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miércoles, 8 de agosto de 2018

Los celos que destruyeron la amistad entre Lope de Vega y Miguel de Cervantes


Santiago Roncagliolo
Alguna vez, Lope de Vega y Miguel de Cervantes fueron amigos. Incluso se admiraron mutuamente. Pero solo al principio. Antes de la peor traición que un escritor puede cometer contra otro.

SR. GARCÍA
Los dos genios se conocieron en 1583 en la calle de Lavapiés, en casa de Jerónimo Velásquez, quien en términos actuales sería considerado un productor de teatro. Lope tenía un affaire con la hija casada de Velásquez. De hecho, tuvo affaires con casi todas las mujeres de la Península. A su muerte, el dramaturgo dejaría firmadas más aventuras que libros.

Documentadas: dos esposas -una de ellas raptada-, seis amantes, catorce hijos y al menos dos procesos judiciales asociados a sus amoríos. A pesar de sus múltiples distracciones, Lope era un autor talentoso y muy prolífico. Por su parte, Velásquez -productor, al fin y al cabo- no tenía muchos escrúpulos. Según Eduardo Haro Tecglen, el señor le vendió al dramaturgo el amor de su hija a cambio de unas 20 comedias para su compañía.

Cervantes tenía un carácter muy diferente. Aunque 15 años mayor que Lope, no visitaba a Velásquez en condición de consagrado, sino de aspirante. Lope arrollaba con su personalidad. Cervantes se mostraba más reservado. Lope brillaba en los salones de los nobles. Cervantes pasaba penurias económicas. Lope era la gran estrella del teatro popular, se lucía en todos los géneros literarios y escribía decenas de piezas simultáneamente, incluso apócrifas. Cervantes, obligado por la necesidad de trabajo, pasaba largas temporadas sin escribir una línea, y se daba por satisfecho con colocar alguna de sus comedias en la cartelera de su anfitrión.

En el fondo, ambos escritores encarnan el gran conflicto esencial del arte moderno: romanticismo o mercado, expresar el mundo interior o satisfacer al público.

A pesar de todo, esos personajes tan dispares hicieron amistad. Vivieron mucho tiempo en el mismo barrio y se cruzaban con frecuencia. Intercambiaron públicas manifestaciones de aprecio: Cervantes en La Galatea, Lope en La Arcadia. La última evidencia de una buena relación data de 1602, cuando Lope incluyó un soneto de su colega en La hermosura de Angélica.

Contra lo que cabría esperar, no se interpuso entre los dos amigos una mujer. Ni un poderoso rey. Ni sus diferentes concepciones del arte. Quien acabó con su conexión fue un personaje mucho más temible, invencible y feroz: un tal don Quijote de la Mancha. Continúa en El País Semanal

sábado, 16 de junio de 2018

Otra mujer en la vida de Cervantes


  • Magdalena Enríquez, una persona clave y desconocida hasta la fecha en la vida de Cervantes




Cervantes pasó por La Puebla de Cazalla (Sevilla) y desde hace años le sigue la pista José Cabello (La Puebla de Cazalla, 1962), el archivero del pueblo. Gracias a eso ha aportado las últimas novedades biográficas más significativas sobre el autor. En su sencillo y oscuro despacho de la biblioteca municipal, Cabello trata de desentrañar pistas. Lo hace pegado al archivo, donde guarda documentos carcomidos y difusos en los que queda constancia del paso de Cervantes por la zona. “Por aquí anduvo entre el 21 de febrero y el 28 de abril de 1593. Su obligación era recaudar trigo para hacer bizcochos”. No en el sentido actual y esponjoso. Más bien mazacotes de harina que se conservaran en largas travesías con que alimentar a la armada invencible.

José Cabello
Una de las mejores maneras de desentrañar esos pozos negros de su biografía consiste en cercar a quienes lo rodeaban. Cabello, además del rastro de Cervantes, ha seguido el de su círculo más próximo en Andalucía. Y así es como ha llegado a una pista interesante. Si no cobraba por adelantado, a la hora de hacerlo debía mostrar confianza ciega en alguien que lo hiciera por él. Así es como se encontró con lo siguiente: “¿Qué hacía una mujer, de nombre Magdalena Enríquez, yendo a por los 19.200 maravedíes que le correspondían en su nombre y con un poder notarial?”.

De esta manera aparece una persona clave y desconocida hasta la fecha en la vida de Cervantes. “Era una mujer fascinante. ¿Por qué aparece como una gota de agua en el océano que es su vida? Confianza entre ambos existía. Mucha”. Vivía en la calle Bayona de Sevilla, que comunicaba con las gradas de la mancebía. Era bizcochera. Fabricaba grandes cantidades para la armada”.

Controlaba o al menos tenía acceso a los números de Cervantes. Pero hay algo que también la conecta con las letras e induce a pensar aún más en una íntima proximidad: “En 1592 su firma indica que era prácticamente analfabeta”. Un año después estampa documentos con una caligrafía cristalina. “¿Quién fue su maestro?”, se pregunta Cabello.

Más datos de su biografía. Controlaba el gremio bizcochero, muy en alza por las provisiones a la armada. Era de confianza de algunos influyentes en el área como Cristóbal Bermúdez, que le da poderes para hacer negocios. Era una experta en cobros. Viva, perspicaz, eficiente. “Se casó a los 11 años con un hombre junto al que tuvo siete hijos y al que años después describió como viejo y pequeño. Contrajo segundas nupcias con otro, Francisco Montesdeoca, también hábil para hacer dinero. Pero en ámbitos dispares. Además del pan, tenía navíos, boticas y un prostíbulo”, asegura el investigador.

Y así es como Magdalena Enríquez irrumpe en una de las biografías más enigmáticas y fascinantes de la Historia de la Literatura Universal… Otra mujer que añadir a la lista de un hombre que se encontraba más cómodo entre ellas que con los de su mismo sexo. Extracto de la pieza de Jesús Ruiz Mantilla. El texto completo en El País

lunes, 8 de agosto de 2016

Cervantes, un raro en España

Eduardo Arroyo
Eusebio Lázaro
[...] Cervantes fue y es un raro en España. Hace poco, y ya adentrados en esta mortecina conmemoración de su muerte, he oído, en boca de diversas personas (algunas, escritores de mérito), el dictum de que Cervantes fue un perdedor, un fracasado. Ignoro el modo, la medida, en que se pueda basar tan contundente sentencia sobre una de las vidas más misteriosas y, ciertamente apasionantes, de esa época difícil. Tal vez, sea un reflejo del concepto de éxito o fracaso que se ha impuesto en nuestra economía liberal, tal vez un nuevo ejemplo de la incomprensión que la figura de Cervantes despertó siempre entre algunos críticos de su obra (aunque, por fortuna, han surgido en los últimos tiempos nuevos análisis y estudios con mayores alcances). Cervantes vivió para acumular la vida que precisaban sus obras y obtuvo mayor fama en vida que cualquiera de sus contemporáneos. Conoció de primera mano los ambientes de todas las clases sociales y de todas las categorías morales. De ahí que pudiera después, en sus obras, mostrarnos el espejo, realista, sí, pero envuelto en el vaho ambiguo y en la multitud de capas que la realidad puede ocultar.

Naturalmente aquí, en la España que defendió y sufrió, fue ninguneado y, hasta hace relativamente poco, al lego Cervantes (lego: falto de formación o ciencia), se le reconocía el talento casi como un azaroso precipitado que cuajó en el Quijote; al resto de su obra, magnífica y adelantada, se la clasificaba de menor (Menéndez Pelayo y otros), cuando no se calificaba al autor mismo de persona vulgar y sin interés. Unamuno expresa bien ese sentir tan incongruente y tan español: “¿No hemos de tener por el milagro mayor de Don Quijote el que hubiese hecho escribir la historia de su vida a un hombre que, como Cervantes, mostró en sus demás trabajos la endeblez de su ingenio?”. Algo más entendió Ortega de lo que no se entendía de Cervantes al decir en sus Meditaciones al Quijote: “¡Cervantes (…) se halla sentado en los elíseos prados hace tres siglos y aguarda, repartiendo en derredor melancólicas miradas, a que le nazca un nieto capaz de entenderle!”.


No, no creo que Cervantes fuera un perdedor (tal vez en el juego) ni un fracasado; no al menos en su inmenso propósito literario, que logró ver plasmado en otras lenguas y geografías; pienso más bien, a la luz de la respuesta de muchos de sus ilustres colegas, que fue claramente un maltratado, un raro en España, un hombre capaz de guiar su mirada y su pensamiento de la manera más libre posible, a contrapelo de su época, y, en cierta manera, de las que han ido sucediéndose. Pruébalo la disposición general de su país ante el IV Centenario de su muerte.

martes, 31 de mayo de 2016

Del guaraní al chino y al T9: más de 200 versiones del Quijote

  • La vigencia de la novela universal se incrementa sin límite desde que apareció hace más de 400 años en distintos idiomas hablados y con adelantos tecnológicos


La última versión del Quijote de la que se tiene noticia es en guaraní. El jesuita español Bartomeu Melià decidió traducir el Quijote para desmenuzarlo mejor en sus clases en la lengua cooficial de Paraguay y está a punto de ser publicada en estos meses. Es la última versión a una lengua no mayoritaria de la que se tiene noticia. La obra de Cervantes empezó a correr en otros idiomas desde muy pronto, sin que el ansia por universalizar al personaje de la triste figura haya dejado de latir con fuerza por todas las esquinas.

Primeras versiones
Hubo tres ediciones por parte de Juan de la Cuesta en los primeros años de su aparición, así como copias que se imprimieron en Bruselas, Lisboa y Milán, editadas en castellano, para dar fe del interés que rápidamente levantó.

Primeras traducciones
El inglés (1612 y 1620) y el francés (1614 y 1618) fueron los primeros idiomas a los que se tradujo el Quijote. Italia (1622), Alemania (1648) y Holanda (1657) llegaron después. La traducción al francés sirvió después como base a otras lenguas. No se sacaba el texto directamente del español, pero multiplicó su expansión durante los siglos XVII y XVIII, ante todo, en tierras eslavas.

Viaje a América
Una gran parte de la primera edición acabó en el nuevo continente. De su expansión se dio noticia por vez primera en Perú. Argentina, México, Venezuela... no tardaron en rendirle tributo.

Edición albanesa (2003)
Decenas de lenguas
El Centro Virtual del Instituto Cervantes y la Biblioteca Nacional han emprendido un enorme esfuerzo en los últimos años por recopilar y llevar cuenta de diferentes versiones del Quijote en todo el mundo. Hasta ahora, disponen de más de 200 en las que se puede contar la obra en diversas lenguas: albanés, alemán, árabe, búlgaro, catalán, checo, chino, coreano, croata, danés, esloveno, esperanto, estonio, euskera, finés, francés, gallego, georgiano, griego, hebreo, hindi, holandés, húngaro, inglés, irlandés, islandés, italiano, japonés, latín, lituano, maltés, noruego, persa, polaco, portugués, rumano, ruso, serbio, sueco, tagalo, tailandés, turco, vietnamita y yiddish.

El Quijote tecnológico

El lenguaje de la tecnología también ha sabido acercar el libro a distintos soportes. Gabriel Medina Vílchez lo ha adaptado a T9, en texto predictivo y con un total de 735 páginas codificadas. La Real Academia Española lanzó por YouTube en 2010 una versión de lectura colectiva de la obra con gran éxito: se convirtió en una sesión continua de tres días en la que participaron 2.149 personas.

Extracto del artículo de Jesús Ruiz Mantilla. El texto completo en El País

La mujer que llevó el ‘Quijote’ a China

Yang Jiang, traductora del 'Quijote' al mandarín.
Yang Jiang
Yang Jiang, la prolífica escritora y traductora china que permitió que centenares de miles de chinos descubrieran el Quijote, murió el 25 de mayo a los 104 años en un hospital de Pekín. Yang fue la primera persona que tradujo la versión completa de la obra de Cervantes al mandarín. Para lograrlo empezó a estudiar el español a los 48 años.

Nacida en Pekín el 1911, se licenció en Ciencias Políticas y realizó después un máster en Literatura Extranjera. Allí conoció a su marido, Qian Zhongshu, que más tarde se convirtió en uno de los más prominentes escritores y académicos chinos. La pareja, de hecho, es una de las que gozaron de más prestigio literario en el país durante el siglo XX.

Edición de 2004.
Traducción de Tu Meng Chao
Su relación con el idioma español empezó con La vida de Lazarillo de Tormes, novela que tradujo primero en 1950 del francés y, más adelante, directamente del español. En 1957, se planteó hacer lo mismo con el Quijote, pero después de leer hasta cinco traducciones de la obra —al inglés y al francés— decidió que ninguna de ellas resultaba lo suficientemente buena ni transmitía el alma del original. Con casi 50 años empezó a aprender español porque, según afirmó después, su cometido era “traducir ideas, no textos”.

La tarea le llevó varios años y finalizó los dos primeros volúmenes (de los tres que la editorial le había encargado) en 1966. En 1972 retomó desde el principio la traducción de la obra maestra de Cervantes, que finalmente fue publicada en 1978. Desde entonces se han repartido más de 700.000 copias de su traducción.

En 1986 fue condecorada con la medalla Alfonso X El Sabio por su contribución a la difusión de la cultura y literatura españolas en China.

Extracto del obituario escrito por Xavier Fontdeglòria. El texto completo en El País


jueves, 28 de abril de 2016

Los caminos para llegar a Cervantes


Juan Jorganes Díez

Cuatro siglos después el Quijote, la gran novela de la literatura castellana, es accesible para cualquiera a quien llame la atención o despierte interés un autor y una obra universales. Estas páginas pretenden eliminar los quitamiedos colocados a su alrededor porque no hay razón para rodearlos de vallas protectoras. Los caminos para llegar a Cervantes trazan un mapa amplio que se adapta a la mano del caminante curioso, pues apenas se necesita más que la curiosidad para emprender la marcha. La gloria literaria de Miguel de Cervantes nos atrae porque todos tenemos noticia de él. El Quijote, personaje y novela, lo llevamos en la memoria y lo reconocemos en cuanto oímos su nombre o en la representación de su figura. Solo nos falta disfrutar del autor y de su obra.


Una vida novelesca

La vida de Cervantes se podría presentar como la trama de una novela protagonizada por un hombre que conoció los ambientes cortesanos, se enroló en el ejército, fue soldado herido, prisionero por el que se pedía un rescate que ni él ni su familia podían pagar, planeó fugas de su cárcel de Argel, fracasó en todas, regresó a España con más penas que alegrías de su gloria soldadesca, tuvo una hija con una mujer y se casó con otra mucho más joven que él, pasó quince años pateando Andalucía a mayor beneficio de la Hacienda real, como proveedor y recaudador de impuestos, con riesgo cierto de ser pateado o de padecer el castigo de la excomunión.

Los lugares de la trama biográfica no han de pasar desapercibidos.  Los apuntados pareciera que lo abarcaran casi todo, pero añadamos que viajar en el séquito de un cardenal a Roma no es cualquier cosa si el cardenal forma parte de un reino que domina Europa y gran parte del mundo conocido, que Roma es la capital del gran poder religioso y militar y económico del papado, que el ejército en el que se enrola defiende un imperio, que cinco años de cárcel marcan una vida, que quince años recorriendo lugares, pueblos y ciudades al servicio de una hacienda que pagaba tarde y mal tanto al comisario real como a los lugareños perfeccionan el conocimiento sobre la condición humana. Y Sevilla.

Sevilla o la capital del mundo conocido. En los años que Cervantes vivió en Sevilla (los últimos quince del s. XVI), la ciudad llegó a tener 150.000 habitantes (París, Londres, Nápoles y Sevilla, las ciudades europeas más pobladas). Era el centro del comercio con las Indias o lo que es lo mismo, el centro financiero y comercial más importante del Imperio. Una ciudad portuaria, en pleno boom inmobiliario, por la que circulan oro y plata traídos en galeones cuyos pecios aún hoy nos maravillan, mercancías de enorme valor por su novedad y exotismo y por el material que lo componían, ese material con el que se construyen los sueños del ser humano, tanto de quien ya todo lo recibió en la cuna como del que aspira a llegar al mejor puerto. No había, entonces, mejor puerto que el de Sevilla.

Sabemos de su afición al juego y a las tabernas, nada raro en un hombre de su tiempo. Queda escrito para llamar la atención de nuevo sobre los lugares. Sitúan esa trama biográfica novelesca de quien lleva más kilómetros por los caminos de la vida alejada de los palacios y de las academias que por los que llevan a la gloria literaria o al prestigio social. Añádanse los meses en la cárcel de Sevilla, que no es cualquier cosa. El paisaje de la ciudad transcurría entre la mierda abundante de sus calles y la gloria de su mayor iglesia con su Giralda, coronada, entonces, con el campanario y el monumento a la Fe de su veleta (Giraldillo), o la lonja de mercaderes (el Wall Street de la época, hoy Archivo de Indias) o el mejor hospital europeo durante mucho tiempo (el de las Cinco Llagas, actual Parlamento andaluz), o el Ayuntamiento, o…

El paisanaje pululaba entre la miseria y la opulenta aristocracia, entre judíos y moros conversos y cristianos viejos y nuevos, vigilados siempre y todos ellos por la Inquisición, entre negros (esclavos) y gitanos, entre militares, curas y monjas (muchos conventos), entre la ortodoxia religiosa imperante y la heterodoxia clandestina del convento de San Isidoro del Campo (Santiponce), lugar de peregrinación hoy para creyentes protestantes… Y los buscavidas.

En una ciudad donde no había término medio entre la miseria y la opulencia, transitaba una población que llegaba y se iba o permanecía durante un tiempo indeterminado buscándose la vida por lo legal o por lo marginal. Alguno de los lugares que, según leemos en el Quijote, aún no había conquistado el rey se localiza en el callejero sevillano. Así que lo mejor y lo peor de la delincuencia tenían en Sevilla su domicilio habitual.

En las tabernas, en las partidas de naipes, en las calles, en los caminos, en el papeleo, en los pleitos, en la cárcel, encontramos al hombre que lleva la gloria del idioma español en su nombre. También en su complicada vida familiar, en las frustraciones del escritor que en la poesía solo encontró que la naturaleza no le había dado la gracia que él se empeñaba en buscar y que en el teatro sufrió el huracán Lope.

Sus contemporáneos, si se dignan escribir sobre él, le dedicarán palabras despectivas. Así lo hizo Lope que afirmó que no había poeta tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a don Quijote.

Quizás Cervantes tuvo la tentación de pedir al autor de más éxito del momento una poesía laudatoria para el prólogo del Quijote, pero la respuesta no hubiera sido difícil adivinarla. Si Cervantes se lo pidió a alguien más, en ese prólogo no encontraremos ninguna. Cervantes sustituyó esas tópicas poesías por alguna tan hilarante como la que Babieca escribe a Rocinante. No sería extraño que hubiera convertido la ofensa de un no en una delirante burla de la tradición, pues en ello encontraríamos la marca de la casa cervantina.

Toda su peripecia vital estalla en los últimos dieciséis años de vida en una obra que se publica en ese tiempo: las dos partes del Quijote, las Novelas ejemplares, las Ocho comedias y ocho entremeses y el Persiles póstumo.

Unas líneas más para su biografía. La lejanía del tiempo condiciona al lector o a la lectora actuales. Tampoco ayudan los libros de texto, porque son libros de texto, ni que se confunda el reconocimiento con la santificación. La biografía acerca a los seres humanos, nos acerca ese Miguel nacido en 1547 a las penas y alegrías de quien nació en 1956 o en 2001, y, además, si la vida del Miguel de 1547 tiene contenidos de una novela o película de aventuras, el interés por el nombre insustituible en los libros de texto reunirá a un público interesado, expectante.  

¿Quién puede resistirse a ese final en el que el protagonista triunfa cuando la primera parte del Quijote se convierte en un bestseller, que se traducirá inmediatamente al inglés, y que lo llevará a la gloria literaria por los siglos de los siglos?

Cervantes muere y ya nadie olvidará su nombre ni el del señor don Quijote.


Disfrutar del Quijote sin prejuicios

Sólo la ignorancia y el miedo impiden disfrutar de las más célebres obras cervantinas. Una y otro los ha fomentado el sector académico ultraortodoxo que convierte a los clásicos en estatuas de mármol y sus obras en textos sagrados. Pero, sin prejuicios, los caminos para disfrutar del Quijote son diversos. Por ejemplo:

Aquellos populares dibujos animados con una canción pegadiza en los créditos; la versión para televisión, lamentablemente incompleta, dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón; la versión en castellano actual de Andrés Trapiello; la canónica de Rico, incluido su apabullante aparato crítico; el capítulo 11 de la serie El Ministerio del Tiempo, donde se ha de resolver el conflicto del robo del manuscrito del Quijote; el magnífico documental Cervantes y la leyenda de don Quijote de Canal Historia al alcance de un tecleo en Youtube; o la adaptación al cómic, perdón, a la novela gráfica, de Rob Davis.

Y el mapa de los caminos se extiende sin límites y siempre cabe en la mano del curioso lector o de la lectora atenta.

No que hay que preocuparse si no entendemos el castellano de Cervantes. Él tampoco entendería el nuestro. Ni comprendería casi nada de las más afamadas novelas contemporáneas. Le tendríamos que explicar los chistes, las bromas, las ironías, y, cada poco, habríamos de apuntarle qué objeto se nombra o aclararle cómo se organiza nuestra sociedad, o ilustrarle sobre los medios de transporte y la vestimenta, etc. Es decir, estamos en igualdad de condiciones. El lector del siglo XXI necesita un prólogo y algunas aclaraciones al leer una obra del s. XVII. ¿Y qué? También al comenzar la proyección de La guerra de las galaxias nos leen unas líneas que contextualizan la historia.

Con la ayuda imprescindible para comprender cualquier obra que no sea contemporánea, sólo nos queda disfrutar con don Quijote y Sancho de sus aventuras, desventuras, diálogos y reflexiones. Dos personajes que reconoceremos inmediatamente. Y no necesitamos leer el Quijote del tirón, además. Es un manantial que ha provisto de vida a varios siglos de literatura de todo tipo y a cualquier modo de narración. Reconocemos en seguida a esos dos personajes porque han sido el modelo de otros muchos y diversos. Repasamos las parejas antitéticas que han protagonizado películas y novelas y nos vamos desde el Gordo y el Flaco a Sherlok Holmes y Watson, o los cómics de Mortadelo y Filemón, Astérix y Obélix…

Las obras clásicas nos han provisto de todos los elementos que el ser humano necesita para una de sus necesidades vitales: contar historias en las que se manifiestan sus pasiones, anhelos, miedos, alegrías, amores, en todas sus formas y situaciones. Es decir, nos han provisto de lo más primitivo de nuestros sentimientos con toda su complejidad para convertirlos en universales. Por eso es fácil acercarse a don Quijote y a Sancho. Son universales. Les conocemos, además, aunque no hayamos leído una sola línea de la novela que protagonizan, a través de todas las criaturas de ficción que engendraron.

El Quijote no es una novela prisionera de la estructura de un planteamiento, de un nudo y de un desenlace. Si leemos la obra de principio a fin, la disfrutaremos. Pero como los materiales que la componen son tan heterogéneos y tan ricos, tan sencillos por separado y tan complejos en el conjunto, disfrutaremos también con dos páginas o con un capítulo o con tres.

Picasso
El conocido episodio de los molinos de viento, él sólo, podría aparecer en cualquier antología del relato y la causa de que a sus contemporáneos les provocara la carcajada es la misma que hoy nos la provoca la torpeza y los aspavientos de cualquiera ante los artefactos modernos. Y cualquiera entiende el significado simbólico de esos molinos porque el lenguaje popular lo ha hecho suyo para aludir a las peleas inútiles contra nuestros fantasmas, miedos y obsesiones.

En esa antología del relato, incluiríamos el episodio de los batanes. El episodio concluye con la vergüenza de don Quijote y Sancho al haber pasado miedo por una tontería y la vergüenza añadida de Sancho por haberse cagado en los calzones. Se mezclan ingredientes infalibles para provocar la atención y la risa: el miedo y lo escatológico; el miedo ajeno, claro, y la mierda y la vergüenza también ajenas.

Buena parte de las aventuras de los dos protagonistas acaban con golpes y trompazos, que contrastan con las elevadas intenciones de don Quijote y con su propio lenguaje, adecuado, sí, a sus nobles propósitos, pero ridículo, como su vestimenta, mientras lo apalean o están a punto de apalearlo o acaban de hacerlo.  La sucesión de escenas de estas características las reconoceremos sin dificultad porque el cine, los dibujos animados y el cómic nos han familiarizado con ellas y han utilizado el mismo contraste entre el resultado humillante de la paliza con el noble fin que la motivó o entre la vestimenta elegante de los apalizados (el Gordo y el Flaco van impecablemente vestidos y Mortadelo y Filemón llevan, respectivamente, pajarita y camisa blanca, y cuello alto con lazo y traje negro) y la vulgaridad de la situación.

No hay, en fin, casi nada en el Quijote que no identifiquemos con gran facilidad. Compartiremos la risa que provocaba en los lectores de su tiempo y también toda la tristeza que deja esa carcajada por las desventuras de unos personajes a quienes querremos en esos diálogos que nos recordarán tantas conversaciones con nuestros amigos: sobre nuestras ilusiones y buenos propósitos, y las promesas y esperanzas que nos hacen emprender los trabajos de cada día; sobre esa muchacha, que no sabe nada del escondido amor de nuestro amigo, a la que solo él ve como cumbre de toda belleza; sobre las cosas prácticas de la vida, y sobre la realidad cruel que vapulea en cada revuelta del camino nuestros sueños más inocentes.

Antonio Saura
El repetido objetivo de Cervantes al escribir el Quijote de burlarse de las novelas de caballerías quedó superado a medida que el autor escribía, pues hace siglos que la obra hubiera perdido cualquier interés porque el género, tan popular en su momento, se agotó y quedó en manos de la más escondida erudición. Pero la moda en nuestro tiempo de obras como El señor de los anillos o Juego de tronos, la pervivencia de personajes como el rey Arturo y sus caballeros, princesas y reinas, la fantasía de esos mundos, aceptada sin dificultad por parte del público contemporáneo, sobre todo, el más joven, nos aproximan sin dificultades a ese propósito inicial de Cervantes, al lado grotesco de ese Alonso Quijano que quiere imitar a los personajes de sus obras favoritas, y comprenderemos sin problemas mayores a quienes nada más publicarse acogieron la obra entre carcajadas.

El final nos emocionará, nos conmocionará, aunque solo fuera esa la página que hubiéramos leído.

¿Cómo se consigue con materiales aparentemente tan simples una obra maestra? Ya se ha hablado de la universalidad de los elementos que componen la trama de la novela. Con la promesa de no alargar este artículo, esbozo dos respuestas más a la pregunta. Por un lado, el talante cervantino, que prefiere el ligero florete de la ironía a la pesada espada del sarcasmo, que saca siempre a sus personajes del ridículo para colocarles de nuevo en el camino con la dignidad precaria de cualquier ser humano; por otro lado, el cómo está contada, su revolucionaria técnica narrativa.

Así como el vagabundo de Chaplin acababa los desastres de cada episodio de su vida con una sonrisa, un encogimiento de hombros, unas vueltas rápidas a su inútil bastón e iniciando un nuevo camino, todas las derrotas de don Quijote y Sancho acaban reiniciando el camino, con diálogos entre uno y otro que equivalen a los gestos de aquel vagabundo que nos trae la risa también con una nube acuosa en los ojos.

Los párrafos dedicados a la biografía de Cervantes tenían sentido para comprender que el aprendizaje vital le enseñó a mirar la vida con la distancia de la ironía y con la cercanía de quien reconoce a los suyos -y empatiza con ellos- en las tabernas, en las posadas, en los transitados caminos, en quien para sobrevivir le echa pulsos a la vida perdiéndolos todos.
Si hay ironía, no habrá  moralejas. Ni siquiera en la purga de los libros de caballería que habían trastornado a don Quijote, según los biempensantes cura y barbero, ama y sobrina, se arrojan a la hoguera todos los del género. Algunos se salvan. Siempre se salvará alguien o no se condenará a nadie. Si hay ironía, no encontraremos simpleza. Por eso con materiales de construcción pobres, populares, se levanta un coliseo literario.

Aunque saltemos a otra novela, el ejemplo es irresistible: a la banda de malhechores mandada por Monipodio la veremos con los ojos de dos truhanes, Rincón y Cortado, que serán rebautizados como Rinconete y Cortadillo para gloria de nuestra literatura.

Así vistos por dos de los suyos, no encontraremos más que la extrañeza de los nuevos cofrades por el monopolio de Monipodio y su pasmo por las diversas tareas que tienen encomendadas los variopintos miembros de aquella cofradía. En el patio de Monipodio los conoceremos y sabremos de sus fechorías sin que falten la recogida devoción ante una imagen alumbrada en el patio, la comida, el cante y el baile.

Sin olvidarse de los vínculos entre los buenos, que diría Lázaro, y la delincuencia organizada, Cervantes no añade una voz tonante en la narración para avisarnos de los peligros de una sociedad corrupta, ni para condenar a esa banda reunida en el patio de Monipodio, ni para mal decir de Rinconete y Cortadillo. Sin moraleja, con buen humor, con la ironía del narrador, que es la voz de esos dos muchachos, concluye la novela.

Cierro el paréntesis sobre esta breve novela recordando que en ella Cervantes rompe el desarrollo de la trama basado en el planteamiento, nudo y desenlace, ruptura que la novela experimental de los años 60 del s. XX convertirá en el Santo Grial. El patio de Monipodio es un lugar de paso, conocemos personajes que aparecen y desaparecen, y de quienes continúan hasta el final no sabremos cómo siguen sus vidas como tampoco supimos su origen, excepto lo que Rincón y Cortado se cuentan cuando se conocen y presentan el uno al otro. Con rasgos similares, en 1925 John Dos Passos publicará Manhattan Transfer.

La sencillez de los elementos que componen la trama del Quijote contrasta con la complejidad técnica de la narración, que jamás se convertirá en una trampa mortal para el lector. Nos importa el cómo, la técnica, porque las soluciones que aporta Cervantes las utilizará hasta nuestros días cualquiera que se ponga a contar una historia, sea mediante la palabra, sea mediante la imagen.

Sustituyan las ventas manchegas por los bares de carretera, mecanicen las monturas y tendrán los fundamentos de una road movie. Los pasajes dialogados, los cambios de registro en el lenguaje o esa historia dentro de la historia, ¿les han parecido modernísimos al leer el Quijote o no les han sorprendido porque ya están habituados? ¿Alabaron el ingenio de Woody Allen porque ustedes veían en una pantalla La rosa púrpura del Cairo y, en una escena que se desarrolla en un cine, de la pantalla de ese cine salta al patio de butacas un personaje que dialoga con una espectadora?

En la segunda parte, don Quijote y Sancho se encuentran con personajes que les reconocen como protagonistas de la primera parte de la obra ya publicada con éxito. También comentarán la edición apócrifa firmada por Avellaneda.

La importancia del diálogo en el Quijote es tanta como en las películas del mencionado Allen o en las novelas del argentino Manuel Puig, que, además, en El beso de la mujer araña (1976) intercalará narraciones sucesivas que son las películas que un recluso le cuenta al otro y nos presentará dos protagonistas antagónicos, que se influirán mutuamente.

¿Les ha interesado alguna vez el narrador, la voz que cuenta la historia? Si nos le ha interesado, deberían, porque la historia cambia mucho según quien la cuente. Y esto no sólo ocurre en la ficción. En la vida real, sabemos por experiencia que un mismo hecho puede ser completamente diferente según la persona que nos lo cuente.

Pues bien, la historia de don Quijote comienza con una voz en primera persona que narra la historia de un personaje del que ya han hablado otros, sabios de La Mancha que se interesaron por él. Enseguida se acaba esta parte porque no hay más documentación, hasta que un día el narrador encuentra unos papeles casualmente. Se interesa por ellos porque le dicen que trata de un tal Quijano y busca quien se los traduzca porque están escritos en árabe.

Así que la mayor parte del Quijote es una obra traducida del árabe cuyo autor es Cide Hamete Benengeli. En ocasiones el narrador inicial comenta la obra traducida. Este juego de voces en la novela, a las que hay que añadir las que narran las historias intercaladas (ficción dentro de la ficción), ha derribado para siempre los muros de la narrativa. El género ha quedado abierto, libre. El primer software libre de la historia.

Cualquier disculpa es buena para leer a Cervantes. Si las celebraciones del cuarto centenario de su muerte levantan una ola de curiosidad, bienvenidas sean: no teman, no les ahuyente esa leyenda negra de oscuridad que rodea a los clásicos Si a los estudiantes no les queda más remedio porque les toca en la programación del curso, tampoco teman, ni les ahuyente esa leyenda negra de oscuridad que rodea a los clásicos. Habrá un profesor o una profesora que les conducirá por los caminos (accesibles y amenos) que llevan a Cervantes.



sábado, 23 de abril de 2016

Cervantes y Shakespeare, dos genios unidos



ESPECIAL | Cervantes-Shakespeare, dos genios unidos



ESPECIAL | Cervantes-Shakespeare, dos genios unidos

EL PAÍS se vuelca con el cuarto centenario de la muerte de los dos escritores con análisis, vídeos e infografías que comparan su carrera y aportan claves sobre sus obras

La muerte de Cervantes y Shakespeare

Trampantojo, por Max


Siempre se ha sostenido que Cervantes y Shakespeare murieron el 23 de abril de 1616, pero ninguno lo hizo en tal fecha.

Cervantes falleció el 22 y fue enterrado el 23, mientras que la diferencia de fechas es aún mayor con Shakespeare, ya que en aquella época Inglaterra se regía por el calendario juliano, por lo que en realidad su muerte se produjo un 3 de mayo.

lunes, 18 de abril de 2016

Una modernidad perenne, el ´Quijote´

Francisco Rico
Ilustración de
Fernando Vicente
El Quijote […] confronta las dos grandes direcciones de la […] novela, en principio autónomas: una antigua, inmemorial, la otra sustancialmente moderna.

La antigua se centra en el relato de sucesos y pasiones extraordinarias, protagonizado por personajes que reúnen perfecciones de todo orden y se mueven en escenarios inaccesibles para el común de las gentes, a menudo con elementos fantásticos o sobrenaturales, en un mundo de nítidas jerarquías y fronteras entre el bien y el mal. Cervantes ha empezado justamente su carrera con una de las variedades de esa especie, La Galatea (1585), en la línea de la fábula pastoril de filiación clásica asociada con el relato sentimental de la tardía Edad Media. Y su última obra serán Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617), con su incesante despliegue de peripecias (raptos, naufragios, maravillas...) que complican el destino de los dos jóvenes y modélicos enamorados.

Al margen de esa tradición milenaria, desde el siglo XVI fluye independientemente otra modalidad de escritura: las ficciones que se presentan como relatos de hechos reales, efectivamente acaecidos; cuya acción se desarrolla entre las cosas y personas de la vida diaria, y que adoptan las formas corrientes en los escritos del mundo real: cartas, memorias, biografías, relaciones, crónicas..., unas veces en primera persona, como en el Lazarillo de Tormes o en la picaresca […].

Pues bien: la historia de la novela es la historia de la confluencia del antiguo ideal romancesco y una narrativa moderna inspirada por la ficción pseudo-real […]. La culminación del proceso sólo se alcanza cuando la estética más prestigiosa en los siglos XIX y XX acoge en su marco y superpone a título de iguales la ficción pseudo-real, los simulacros de prosa de hechos reales, y las especies de ficción que hasta entonces había tenido como propias el establishment literario. Pero todo ese proceso está prefigurado ya en el Quijote: el Quijote adelanta, contiene y en medida importante inventa (no temamos decirlo: inventa) no ya la novela, sino la historia de la novela.

Por otra parte, la novela se nos presenta hoy como la forma por excelencia híbrida, polifónica, […]: el género de géneros, el cajón de sastre donde se mezclan y conviven todas las modalidades literarias y expresivas. El Quijote, a la altura de su tiempo, concuerda sustancialmente con esa concepción de la novela que llegó a formarse el siglo XX.

El Quijote ensancha con categorías nuevas el espacio de la ficción, pero, se diría, sin desechar ninguna de las viejas. […]Todos los géneros y los estilos literarios, del teatro a la épica, y todos los tipos de discurso, de la pieza oratoria al documento legal, se someten a revisión. Todos los niveles del lenguaje, en fin, de los artificiosos arcaísmos del caballero a la fraseología popular de Sancho, se conciertan con la prosa limpia y natural que da el tono de la narración, en una fascinante polifonía. Con una modernidad perenne, el Quijote se configura, así, como un completo universo a la vez de realidad y de literatura.

Extracto del artículo de Francisco Rico. El texto completo en El País

Shakespeare y Cervantes, esa es la cuestión

  • La coincidencia hace 400 años de la muerte de estos dos grandes de la literatura universal alienta la búsqueda de una identidad compartida

Alberto Manguel

Ilustración de Ana Juan
[…] Desde un punto de vista histórico, sus realidades fueron notoriamente distintas. La Inglaterra de Shakespeare transitó entre la autoridad de Isabel y la de Jaime, la primera de ambiciones imperiales y la segunda de preocupaciones sobre todo internas, calidades reflejadas en obras como Hamlet y Julio César por una parte, y en Macbeth y El rey Lear por otra. El teatro era un arte menoscabado en Inglaterra: cuando Shakespeare murió, después de haber escrito algunas de las obras que ahora universalmente consideramos imprescindibles para nuestra imaginación, no hubo ceremonias oficiales en Stratford-upon-Avon, ninguno de sus contemporáneos europeos escribió su elegía en su honor, y nadie en Inglaterra propuso que fuese sepultado en la abadía de Westminster, donde yacían los escritores célebres como Spencer y Chaucer. Shakespeare era (según cuenta su casi contemporáneo John Aubrey) hijo de un carnicero y de adolescente le gustaba recitar poemas ante los azorados matarifes. Fue actor, empresario teatral, recaudador de impuestos (como Cervantes) y no sabemos con certeza si alguna vez viajó al extranjero. La primera traducción de una de sus obras apareció en Alemania en 1762, casi siglo y medio después de su muerte.

Cervantes vivió en una España que extendía su autoridad en la parte del Nuevo Mundo que le había sido otorgado por el Tratado de Tordesillas, con la cruz y la espada, degollando un “infinito número de ánimas,” dice el padre Las Casas, para “henchirse de riquezas en muy breves días y subir a estados muy altos y sin proporción de sus personas” con “la insaciable codicia y ambición que han tenido, que ha sido mayor que en el mundo ser pudo”. Por medio de sucesivas expulsiones de judíos y árabes, y luego de conversos, España había querido inventarse una identidad cristiana pura, negando la realidad de sus raíces entrelazadas. En tales circunstancias, el Quijote resulta un acto subversivo, con la entrega de la autoría de lo que será la obra cumbre de la literatura española a un moro, Cide Hamete, y con el testimonio del morisco Ricote denunciando la infamia de las medidas de expulsión. Miguel de Cervantes (nos dice él mismo) “fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo. Perdió en la batalla de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa”. Tuvo comisiones en Andalucía, fue recaudador de impuestos (como Shakespeare), padeció cárcel en Sevilla, fue miembro de la Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento y más tarde novicio de la Orden Tercera. Su Quijote lo hizo tan famoso que cuando escribió la segunda parte pudo decir al bachiller Carrasco, y sin exageración, “que tengo para mí que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de tal historia; si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aún hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca”.

La lengua de Shakespeare había llegado a su punto más alto. Confluencia de lenguas germánicas y latinas, el riquísimo vocabulario del inglés del siglo XVI permitió a Shakespeare una extensión sonora y una profundidad epistemológica asombrosas. Cuando Macbeth declara que su mano ensangrentada “teñiría de carmesí el mar multitudinario, volviendo lo verde rojo” (“the multitudinous seas incarnadine / Making the green one red”), los lentos epítetos multisilábicos latinos son contrapuestos a los bruscos y contundentes monosílabos sajones, resaltando la brutalidad del acto. Instrumento de la Reforma, la lengua inglesa fue sometida a un escrutinio severo por los censores. En 1667, en la Historia de la Royal Society of London, el obispo Sprat advirtió de los seductores peligros que ofrecían los extravagantes laberintos del barroco y recomendó volver a la primitiva pureza y brevedad del lenguaje, “cuando los hombres comunicaban un cierto número de cosas en un número igual de palabras”. A pesar de los magníficos ejemplos de barroco inglés —sir Thomas Browne, Robert Burton, el mismo Shakespeare, por supuesto—, la Iglesia anglicana prescribía exactitud y concisión que permitiría a los elegidos el entendimiento de la Verdad Revelada, tal como lo había hecho el equipo de traductores de la Biblia por orden del rey Jaime. Shakespeare, sin embargo, logró ser milagrosamente barroco y exacto, expansivo y escrupuloso al mismo tiempo. La acumulación de metáforas, la profusión de adjetivos, los cambios de vocabulario y de tono profundizan y no diluyen el sentido de sus versos. El quizás demasiado famoso monólogo de Hamlet sería imposible en español puesto que este exige elegir entre ser y estar. En seis monosílabos ingleses el Príncipe de Dinamarca define la preocupación esencial de todo ser humano consciente; Calderón, en cambio, requiere 30 versos españoles para decir la misma cosa.

El español de Cervantes es despreocupado, generoso, derrochón. Le importa más lo que cuenta que cómo lo cuenta, y menos cómo lo cuenta que el puro placer de hilvanar palabras. Frase tras frase, párrafo tras párrafo, es en fluir de las palabras que recorremos los caminos de su España polvorienta y difícil, y seguimos las violentas aventuras del héroe justiciero, y reconocemos a los personajes vivos de don Quijote y Sancho. Las inspiradas y sentidas declaraciones del primero y las vulgares y no menos sentidas palabras del segundo cobran vigor dramático en el torrente verbal que las arrastra. De manera esencial, la máquina literaria entera del Quijote es más verosímil, más comprensible, más vigorosa que cualquiera de sus partes. Las citas cervantinas extraídas de su contexto parecen casi banales; la obra completa es quizás la mejor novela jamás escrita, y la más original.
Si queremos dejarnos llevar por nuestro impulso asociativo, podemos considerar a estos dos escritores como opuestos o complementarios. Podemos verlos a la luz (o a la sombra) de la Reforma uno, de la Contrarreforma el otro. Podemos verlos el uno como maestro de un género popular de poco prestigio y el otro como maestro de un género popular prestigioso. Podemos verlos como iguales, artistas ambos tratando de emplear los medios a su disposición para crear obras iluminadas y geniales, sin saber que eran iluminadas y geniales. Shakespeare nunca reunió los textos de sus obras teatrales (la tarea estuvo a cargo de su amigo Ben Jonson) y Cervantes estuvo convencido de que su fama dependería de su Viaje del Parnaso y del Persiles y Sigismunda.

¿Se conocieron, estos dos monstruos? Podemos sospechar que Shakespeare tuvo noticias del Quijote y que lo leyó o leyó al menos el episodio de Cardenio que luego convirtió en una pieza hoy perdida: Roger Chartier ha investigado detalladamente esta tentadora hipótesis. Probablemente no, pero si lo hicieron, es posible que ni Cervantes ni Shakespeare reconociese en el otro a una estrella de importancia universal, o que simplemente no admitiese otro cuerpo celeste de igual intensidad y tamaño en su órbita. Cuando Joyce y Proust se encontraron, intercambiaron tres o cuatro banalidades, Joyce quejándose de sus dolores de cabeza y Proust de sus dolores de estómago. Quizás con Shakespeare y Cervantes hubiese ocurrido algo similar.

Extracto del artículo de Alberto Manguel. El texto completo en El País

Cervantes en el ´Quijote´



Primera imagen conocida de Don Quijote, Sancho Panza
y otros personajes
de la novela.
Andreas Bretschneider

Antonio Muñoz Molina
En Don Quijote Cervantes siempre está apareciendo y desapareciendo. Se nos presenta en el prólogo de la primera parte. […] El escritor no posa para la posteridad: está solo, cansado de escribir, con la pluma en la oreja, como los carpinteros antiguos se ponían el lápiz. […] Pero más allá de esa figura sentada y de esos pormenores visuales —la pluma, el codo en el bufete, la mano en la mejilla—, solo hay oscuridad, o esa penumbra abstracta, esa sugestión de espacio hondo y vacío que es el fondo de los retratos de Velázquez o Rembrandt.

Otras apariciones son más fugaces, más indirectas. El autor es un pasajero furtivo o un polizón en su propia obra. Surge y se pierde como una sombra por detrás de los personajes inventados. En la biblioteca de don Quijote hay un libro suyo, el primero que publicó, el único antes de Don Quijote, La Galatea, que para entonces, cuando Cervantes escribía ese capítulo, llevaría muchos años olvidado. Del motivo por el que Alonso Quijano lo compró o qué opinión tenía de él no sabemos nada. Pero el cura, que es un lector ávido y competente, resulta que conoció al autor, y hasta asegura que es amigo suyo: “Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos”.

[…] En la voz del cura Cervantes juzga con afecto y distancia el único testimonio impreso de su tardía juventud: “Tiene algo de buena invención, propone algo y no cumple nada; es menester esperar a la segunda parte que promete; quizás con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega…”.

Hay un grado más de presencia insinuada y desaparición. En la maleta con libros y papeles donde estaba la novela El curioso impertinente, el cura, siempre muy alerta a todo lo que tenga que ver con la palabra escrita, encuentra lo que parece ser otra historia, pero solo se fija en el título. Es Rinconete y Cortadillo. El que la copiara a mano no se molestó en anotar también el nombre del autor. La novela se ha difundido manuscrita y anónimamente. El ventero dice que un viajero del que no parece recordar nada olvidó la maleta al marcharse. Es de nuevo una sombra, Cervantes, el recaudador que anda por las ventas y los caminos, el que aprovecha tiempos de ocio o de espera para inventar, para escribir historias que quizás no lleguen a imprimirse, pero que alguien copiará y alguien leerá en voz alta para el recreo de un auditorio de analfabetos.

La próxima vez que aparece Cervantes es en primera persona, y ahora calla su nombre: es él mismo, que se encuentra en la alcaná de Toledo, entre un barullo que imaginamos como de zoco musulmán, aunque no explica qué hace allí. Ha leído el manuscrito de las primeras aventuras de don Quijote y se siente frustrado porque la historia terminaba con brusquedad en un punto álgido. En una tienda de la alcaná descubre los cartapacios en árabe que contienen el manuscrito de Cide Hamete Benengeli y contrata a un morisco para que se los traduzca, y hasta lo aloja en su casa, por pura impaciencia de seguir leyendo, este narrador sin nombre ni oficio conocido del que solo conocemos su amor fanático por la lectura, porque le gusta leer hasta “los papeles rotos de las calles”.

La aparición más elocuente es la más sigilosa, una impostura más en esta novela de gente disfrazada que finge ser lo que no es. Cervantes es el canónigo de Toledo que alcanza a los viajeros hacia el final de la primera parte con su cabalgadura más rápida, el que dialoga tan extensamente y con tanta claridad con el cura y expresa sin ningún disimulo sus preferencias y sus fobias literarias: Cervantes es el novelista y es el teórico de la literatura, y al mezclarse con sus personajes inventados se contamina de su hermosa ficción y les transmite a ellos a cambio su propia humanidad cordial, castigada, furtiva.

Extracto del artículo de Antonio Muñoz Molina. El texto completo en El País

lunes, 21 de marzo de 2016

Viaje a la mente de Cervantes

  • Jordi Gracia narra la experiencia vital y el proceso intelectual del creador del Quijote en una biografía
Carles Geli

Ni solo botarate, ni solo autor de una obra cómica popular; también el “raro inventor” que ambicionó ser con novelas extravagantes, sin argumento, como Rinconete y Cortadillo, o como en El coloquio de los perros... Así se defiende Cervantes del menosprecio del mundo de la academia y de la nobleza con el que despacha su rompedor El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. Pero la voz no es la del escritor sino la del profesor de la Universidad de Barcelona y ensayista Jordi Gracia (1965), quien, en un pasmoso ejercicio biográfico como si de una cámara subjetiva se tratara, se mete en la mente del inventor de la novela moderna y primer gran escritor español en Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía (Taurus).

“Se trataba de comprender en directo qué experiencia vital y qué proceso mental llevó a alguien a imaginar una obra tan revolucionaria, respetando la maduración del sujeto”, dice Gracia sobre su particular contribución a los 400 años de la muerte del escritor.

Episodios e ideas clave de una obra

Miguel de Cervantes, a pesar de la repetitiva imagen que se ha dado de él como taciturno y desafortunado, fue un hombre feliz: las adversidades no arruinaron nunca su jovialidad y alegría vital.

Sin las armas y la fe dogmática que le caracterizaron de joven, sin la convicción, voluntad de liderazgo y de rebeldía, como demostró en la batalla de Lepanto o durante su cautiverio en Argel pero que mantendría anímicamente después, no habría existido la voluntad de crear una obra transgresora como el Quijote.

Tanto en el Quijote como en buena parte de sus Novelas ejemplares, el escritor se muestra como el mayor defensor, en las letras españolas, de la autonomía de las mujeres.

Cervantes y el Quijote profetizan uno de los aspectos claves de la modernidad: la ironía.

Honoré Daumier
Su obra más universal iba a ser una de sus Novelas ejemplares, que Cervantes debía estar preparando en 1598. Lo hizo crecer con Sancho Panza, le cambió el final y decidió, incluso, acabar inventándose los preliminares encomiásticos porque sabía que nadie se los haría.

¿Un punto de fanatismo? “Cervantes vive un momento heroico, que su paso como alumno en la escuela pública de Madrid acentúa al contactar con la periferia de la corte... De alguna manera, participa activamente de la ideología católica y antimusulmana, aquello del ‘perro moro”, enmarca el biógrafo.

Armas y letras son indisociables en Cervantes. “Las letras van con las armas: para ser caballero completo debe ser así. Su pensamiento es que sin ejército no se puede imponer el bien y la cristiandad; él nunca se arrepentirá ni olvidará las armas, ni a sus compañeros: pocos días antes de morir aún pedirá que no se abandone a los 20.000 cristianos cautivos en Argel”, apunta Gracia. Cervantes sabía bien de qué hablaba, pues estuvo allí preso cinco años (tantos como fue fiero soldado), protagonizando cuatro espectaculares intentos de fuga, todos fallidos, pero que en cambio no le comportaron la muerte, hecho que ha permitido la especulación sobre si gozaba del favor de algún mandatario turco por temas de cama. “Esa teoría es bastante ridícula: ¿por qué no pensar que es un personaje singular capaz de inventarse luego otro tan singular como el Quijote? En Cervantes hay una ética de la convicción, del coraje; en Argelia está cerca del héroe o así lo relatan sus compañeros de presidio…”.

Una década como recaudador de trigo y aceite y de impuestos atrasados deja poso: “Esos años descubre la rutina de la adversidad y la desigualdad, sintiéndose a la vez responsable de la expoliación: cree en su función recaudadora pero a la vez es consciente de la inutilidad de esa función, por el fracaso de la Armada y la visión de las víctimas de sus sacas; experimenta un proceso de desideologización de su perspectiva vital”, resume Gracia.

Sólo faltaba el paso por presidio por unos desajustes contables confusos ("no creo que metiera mano en la caja, pero hay un lío con deudas personales y el juez confunde partidas", fija Gracia). Se acerca, en cualquier caso, el subtítulo de la biografía: La conquista de la ironía. “Descubre que las cosas son y no son a la vez, que el bien puede ser mal al mismo tiempo, que hay verdades que son simultáneas e incompatibles... En definitiva, que un botarate ridículo puede ser a la vez inteligente y ecuánime… El Quijote, vamos”.

Honoré Daumier
Se une a todo ello lo biológico: el escritor ronda los 50 años (“como unos 70 de hoy”, equipara Gracia) y han muerto todos sus amigos, hasta Felipe II, y con él cae el velo que tapaba la hipertrofia del poder. En su madurez descubrirá que “disfruta como nunca como escritor”, incorporando a sus textos (las futuras Novelas ejemplares) el habla o las inquietudes de la nueva turbamulta de la “tan viscosa como cosmopolita” Sevilla de la época.

Cervantes ya ha aprendido que la máscara de la literatura como instrucción moral puede servir a los niños pero no es la razón por la que uno escribe o lee”, sostiene el biógrafo. Cervantes no prejuzga, no sermonea; él ya está en otra era, la era moderna.

Gracia defiende una vieja hipótesis nunca ratificada: El Quijote nació como cuento. “Iba a ser una de sus Novelas ejemplares que fue creciendo, el personaje de una historia pergeñada en 1598 y que cautiva al autor: al cuento le da un final distinto con el escrutinio de los libros de caballerías, alarga la historia con la entrada de Sancho Panza y los preliminares encomiásticos se los acabará inventando él porque sabe que nadie se los hará y no tanto por lo que malintencionadamente dice Lope de Vega de que nadie quiere elogiar una obra como esa… Cervantes es un tipo muy excepcional”. 

En la piel de las mujeres

Gracia también refleja una virtud semioculta del escritor: la defensa de la mujer. “Nadie combatió la vejación de las mujeres como Cervantes. No hay violaciones tan dolorosas en las letras españolas como las que describe él, poniéndose en la piel de la mujer en una sociedad donde raptar, violar, hacerles un hijo, degradarlas en suma, era parte de la rutina tolerada”. Hay una explicación biográfica: Cervantes vive con sus hermanas y con su hija y sabe de esos tratos, “pero hay también la pulsión que prefigura a un sujeto moderno…”.