocio y sus alrededores ha llevado a la situación de que disponemos de gigantescos conductos (emisoras de radio o televisión, Internet) por los que de momento solo discurre un hilo de talento. Estamos de acuerdo en que llenar cien o doscientos canales de televisión de talento es muy difícil. Pero hay que llenarlos de algo, porque de momento van prácticamente vacíos, cuando no son meros dispensadores de materia fecal. Pues bien: ¿quiénes son las personas con capacidad para proveer de contenidos esas enormes tuberías? La gente que sabe leer y escribir, sin duda. Y la demanda de este tipo de profesionales es tan grande que algunas de las personas que viven instaladas en la industria del ocio, incluso en la industria cultural, no han tenido más remedio que recurrir al plagio para satisfacer la demanda creciente de sus compradores.

Todo esto que digo, en fin, es fácilmente demostrable, pero por si quedara alguna duda, pongo a los alumnos un ejemplo extraído de la vida real: hace unos años, salió en la prensa un anuncio por el que la Comunidad de Madrid convocaba seis o siete plazas de telefonista. Se presentaron del orden de las sesenta o las setenta mil personas para disputar esas plazas. Pueden ustedes imaginarse que entre los opositores había miles de titulados de todas las clases, desde ingenieros nucleares a arquitectos, pasando por ginecólogos, pediatras, marinos mercantes y abogados. No hay que hacer muchos números para advertir que, estadísticamente hablando, hoy es mucho más fácil ser astronauta que ser telefonista de la Comunidad de Madrid. Pero ahora viene lo más espectacular: también desde el punto de vista estadístico, cualquier español que sepa leer y escribir tiene muchísimas más posibilidades de ganar el premio Planeta que de obtener una plaza de telefonista. ¿Cuántas vidas habría que permanecer pegado a los mandos de una centralita para conseguir esa cantidad?

Cuando yo era joven, explico a los alumnos, y le decías a tu padre que querías ser escritor, lo normal es que te diera una torta. Pero si se trataba de un padre tolerante, además de la torta te daba un consejo.

—Hijo, no te digo que renuncies a escribir si es lo que verdaderamente te gusta, pero de eso no se vive, por lo que te aconsejo que hagas una oposición a Correos para disfrutar de un sueldo seguro. Luego, por las tardes, si tienes verdadera vocación, te dedicas a escribir.

Hoy, esa conversación no sería posible. O habría que darle la vuelta. Si un hijo te dice que quiere ser telefonista de la Comunidad de Madrid, tendrías que darle una torta y, si eres un padre tolerante, añadir un consejo:


—Hijo mío, eso es más difícil que ser astronauta. Para cubrir las últimas siete plazas que salieron a concurso se presentaron sesenta o setenta mil personas, muchas de ellas con varias carreras y dominando seis o siete idiomas. Te aconsejo que te hagas escritor y luego, por las tardes, si de verdad tienes vocación de telefonista, yo mismo te regalo una centralita y te pasas la tarde cambiando las clavijas de sitio.

Leer novelas fortalece el Aparato Imaginario

Juan José Millás
Ilustración de Nicolás Aznárez
[…] Si fuéramos capaces de amueblar bien nuestra cabeza, la realidad extramental mejoraría en seguida como efecto secundario. Hay que actuar, pues, sobre el Aparato Imaginario, pero cómo actuar sobre algo cuya existencia no está reconocida. Tendríamos que aceptar que existe para, en un paso posterior, mejorar su funcionamiento.

Como no hay ninguna esperanza de que eso vaya a suceder (al contrario, la enseñanza está cada vez más dirigida al conocimiento de lo meramente cuantificable), termino recomendando a los alumnos que lean novelas, pues ése es el modo más eficaz de fortalecer tal aparato. Cuando uno lee una buena novela, les aseguro, es más sabio que antes de haberla leído, aunque no sea capaz de explicar por qué. El problema es que vivimos en un mundo donde aquello que no se puede cuantificar no existe. Todas las campañas de promoción de la lectura caen sin excepción en la trampa de asociar la lectura a la adquisición de conocimientos prácticos. Si lees, te dicen, sabrás dónde se encuentra el Polo Norte. Y no es eso, no es eso. Si yo aprendiera hoy a dividir, podría irme a la cama asegurando que sé una cosa más. Pero si leo Madame Bovary habré aprendido también infinidad de cosas que no sabía antes, aunque desgraciadamente no se puedan enumerar ni cuantificar. Es más, hay un tipo de conocimiento sobre la realidad que solo se puede adquirir a través de la literatura.


[…] Hubo, desde mi punto de vista, en algún momento de la historia de la enseñanza, un suceso catastrófico a partir del cual se jodió todo. Me refiero a ese instante en el que se comenzó a pensar que bastaba, para conocer el mundo, con los contenidos de la ciencia y del pensamiento racional. A partir de ese instante se nos empezó a hurtar toda aquella información sobre la realidad de la que había sido proveedora el mito, la literatura de viajes, los libros de aventuras. El mito se dirige a una parte de nuestro ser a la que no se puede acceder de otro modo. Sin el cultivo de esa parte estamos incompletos. Peor aún, estamos inválidos y a merced de quien nos quiera manipular.

lunes, 22 de agosto de 2016

Lleva cuidado con lo que deseas en la juventud

Juan José Millás
Ilustración de Nicolás Aznárez
[…] Si os preguntara dónde está o en qué consiste la capacidad de fantasear, de imaginar, os quedaríais mudos porque no hay una sola asignatura, ni siquiera una lección de una asignatura, en la que se estudie que además de todos los aparatos mencionados [locomotor, respiratorio, circulatorio, digestivo, etcétera], tenemos otro, al que vamos a llamar por entendernos el Aparato Imaginario, que sirve precisamente para levantar fantasías sobre nosotros mismos y sobre los demás, fantasías que por suerte o por desgracia tarde o temprano se realizan. Todo lo que pasa por la cabeza, pasa tarde o temprano por la calle. Ahí tienen el submarino, el autogiro, el viaje a la Luna o la caída de las Torres Gemelas. Lleva cuidado con lo que deseas en la juventud, decía Henry James, me parece, porque lo tendrás en la edad madura.

Y bien, pregunto a los alumnos y alumnas, ¿no os parece escandalosa la ausencia, en los planes de estudio, de este Aparato, el Imaginario, cuando se usa mucho más que el digestivo y que el locomotor, mucho más incluso que el aparato sexual, cuyo funcionamiento depende en gran medida de la imaginación? ¿Qué hacemos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos?: fantasear. No hay más que mirar, digo, la cara que lleva la gente por la mañana en el interior de los coches o en el metro para darse cuenta de que van imaginando que les toca la lotería, que se muere su jefe, que la vida, en fin, va a empezar a tratarles como se merecen. Y si entramos en un aula y contemplamos las caras de los alumnos mientras el profesor hace ecuaciones en la pizarra, en seguida advertiremos que muchos de esos alumnos están en otra parte. […]

Pues bien, ¿por qué ese interés desmesurado en que nos aprendamos el aparato digestivo con todos sus píloros y todas sus vesículas y todas sus glándulas y todos sus jugos, y esa falta de interés en que averigüemos algo, aunque sea poco, acerca de nosotros mismos? He conocido a mucha gente que se sabía los nombres de todos los huesos de los que estamos compuestos, pero que vivía en una oscuridad terrible respecto de sí misma. ¿No resulta sospechoso ese acuerdo universal en que no se estudie el Aparato Imaginario? Quizá sí, porque quien descubre dentro de sí la existencia de ese Aparato y llega a conocer cómo funciona se convierte en un individuo difícil de manipular, en un individuo libre. Quien lo ignora, por el contrario, vivirá alienado, generando deseos y fantasías de otro. Será un esclavo. No verá más, cuando abra los ojos, que lo que espera ver y contribuirá al fortalecimiento de un sistema con el que seguramente no está de acuerdo.


Ignorar la existencia del aparato imaginario, en fin, como si no perteneciera a la realidad tiene consecuencias catastróficas tanto individuales como sociales. Si la vida entera es un malentendido, se debe a esta omisión, pues lo que llamamos realidad […] es el producto de lo que venimos denominando con poca fortuna el Aparato Imaginario. En efecto, digo a los chicos y chicas, observad este vaso de agua, esta botella, este micrófono, esta mesa... Todo, en fin, cuando hay a vuestro alrededor ha sido un fantasma en la cabeza de alguien antes de convertirse en un objeto real. De manera que no es que el Aparato Imaginario, del que lo ignoramos todo, exista, sino que de él depende la existencia de la realidad extramental, de la realidad que hay al otro lado de la cabeza. Cualquier cosa que seamos capaces de nombrar, desde las leyes a los sacapuntas, pasando por las bañeras, las lavativas, el reloj de arena, el Ajax Vim Cloro o las compresas extraplanas con alas, es el resultado de la actividad de ese Aparato.

domingo, 21 de agosto de 2016

A mí, de adolescente, me prohibieron las novelas

Juan José Millás
[…] Me llaman a veces de los institutos de enseñanza media y yo acudo, no siempre con el mismo ánimo, para explicar a los jóvenes que la lectura es ya una de las pocas actividades transgresoras en una sociedad en la que prácticamente todo está permitido. O, peor aún, en una sociedad que es muy permisiva con lo que se debería prohibir y muy prohibitiva con lo que debería permitir. Les explico que los lunes por la mañana, cuando salgo a pasear por el parque cercano a mi domicilio, veo indefectiblemente rotos los cristales de una o dos marquesinas de autobús y tres o cuatro papeleras arrancadas de sus soportes. Son destrozos llevados a cabo durante el fin de semana por jóvenes que no son capaces de expresar su malestar de otro modo. Odian el sistema y apedrean por tanto los símbolos externos de ese sistema practicando un modo de delincuencia atenuada que les compensa momentáneamente del dolor de vivir en un mundo sin salida, sin horizonte moral o laboral, en un mundo loco.

Intento explicarles que lo que ellos toman como un acto de rebelión fortalece al sistema hasta extremos que no podrían ni imaginar. La sociedad, les explico, puede prescindir de otras personas, pero no de los delincuentes. "El delincuente -decía Octavio Paz en un ensayo de juventud- confirma la ley en el momento mismo de transgredirla". Les explico que cuando beben cuatro cervezas y arrancan de raíz ese semáforo con el que yo tropiezo el lunes por la mañana, están haciendo gratis algo por lo que les deberían pagar. Estoy convencido, les digo, de que si un día, de la noche a la mañana, desaparecieran los delincuentes, el Ministerio del Interior no tardaría ni 48 horas en convocar oposiciones para cubrir urgentemente todas esas vacantes.

El joven, pues, que el sábado por la noche se emborracha y que al amanecer, antes de regresar a casa, llena de silicona la ranura de un cajero automático para no irse a dormir sin haber contribuido a la liquidación del sistema, no sabe hasta qué punto está contribuyendo a reproducir lo que detesta. Ese chico no es peligroso; en realidad, es un funcionario que trabaja gratis para el sistema. Destroza el mobiliario urbano con el mismo gesto de rutina con el que el funcionario de Hacienda nos dice que volvamos mañana.

Cuando digo esto en institutos difíciles, aunque también en los de clase media, los chicos se quedan lógicamente sorprendidos. Les explico a continuación, porque así lo creo, que el joven verdaderamente peligroso es aquel que un viernes o un sábado por la noche se queda en casa leyendo Madame Bovary. Por lo general, no saben quién es madame Bovary, pero he comprobado les suena bien, por lo que no suelo cambiar de título.


Ese individuo que se queda a leer Madame Bovary, les aseguro, es una bomba. ¿Por qué?, noto que me preguntan con la mirada. Porque la realidad, les explico, está hecha de palabras, de modo que quien domina las palabras domina la realidad. Ellos dudan, claro, porque miran a su alrededor y no acaban de ver la relación entre la realidad y las palabras. Entonces les recuerdo el cuento aquel de Andersen, El rey desnudo, o El traje nuevo del emperador, según la traducción. Todos ustedes lo conocen. No me digan que no les resulta sorprendente el éxito de ese relato si consideramos que se narra en él la historia de un pueblo que ve vestido a un señor que va desnudo. Parece una historia inviable por inverosímil, pero lleva años cautivando a niños y a mayores de todas las nacionalidades. ¿Por qué?, me pregunto en voz alta delante de los alumnos a los que intento convencer de las bondades de la lectura. Pues porque lo que ocurre en ese cuento, respondo tras unos segundos de tensión teatral, es lo que nos ocurre cada día desde la noche a la mañana a todos y cada uno de nosotros: que salimos a la calle y vemos lo que nos dicen que veamos. Si la orden de ese día es ver al Rey vestido, lo veremos vestido, aunque vaya en pelotas. En otras palabras, vemos lo que esperamos ver. Y esto es así de simple y así de espectacular. Las palabras son generadoras de realidad. Y la ausencia de palabras también. Por eso invito siempre a los alumnos a preguntarse hasta qué punto es real la realidad.