¿Para qué sirve la literatura?
Al leer, accedemos a muchas lecturas a través de ojos
distintos a los nuestros. Accedemos a miles de experiencias a través de
sentidos y circunstancias que nos exceden, que nos amplifican. Leer es como
vivir la vida de otro por un instante y verlo descifrando los signos del mundo
que lo rodea. Leer es acceder a la experiencia del otro —sea reportero de
guerra, poeta de la corte del rey Luis XV, sabio y astrónomo de Chilam Balám,
escritora lesbiana de entreguerras en París o monja mística del barroco mexicano. Leer es una especie de transmigración. Quien
lee puede ser Otro, aprender modelos y patrones a través de los ojos de los
demás compañeros de especie. Es acceder a otros tipos de conciencia. Es decir,
que quien lee accede a mayores modelos y versiones del mundo que quien no lee;
conoce mejor su entorno, sobrevive mejor ya que puede echar mano a herramientas
más diversas para encarar los problemas (de supervivencia) que se le presentan.
Y siente más que los demás. Perdón, pero es cierto. La lectura crea complicidad.
Educa un tipo de sensibilidad y la va llevando al desarrollo de “a queer
individuality”.
Pero entonces, se presenta el consabido dilema. Aflora el
gran problema y la gran promesa que es leer. Para que el acto de la lectura
funcione y se complete, debe haber curiosidad.
Debe existir un lector curioso, como el que pedía Cortázar, un lector
cómplice. Los libros sólo funcionan entre gente curiosa, no entre la gente
miedosa. Sólo florecen entre individuos y culturas que no están del todo
satisfechas con su mundo, con sus experiencias; con los placeres fáciles que
conoce y que tiene a mano y que se atreven a desear otra cosa, a buscar algo
más. Leer es para inconformes; para gente que sabe, o más bien, que intuye que
hay algo más que la mera experiencia “personal” o “aceptada”. Leer es para gente que quiere pertenecer a un
mundo más grande del que conoce. Y que no le teme del todo a lo desconocido.
El texto completo en Zenda
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