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miércoles, 27 de marzo de 2019

Los ojos de África (2)


  • Alaa al Aswany utiliza dos edificios de El Cairo para contarnos la vida de dos grupos de personajes. Uno vive en el edificio Yacobián y el otro trabaja en el Automóvil Club de Egipto. La literatura nos permite mirar Egipto con los ojos de un egipcio



Juan Jorganes Díez
Los edificios y los personajes relacionados con ellos nos trasladan la sociedad cairota del siglo XX. El autor maneja con grandísima habilidad lo individual y lo grupal. Con un personaje colectivo se corre el riesgo de que las acciones individuales se diluyan y se pierdan y de que las colectivas se simplifiquen o resulten lineales; sin embargo, con Al Aswany habremos pasado las páginas con la misma expectación por los acontecimientos relacionados con tal o cual personaje que por lo que concierne al grupo o a la comunidad de la que forman parte. Siempre estarán presentes los lugares que les vinculan, con toda la fuerza simbólica que justifica que den título a las dos novelas.

Al Aswany usa recursos del folletín: acciones y peripecias abundantes, sucesos insólitos, melodrama, algún personaje malísimo que concentra todos los vicios del poder despótico y algún personaje buenísimo que padecerá injusticias o desgracias. Los personajes trasladan el conflicto social. No se resuelve, pero quedan a la vista los elementos que lo componen.

El personaje colectivo de ambas novelas es El Cairo, la sociedad cairota. Los personajes se cruzan en lugares que representan el poder y la estratificación social (el Automóvil Club de Egipto) o coinciden en un edificio que representa su patria, injusta, también estratificada, vetusta (el edificio Yacobián). Desde las páginas de una novela y otra vemos la sociedad cairota, sus conflictos superficiales y los más profundos. Conoceremos, así, la historia reciente de Egipto y comprenderemos los sucesos de los últimos años, que llamaron la atención del mundo.

La plaza Tharir concentró en 2011 toda la ira acumulada del pueblo y el deseo imperioso de cambiar el estado de las cosas. Egipto protagonizaba otro episodio de lo que se ha llamado primavera árabe, un movimiento revolucionario iniciado en Túnez y que tuvo en Egipto su gran momento por la importancia del país y porque supuso la caída del presidente Mubarak, en el poder desde 1981. Al Aswany se involucró en esta revuelta, desde la calle y desde las tribunas periodísticas.

Se opuso al Gobierno de los Hermanos Musulmanes, salido de las urnas tras el derrocamiento de Mubarak. Lo explicó en su artículo Egipto ante el fascismo [1]. Concluye así: “Los nobles principios islámicos solo pueden aplicarse mediante un auténtico Estado laico y abierto a todos los ciudadanos, cualquiera que sea su ideología o su religión. La democracia es la solución”. La democracia es la solución, sí, pero Egipto vivía la paradoja de inaugurar la democracia con la victoria de un grupo religioso (Hermanos Musulmanes) que la utilizaba para imponer sus creencias. Los egipcios habían cambiado a un tirano por otro, pensó Al Aswany, así que defendió el golpe militar que derribó el Gobierno de los Hermanos Musulmanes. Y se implantó la tiranía militar y a ella se opuso. Defensor de la revolución, del cambio integral del sistema, sus esperanzas de que se conseguiría a través de las urnas, primero, y, después, de que los militares rectificarían los desmanes religiosos de los Hermanos Musulmanes han acabado en una frustración tras de otra; las mismas frustraciones, quizá, que las de quienes se echaron a la plaza Tahrir un 25 de enero de 2011, declarado Día de la Rabia por la oposición, y consiguieron echar a Mubarak  tres semanas después.

Exiliado en EE UU, un tribunal militar egipcio ha procesado a Al Aswany por “insultar al jefe del Estado e incitar al odio contra el régimen” [2].

Nada relacionado con los sucesos de la plaza Tahrir, la caída de Mubarak, y lo ocurrido después aparece en las páginas de estos libros que comentamos (su próxima novela se ambienta en esos días). Aunque no son novelas de tesis, ni contienen moraleja, en una y otra encontraremos casi todo lo que necesitamos saber para comprender el estallido de Tharir. La literatura nos permite mirar Egipto con los ojos de un egipcio y de nuevo, gozosamente, a los ojos de África.

Una esperanza oculta

Cuesta abandonar la lectura de El Automóvil Club de Egipto (Penguin Random House, 2015). El autor mete a sus personajes en una trama y subtramas en las que no falta ninguno de esos ingredientes que abren el apetito lector. La supervivencia diaria de los pobres, las injusticias sociales padecidas por personajes queridos, el honor perdido de una familia pobre y honrada, el asesinato de su patriarca, la humillación, la prostitución masculina, la trastienda de un local elitista, el machismo, una malcasada que se rebela, un rebelde bueno, una rebelión con la incertidumbre del éxito o del fracaso, conspiraciones, venganzas… Ayuda el lenguaje sencillo, eficaz para presentar la realidad más escabrosa, elegante en sus alusiones y elusiones, efectivo en las acciones y en la presentación de los numerosos personajes.  

Al Aswany mantiene el pulso narrativo para que sigamos sin dificultad el desarrollo fragmentado de la novela. Nunca nos perderemos en el entramado de personajes y acciones. Retomamos con avidez la historia de tal personaje interrumpida capítulos atrás y, al mismo tiempo, deseamos continuar con la que ahora se detiene. Todos los personajes están relacionados. Como en la vida real, los hechos u omisiones personales generan reacciones en círculos concéntricos o en espirales, o trazan una curva elíptica que se estrella en la nuca del punto de partida.

El club es una representación del país. El rey, dueño y señor, solo se preocupa de sus placeres terrenales y de mantener sus privilegios (retrato del rey Faruk, aunque nunca aparece su nombre, derrocado en 1952 por un golpe militar con el que Nasser alcanzaría el poder). Delega en un chambelán despótico y cruel (Kuu) el gobierno de los trabajadores del club (el pueblo), que les sirven a él y a la élite cairota sometidos por las leyes de la servidumbre. El director británico del club (James Wright) nos recuerda la presencia colonial, entendida como “una obligación” de “Gran Bretaña, o cualquier país europeo civilizado,” para “extender la civilización entre los pueblos salvajes”.

Al-Aswany intercala un narrador en tercera persona con la primera persona de dos personajes, los hermanos  Saliha y Kamel Abdelaziz Hamam. El objetivo amplio del narrador en tercera persona se cierra en esos dos personajes y algún motivo tendrá el autor para ello. ¿Por qué el autor quiere que conozcamos los sentimientos e ideas de esos personajes expresados por ellos mismos?

Lo único que le sobra a la novela es la metaficción inicial. Aunque nos da una pista de la importancia de estos dos personajes en una novela de la que hemos escrito que tiene un personaje colectivo, resulta prescindible el subrayado de las primeras páginas (en literatura con el subrayado se menosprecia al lector). Dos personajes se presentan en la casa a la que se ha retirado el autor para concluir la novela. Le reclaman expresarse ellos directamente. Un juego narrativo que nos recuerda, claro, a Pirandello y a Unamuno [3]. Conseguirán, así, tener una voz propia en la narración dos personajes jóvenes que se enfrentan al statu quo: Saliha y Kamel.

Saliha ejemplifica el sometimiento de la mujer egipcia. En sus dudas ante el matrimonio que le proponen su padre y su madre porque conviene a la familia y en la rebelión contra el maltrato de su marido, con todas las consecuencias personales, familiares y sociales que le trae abandonarlo, viven el silencio de las mujeres que sufren y callan y el grito de las insumisas. Su hermano Kamel toma conciencia de la situación política de su país al entrar en la universidad y decide implicarse. “Quiero hacer algo por Egipto”, será su respuesta a la pregunta de por qué se une a la oposición política al régimen. Pero lo general se refuerza con lo particular: su hermana maltratada y su padre humillado y asesinado impunemente. Además entrará a trabajar en el Automóvil Club y será testigo de las serviles relaciones laborales y de los conflictos entre los mismos trabajadores provocados por la represión cruel y el miedo a la rebelión. Saliha y Kamel se nos presentan como la esperanza oculta para cambiar el estado de las cosas.

La azotea o por qué odiamos Egipto

Publicada con grandísimo éxito años antes, El edificio Yacobián (Maeva, 2007) transcurre tiempo después de El Automóvil Club de Egipto. No hay otro vínculo entre los dos libros que El Cairo, incluido su club automovilístico. No hay personajes comunes ni tramas cuyos orígenes se expliquen en la siguiente novela. Se pueden leer, por lo tanto, independientemente, aunque, leída una, será difícil no caer en la tentación de leer enseguida la otra.

Además del personaje colectivo, las dos novelas comparten la estructura narrativa fragmentada. El edificio Yacobián se divide en dos partes. Cada una se compone de tramos más o menos breves que el autor entrega al lector con habilidad para mantener la avidez lectora y para que componga, fragmento a fragmento, la pieza mayor completa.

En las primeras páginas leemos la historia del edificio Yacobián. Apenas tres páginas contienen la información necesaria para saber qué ha ocurrido en el país desde que en 1934 un millonario armenio, que dio nombre al edificio, tuvo la idea de construirlo hasta el presente de la novela (la guerra del Golfo  tras la invasión de Kuwait por Irak en agosto de 1990 y la intervención de una coalición internacional al mando de EE UU en enero de 1991). En el edificio Yacobián vivió “la flor y nata de la sociedad de aquellos días”, ministros, aristócratas, industriales, millonarios… En la “inmensa azotea” se construyeron dos habitaciones para los porteros y sus familias y tantos trasteros como pisos. “Pero el año 1952 la Revolución lo cambió todo”. Se fueron los judíos y los extranjeros. Los oficiales del Ejército “se apropiaron de los pisos vacíos”. En la azotea se establece una comunidad que no tiene que ver con el resto del edificio. Una comunidad que “no tardó en parecerse a cualquier otra comunidad popular egipcia”.

En la azotea malviven los personajes que protagonizan la novela. Para sobrevivir han de renunciar a sus principios morales o religiosos y han de convivir con la frustración de los sueños perdidos. Ceder, por ejemplo, al acoso sexual de sus jefes a cambio de trabajo y de un mísero dinero extra, en el caso de las mujeres, o casarse con un hombre al que no aman, incluso que no conocen, y mucho mayor que ellas. O, al ser pobre o el hijo de un portero, toparse con el muro de la corrupción y del clasismo si se pretende progresar en los estudios y después acceder a un puesto de trabajo.

Queda claro cuál es el papel de las mujeres en la sociedad egipcia, antes y después de la Revolución: sometida siempre al varón. En los dos libros encontraremos personajes femeninos que se rebelan contra el machismo imperante. Lo pagan con el repudio familiar y social. Pocas reciben una recompensa por su rebeldía.

Bausayna le explica “con amargura” a quien será su esposo -querido-, un hombre mayor y rico, “por qué odiamos Egipto”. El resumen de sus argumentos lo encontramos en las palabras de un periodista homosexual (otro personaje rebelde): “por la corrupción, la dictadura y la injusticia social”.

            El hedonismo se muestra como una rebelión contra las normas establecidas, sean religiosas o impuestas por la tradición, o sean una mezcla. Pero el machismo, la injusticia y la desigualdad social se manifiestan también en las relaciones sexuales compradas o forzadas (el jefe con una trabajadora, el marido con su esposa), o disimuladas (las homosexuales). La libertad individual y la libertad colectiva van unidas. Los personajes que las separan ejemplifican la hipocresía o el abuso de poder o el machismo, o las tres cosas a la vez.

            En El edificio Yacobián la oposición política al régimen se encauza a través de los grupos religiosos extremistas. Leeremos los discursos de los jefes religiosos musulmanes, la captación de adeptos, la propaganda de la guerra santa (yihab). Si los Hermanos Musulmanes triunfasen, ya sabemos que una tiranía religiosa sustituiría a otra tiranía. La novela se publicó en árabe en 2002. Quedaba lejos aún 2011 con las manifestaciones de la plaza Tharir, el derrocamiento de Mubarak y la convocatoria de las primeras elecciones libres. Las ganaron los Hermanos Musulmanes [4].




[3] En una entrevista con Alfonso Armada (Abc, 5-10-15), Al Aswany reconoce la referencia de Pirandello, pero afirma que desconoce Niebla, y se interesa por esta obra de Unamuno. Estudió dos años en el Centro Cultural Español de El Cairo y vivió en España entre 1990 y 1992.

jueves, 8 de febrero de 2018

Los ojos de África


                                                                                                                          
                                                                                                                 Juan Jorganes Díez

Para conocer el pasado o el presente de un país o de un continente consultaremos una bibliografía que incluirá libros de historia, sociología o economía. Cientos o miles de páginas satisfarán nuestra curiosidad y aumentarán nuestro conocimiento. A veces, la literatura consigue similares resultados mediante unos pocos versos o con unas cuantas novelas. Por ejemplo, al leer el poema de Antonio Machado ´El mañana efímero´, que empieza con ese verso tan conocido de “La España de charanga y pandereta”, no solo disfrutaremos de los valores estéticos, poéticos, sino que dispondremos de una descripción social de la España de comienzos del siglo XX. Por el XIX iríamos de la mano de Benito Pérez Galdós. Nada mejor para acercarse a la España imperial que recorrerla con la novela picaresca y con Cervantes (siempre Cervantes). Los años recientes de codicia y pelotazo nos los presenta crudamente Rafael Chirbes.

En una entrevista de InfoLibre (13-X-17), Almudena Grandes declara: La afirmación de Balzac de que la novela escribe la historia de la vida privada de las naciones “es una definición inmejorable. El territorio de la literatura es la emoción, y los vínculos que los lectores crean con los personajes de un libro que les gusta son mucho más profundos que los que podría suscitar en ellos la lectura de un libro de historia. La literatura trata al lector de tú, le cuenta su propia vida. […] Así, en efecto, la novela puede iluminar la vida privada que transcurre bajo la dimensión pública de la Historia”.

No olvidemos los buenos libros de viajes. Siempre es interesante el punto de vista del otro, del extranjero, sobre nosotros mismos, sobre nuestra sociedad, y es una suerte grandísima recorrer países y paisajes lejanos gracias a la buena escritura de quien estuvo allí y supo mirar para contárnoslo (inolvidable El sueño de África, de Javier Reverte).

De África nos separan unos pocos kilómetros. A sus gentes, sin embargo, les separan de nosotros muros de cuchillas y un mar que ya es una fosa común. La información habitual sobre ese continente llega o bien por documentales más o menos antropológicos o con animales como protagonistas, o bien por los informativos siempre que acontezca alguna catástrofe. Apenas tendremos la oportunidad de ver unas pocas películas o de escuchar algunos discos. Resulta más fácil acceder a su literatura. Algunas novelas se convierten en nuestros ojos para ver África con mirada africana.

Los ojos de un niño

Con Ngugi wa Thiong´o (Kenia, 1938) y sus memorias Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia (Rayo Verde, 2016) recorremos el emocionante y traumático camino de un niño desde su aldea rural y tradicional a la modernidad. Todo comenzó una noche, cuando su madre le preguntó: “¿Te gustaría ir a la escuela?”. La escuela era algo que le quedaba muy lejos, no solo porque le separasen tres kilómetros, que habría de recorrer andando, sino porque estaba reservada por el elevado coste de las tasas para quienes provenían de una familia adinerada.

Antes de esa pregunta clave en la vida del autor –hoy profesor universitario en California- hemos conocido a su familia, sus conflictos y su vida en la aldea. Lo cual es un privilegio visto con los ojos de ese niño, porque vamos descubriéndolo todo al mismo tiempo que él. En nada se parecen las relaciones familiares ni sociales a las de esta parte del mundo, pero compartimos lo básico y elemental de las necesidades afectivas del ser humano, los vínculos con la madre y el padre -y sus diferencias-, con los hermanos y hermanas, los mismos miedos, idénticas satisfacciones y sueños. Otro tanto se aprecia en las relaciones sociales, sus jerarquías, conflictos y apoyos imprescindibles.

La escuela comienza siendo un elemento extraño, “un entorno radicalmente distinto” del que conforma el día a día de ese niño, como les sucede a todos los niños y niñas del mundo. Empatizamos con ese niño que se siente como un intruso en la nueva realidad escolar, que cada vez lo alejará más de su realidad infantil, aunque nunca romperá con ella. Es más, reafirmará con los años su conciencia africana y la trasladará a su obra literaria. Ngugi wa Thiong´o sintetiza modernidad y tradición con “un sano escepticismo hacia ambas”. 

Las memorias infantiles de Thiong´o mezclan la vida cotidiana y la transformación del individuo zarandeado por las contradicciones de la educación informal (familiar, pequeña sociedad tribal) y la formal (escuela, sociedad dominante). El cristianismo y el colonialismo traen el conflicto que llevará a la guerra y antes el que provoca el adoctrinamiento (el punto de vista de la enseñanza cambia del negro africano al blanco colonial). La escuela no es solo un proyecto individual. Primero concierne al grupo social más cercano: “El maestro siempre tenía razón; al fin y al cabo, dentro del aula sus ojos eran los de toda la comunidad”. Después el autor amplía el foco y nos lleva al enfrentamiento entre dos modelos de formación, el africanista y el colonial.

 El tren que lo llevará hasta la escuela secundaria al final de estas memorias de infancia llega con la carga simbólica de la modernidad mezclada con las emociones contrarias que al protagonista le provocan separarse definitivamente de su infancia y subirse por primera vez a ese medio de transporte. “Hazlo siempre lo mejor que puedas y saldrás adelante”, le reitera su madre en la despedida, lo mismo que le había dicho la primera vez que fue a la escuela y que le repetía en forma de pregunta incluso cuando traía buenas calificaciones: “¿Lo has hecho lo mejor que podías?”. Reflexiona Thiong´o: “Por extraño que parezca, parece más interesada en el proceso que conduce a las buenas notas que en el resultado propiamente dicho”.

En la separación, madre e hijo seguían compartiendo el sueño de la escuela, aunque fuera en tiempos de guerra.

Los ojos de una mujer

Mia Couto (Mozambique, 1955) ha escrito poesía (no traducida al castellano, salvo algunos poemas) y narrativa, tanto libros de relatos (Voces anochecidas, Txalaparta, 2001) como novelas. En 2013 se le concedió el premio Camoes de Literatura, el más importante de la lengua portuguesa.

La confesión de la leona (Alfaguara, 2016), su última novela, está contada por dos narradores: Mariamar, hermana de la última víctima de las leonas que atacan y matan a las mujeres de Kulumani, una aislada aldea mozambiqueña, y Arcángel Baleiro, cazador contratado para matarlas. Al final del primer capítulo, el padre de Mariamar nos presenta el misterio que nos atrapará para el resto de la novela. Le anuncia a su hija que ella matará al cazador cuando acabe su misión, y ante su sorpresa le precisa: “Quienes lo van a matar son los leones que has llamado tú”.

Arcángel Baleiro pertenece a un mundo ya perdido en el que los Baleiro cazaban, a diferencia de quienes en los nuevos tiempos llevan escopeta, que matan. Él y ese mundo en el que representaba la modernidad han envejecido. Llega a Kulumani para su última cacería, pero es incapaz de ejercer su oficio (“Mis dedos ya no me obedecen, mis dedos han muerto”). Si ahora no se puede enfrentar a las leonas, en su vida tampoco ha podido enfrentarse a las mujeres que lo han amado. Sin embargo, en su adiós de la aldea, despedido por la madre de Mariamar con el encargo de llevarla a Maputo, sonríe: “Estoy rodeado de diosas. En una y otra parte de la despedida, en ese desgarro de mundos, son mujeres las que cosen mi historia desgarrada”.

Mia Couto aprovecha la fuerza narrativa de la tradición oral en la que desaparecen con naturalidad las fronteras entre la realidad y la fantasía, y en la que el tono poético añade intensidad al relato. Esto le permite ampliar el hilo de la trama, ensancharlo para que la anécdota de unas cuantas mujeres atacadas por leonas se relacione con la guerra cotidiana de las mujeres (“nosotras, las mujeres, seguimos despertándonos todas las mañanas para una guerra antigua e interminable”); para que la guerra civil aparezca en la novela y quede constancia del daño social más profundo (“En la guerra se mata a los pobres. En la paz, los pobres se mueren”); y también para que la protagonista nos explique por qué las leonas atacan a las mujeres sin basarse en el simplismo de unos argumentos racionales.

Couto declaró en una entrevista publicada en El País (27-IX-13): “En Mozambique, lo que no se ve es más importante que lo que se ve”. En Mozambique no es que se viva puro realismo mágico. Es que es “realismo real”. Si para Couto “África está llena de Macondos”, Thiong´o habla en sus memorias de la infancia de “la intrincada maraña de lo prosaico y lo trágico, la surrealista normalidad de la vida cotidiana en el contexto extraordinario de un país en guerra”, de cómo “lo real y lo fantástico eran una sola cosa” en los hechos, rumores y proezas alrededor de Jomo Kenyatta y Dedan Khimati, héroes de la rebelión anticolonial.

Mia Couto rompe todos los estereotipos pues en la amalgama de su novela cada uno de los elementos mezclados se ha enriquecido con los demás. La novela de aventuras, con leones y cazador incluidos, se disuelve en la vida cotidiana de Kulumani para superar los esquemas del género y quebrar el camino fácil de la lectura. El misterio de las muertes y de las leonas asesinas no se resuelve con una explicación tópica. La reivindicación femenina no utiliza la exaltación de unos derechos ya conocidos. Con los ojos de la protagonista vemos la mirada de todas las mujeres, que atraviesa la opacidad de lo costumbrista, recorre la injusticia ancestral contra las mujeres desde que dios, que fue mujer, se exilió lejos de su creación y dejó de parecerse a todas las madres de este mundo, y llega a lo telúrico y a la divinidad animista, que convive, en armonía o no, con el cristianismo.

Dos libros para mirarte, África, gozosamente, a los ojos. Tus ojos, África.