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jueves, 30 de junio de 2016

¿Qué libros del ‘boom’ latinoamericano prohibió y alabó la dictadura?


A pesar de que muchas de estas obras fueron tachadas por la dictadura, las editoriales, distribuidores y libreros lograron que pequeñas y medianas cantidades de novelas censuradas por el franquismo llegasen igualmente a España. Xavier Ayén, autor de Aquellos años del boom, cuenta que tanto en los sesenta como en los setenta se daban algunas paradojas: "Llegaban novelas clandestinas y había situaciones extrañas. Podía ser que una obra estuviera parada en la censura y que, sin embargo, se pudiera conseguir como producto de importación. Así había muchos menos ejemplares de los que las editoriales querían publicar de manera legal. En Barcelona, por ejemplo, se podían conseguir en la librería francesa. Era un circuito muy minoritario y estos libros no llegaban al gran público".

  • Lo que opinaban los censores

 García Márquez | ‘Cien años de soledad’: “Como novela, muy buena”

Cien años de soledad
“Políticamente, la obra no presenta problema ninguno. Ideológicamente tampoco, porque no defiende tesis sino que describe situaciones. Moralmente, presenta un ambiente en el que predomina la inmoralidad como cosa de todos los días y sin ulteriores preocupaciones éticas, aunque no falten personajes que se planteen problemas de conciencia. Sin embargo, no se incurre en descripciones escabrosas ni inmorales: simplemente se describen situaciones inconvenientes sin aprobarlas ni condenarlas, pero produciendo una impresión desfavorable hacia tales situaciones. La obra es AUTORIZABLE. Como novela, muy buena” (15 de febrero de 1969).
El coronel no tiene quien le escriba
“Novela latinoamericana, con la figura central de un coronel terco y obstinado en su dignidad y siempre esperando la correspondencia que le comunique la concesión de la pensión bien ganada, pero que nunca llega por los olvidos o las maquinaciones de la politiquilla imperante. Nada que objetar” (22 de mayo de 1969).

Julio Cortázar | “Es discursivo. Muy cerebral”

Rayuela
“No es fácil resumir el contenido de esta novela porque se trata de una narración poco narrativa. Es discursiva. Muy cerebral. No se cuenta casi nada y se dice y se habla mucho” (2 de junio de 1967).
“Nos hallamos ante una de las principales y más antológicas producciones de unos de los primeros escritores contemporáneos de Hispanoamérica...” (12 de junio de 1967).
“Aunque habría bastantes cosas que tachar en esta novela, su gran calidad literaria obliga a tratarla con todo respeto. Por ello, se deben pasar por alto ciertas palabras obscenas que no serían admisibles en otra novela” (25 de junio de 1969).
Ceremonias
“Muy personales como toda su literatura, medio real medio irreal, de gran finura psicológica y lenguaje a veces lírico, a veces chabacano a base de extranjerismos, argentinismos, etc. Moralmente no hay nada que objetar: las descripciones eróticas son escasas y discretas. Políticamente es inocuo” (18 de noviembre de 1968).

Jorge Luis Borges | “Uno de los más grandes líricos de la lengua”

El Aleph
“Este libro contiene una serie de pequeños relatos, imaginarios y profundos al mismo tiempo. Se trata de uno de los más grandes líricos de la lengua española. El gran poeta argentino pone en este libro lo imaginario y la profundidad filosófica” (27 de noviembre de 1969).
Ficciones
“Al pensar por cuenta propia el autor formula alegremente hipótesis las más paradójicas [sic], que presenta como tesis inconclusas, cultivando en la expresión (al menos en la traducción) un lenguaje hermético a tono con lo esotérico de los temas, lo que hace que estos sean, para los lectores no iniciados en las metafísicas agnósticas, el laberinto de los laberintos.” (4 de junio de 1956).
“Con alardes de ingenio el autor de ‘Ficciones’, Jorge Luis Borges, sutiliza bordando una serie de temas que se incorporan por derecho propio y legítimo dentro de la categoría de bellas y cultas digresiones más o menos fantásticas, pero acusan en último término la extensa cultura, la fertilidad de la imaginación y el humorismo, quizás exagerado” (8 de junio de 1956).

Vargas Llosa | Un ‘Buscón’ contemporáneo

La ciudad y los perros
“Un poco a lo ‘Buscón’ por el desenfado truculento del lenguaje, se aparta, sin embargo, del patrón quevedesco por una marcada complacencia con las descripciones obscenas, sobre todo en la de adulterio incestuoso...; en la de la visita al lupanar...; en la de los actos de sodomía...; en la de la escena de voluptuosa depravación...” (25 de febrero de 1963).
“Se ambienta el internado relatando la vida y costumbres de una juventud degenerada      —reflejo ciertamente de unas extensas juventudes hispanoamericanas—, pero sustancialmente el nudo de la obra, entre tanto episodio y peripecia de la juventud que allí habita, consiste en hacer crítica áspera y dura de la pedagogía y reglamentos militares” (2 de mayo de 1963).

Juan Rulfo | ‘Pedro Páramo’ llegó 14 años después

Pedro Páramo
“En los lugares arriba señalados hay descripciones crudas de hechos y situaciones inmorales, que a juicio del lector que suscribe aconsejan que no se autorice la distribución de tal novela.” (4 de ocubre de 1955).
Pedro Páramo y El llano en llamas
“La literatura de Juan Rulfo, como es sabido, es bronca, alucinante, milagrera y de honda raíz popular. Lo mejor del volumen es ‘Pedro Páramo’. Los relatos son más desiguales. Aunque abundan los detalles eróticos en estas narraciones, están expuestos con sobriedad, por lo que son admisibles. En otros aspectos, al aludirse siempre a la realidad mexicana no hay motivos para objeciones” (18 de noviembre de 1969).

Extracto del artículo de F. Sánchez y D. Fonseca. El texto completo en El País

Cuando el franquismo censuró el ‘boom’ latinoamericano

  • El régimen retrasó 15 años la entrada de obras maestras de una generación de autores que marcó una era
  • La dictadura no tocó ni una línea a García Márquez


Vargas Llosa, Carlos Fuentes, García Márquez y José Donoso, en los 70
Después de que en 1967 el franquismo prohibiera la publicación de Cambio de piel, de Carlos Fuentes, Seix Barral recibió la noticia de que tampoco podría editar en España —como era su intención— Rayuela, la novela de Julio Cortázar que había visto la luz en Argentina de la mano de Francisco Porrúa en su sello Sudamericana.

El año anterior, el escritor chileno Luis Harss había presentado a ambos escritores junto a otros ocho más en Los nuestros, un libro de entrevistas que trascendería por anunciar el que iba a ser nuevo canon de la literatura latinoamericana. La obra de Harss, que anticipó una revolución clave en la literatura en castellano, cumple este año medio siglo. La dictadura retrasó, sin embargo, casi 15 años la llegada a España de algunos de los autores del boom, aunque a otros, como a Gabriel García Márquez, no les hicieron cambiar nada en sus textos.

Los censores franquistas, que evaluaban si cada libro atacaba “a la moral, a la Iglesia o al Régimen” “aconsejaron” suprimir ocho páginas de Rayuela en 1967, según consta en los correspondientes documentos que guarda el Archivo General de la Administración.

Los inmorales Buendía
También se retrasó la publicación en España de Carlos Fuentes. Aunque en 1966 llegaron 17.000 ejemplares de La muerte de Artemio Cruz, los censores ya habían rechazado otras tres obras suyas. Los intentos en 1960 de la editorial Hispano Americana de exportar a España 50 ejemplares de La región más transparente y otros tantos de Las buenas conciencias fueron rechazados. La primera novela fue tachada en el informe de la censura de “atea, [con] alusiones políticas contrarias al régimen, [y] descripciones fuertemente lascivas”; la segunda presentaba a “personas religiosas como hipócritas, […] y con frases inconvenientes y escenas de burdel”. Hasta 1973 y 1975, respectivamente, ambas obras no llegaron a España. Una demora similar padeció Pedro Páramo, de Juan Rulfo, rechazada en 1955, cuando se publicó: “Hay descripciones crudas de situaciones inmorales”. Hasta 1969 no se pudo leer en España.

Portada de la primera edición de Cien años de soledad

La llegada de Manuel Fraga en 1962 al Ministerio de Información propició una mínima apertura con la Ley de Prensa de 1966. “Se suprimió la censura previa y se podía publicar lo que se quisiera, pero el franquismo reservaba el derecho a parar las tiradas si creía que una obra era ofensiva. Los editores siguieron mostrando los libros para no imprimir uno y luego ver cómo se paralizaba. En esos años, se siguieron censurando muchas obras”, recuerda Xavier Ayén, autor de Aquellos años del boom.

Pese al franquismo, la audacia de las editoriales permitió que muchas novelas tachadas entrasen de contrabando. Miguel Visor, distribuidor y librero desde 1959, rememora cómo colocaban los libros prohibidos en la parte baja de las cajas de importación, ocultas por obras sí permitidas: “No había librería que no tuviera una sección pirata. Estas novelas las teníamos escondidas y las vendíamos a gente de confianza”.

Los censores no molestaron, en cambio, a García Márquez. Su primer libro en España fue La mala hora, en 1962, pero no sería hasta la publicación en 1967 de Cien años de soledad cuando se editaría en amplias tiradas. El censor señaló en su informe que la historia de los Buendía no suponía problema político ni ideológico alguno, aunque “moralmente, presenta un ambiente en el que predomina la inmoralidad”. El censor autorizó su edición y escribió: “Como novela, muy buena”. 

jueves, 23 de abril de 2015

Las raíces reales y literarias de Macondo

Gabriel García Márquez creó su lugar mítico mucho antes de 'Cien años de soledad'. La Feria del Libro de Bogotá le dedica su edición


Un día, el niño Gabriel García Márquez (1927-2014) iba asomado a la ventana en un tren amarillo, que no paraba de soltar serpientes de humo con cada pitido, y leyó en la entrada de una finca un letrero metálico azul que en letras blancas decía: Macondo. Y la palabra voló a esconderse en algún refugio de su memoria.
Macondo no nació el día que todos creen. Macondo tiene siete actas de fundación: tres tienen que ver con la aparición de este territorio de ficción en sendos libros; dos son citadas por primera vez por el autor sin que sus libros hayan sido publicados, y las otras dos provienen de sus vivencias que darán origen a ese pueblo mítico. Para dar con sus raíces hay que desandar la ruta de la imaginación de la gente a lo real.
En el imaginario universal ese territorio nace en el arranque de Cien años de soledad (1967). 
Leer más en El País

lunes, 21 de abril de 2014

La luz es como el agua

La luz es como el agua
Gabriel García Márquez

En Navidad los niños volvieron a pedir un bote de remos.

-De acuerdo -dijo el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.

Totó, de nueve años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres creían.

-No -dijeron a coro-. Nos hace falta ahora y aquí.

-Para empezar -dijo la madre-, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la ducha.

Tanto ella como el esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse, porque les habían prometido un bote de remos con su sextante y su brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.

-El bote está en el garaje -reveló el papá en el almuerzo-. El problema es que no hay cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay más espacio disponible.

Sin embargo, la tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de servicio.

-Felicitaciones -les dijo el papá ¿ahora qué?

-Ahora nada -dijeron los niños-. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y ya está.

La noche del miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo dejaron correr hasta que el nivel llegó a cuatro palmos. Entonces cortaron la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

Esta aventura fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
-La luz es como el agua -le contesté: uno abre el grifo, y sale.

De modo que siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después, ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.

-Está mal que tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para nada -dijo el padre-. Pero está peor que quieran tener además equipos de buceo.

-¿Y si nos ganamos la gardenia de oro del primer semestre? -dijo Joel.

-No -dijo la madre, asustada-. Ya no más.

El padre le reprochó su intransigencia.

-Es que estos niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber -dijo ella-, pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.

Los padres no dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde, sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles siguiente, mientras los padres veían El último tango en París, llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la oscuridad.

En la premiación final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

El papá, a solas con su mujer, estaba radiante.

-Es una prueba de madurez -dijo.

-Dios te oiga -dijo la madre.

El miércoles siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel , la gente que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Llamados de urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la película de media noche prohibida para niños.

Al final del corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante, y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase, eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47 del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.



7 vídeos para ver, escuchar y volver a leer a Gabriel García Márquez




Muy interesante el vídeo 6 porque el autor habla de sus propias obras. Para ver y escuchar a Gabriel García Márquez

viernes, 18 de abril de 2014

Recuerdo de Gabriel García Márquez

Gabriel García Márquez
"Resultará, pues, muy fácil comprender que me costara trabajo ocultar la admiración y los nervios cuando García Márquez entró por la puerta de mi casa. Pero cumplí la consigna [de Joaquín Sabina] de no agobiar, no alabar, no pedir autógrafos. Fue una labor complicada, ya que García Márquez se comportó con una naturalidad y una simpatía dignas de mayores confianzas. Otros amigos, también obedientes, hicieron verdaderas contorsiones para conseguir fotografiarse con el maestro sin que él se diera cuenta. Debieron conseguirlo, porque al día siguiente el autor de Cien años de soledad comió con Beatriz de Moura, la editora de Tusquets, y resumió la crónica de nuestra fiesta de cumpleaños de la manera siguiente: <Es la primera vez desde hace 40 años que voy a un sitio y nadie me hace caso>". Lee el texto completo de Luis García Montero

Portadas de "Cien años de soledad"

1ª edición (1967)
En francés


La edición que leí en julio de 1979
Costaba 190 ptas.
En inglés
En chino

En italiano
En danés

jueves, 17 de abril de 2014

Luto en la Tierra y en Macondo: Ha muerto Gabriel García Márquez

Uno de los grandes escritores de la literatura universal ha fallecido en México DF a la edad de 87 años

El narrador y periodista colombiano, ganador del Nobel en 1982, es el creador de obras clásicas como 'Cien años de soledad', 'El amor en los tiempos del cólera', 'El coronel no tiene quien le escriba', 'El otoño del patriarca' y 'Crónica de una muerte anunciada'.

Nació en Aracataca y fue el creador de un territorio eterno llamado Macondo donde conviven imaginación, realidad, mito, sueño y deseo. 

Con él la literatura abrió rutas maravillosas. 

Fue uno de los protagonistas de la universalización del 'boom' de la novela hispanoamericana


El ‘boom’ y el blindaje de la literatura

Hasta octubre de 1967 apenas hubo noticia de su existencia ni de su obra en la prensa española, diaria o cultural


Catedrático de literatura española en la Universidad de Barcelona

García Márquez recoge el Premio Nobel
de Literatura en 1982
Llegó el último aunque hoy parezca mentira. Poco menos que hasta finales de 1967 no hay apenas noticia de su existencia ni de su obra en la prensa española, diaria o cultural. Pero no por lo que todos maliciamos, es decir, porque los periódicos y los escaparates de las librerías están colonizados por franquistas ignotos –tipo Pombo Angulo– porque eso es sólo una parte de la verdad. Desde 1960 empiezan a rodar aquí un buen puñado de nuevos nombres para el lector español entre los cuales no está Gabriel García Márquez. Pero están, y con espacios destacados en periódicos e incluso con dossiers y monográficos de revistas, otros nombres con resonancia creciente: Jorge Luis Borges y Ernesto Sábato, Adolfo Bioy Casares, Carlos Fuentes, Alejo Carpentier, Miguel Ángel Asturias (y el bombazo de la noticia de su premio Nobel a finales de 1968), Guillermo Cabrera Infante y, sobre todo y por delante de todos, Julio Cortázar y Mario Vargas Llosa. Los están descubriendo, porque desde 1960 algunos españoles los sacan en los papeles, en Destino, en Informaciones, en Pueblo o en La Vanguardia o en El Ciervo y además les dan los premios más modernos y provocativos, más in, como el Biblioteca Breve. Recae desde 1961 en raros, raros de verdad, que escriben con una lengua mojada, palabrera, oral y culta, como lo hace Vargas Llosa en La ciudad y los perros, como lo hace con descaro y sin decoro Cabrera Infante enTres tristes tigres, o como lo hace más estirado y planchado, Carlos Fuentes.
Todos, o casi todos, menos García Márquez, que no está por ningún lado. Es el más tardío pero también el más explosivo, el que pasa de no estar a estar absolutamente y colonizar de golpe y con todas las armas la fantasía de los lectores, incluso de los más señorialmente displicentes, como Juan Benet, que también cae rendido desde el mismo 1968. Es como el chispazo, o la mecha o el gatillo que confirma la plenitud de nuevos nombres americanos porque todos ellos ya están y sobre todo, ellos sí saben de ese colombiano remiso y reconcentrado que es autor de La hojarasca, saben que existe Macondo, saben que ha escrito en la prensa el deslumbrante Relato de un náufrago y sobre todo saben que es autor ya de El coronel no tiene quien le escriba. Aunque aquí apenas lo sabe nadie hasta ese octubre de 1967, cuando Joaquín Marco, Pere Gimferrer y Rafael Conte -exactamente el mismo día, 14 de octubre de 1967, y unos en Destino y el otro en Informaciones- consagran al portento que menos de un año después ha vendido la fabulosa cifra de 80.000 ejemplares y en Italia ha arrasado entre los lectores de librería. Leer más

Especial de "El Espectador", periódico colombiano en el que comenzó a escribir