lunes, 18 de abril de 2016

20 palabras bárbaras y algo barrocas (pero no bizarras)

La letra B es la segunda letra del alfabeto y la primera entre las consonantes. Al parecer, la grafía procede del pictograma de una casa en los jeroglíficos egipcios. Además de eso, es la nota musical si en el sistema de notación anglosajón. A pesar de ser la segunda, solo es la decimoquinta más usada: aparece en un 1,42% de las palabras de nuestro idioma.
Aquí va una veintena de palabras que comienzan por la B y que podemos incorporar fácilmente a nuestro bocabul... Perdón, vocabulario.
Badulaque. No es una tienda abierta de 7 a 11 y regentada por Apu. Se trata de un afeite compuesto de varios ingredientes, que se usaba en otro tiempo. En desuso, chanfaina (guisado de bofes o livianos). Persona necia, inconsistente. También, persona impuntual en el cumplimiento de sus compromisos.
Ejemplo de 2666, de Roberto Bolaño:
– Badulaque -dijo Espinoza- es alguien inconsistente, también puede aplicarse esta palabra a los necios, pero hay necios consistentes, y badulaque se aplica sólo a los necios inconsistentes.
– ¿Me está usted insultando? -quiso saber Pritchard.
– ¿Se siente usted insultado? -dijo Espinoza, que empezó a sudar de forma copiosísima.
Pritchard bebió un sorbo de su zumo de naranja y dijo que sí, que en realidad se sentía insultado.
– Pues entonces tiene usted un problema, señor -dijo Espinoza.
– Típica reacción de un badulaque -añadió Pelletier.
Bahorrina. Suciedad. También, conjunto de muchas cosas asquerosas mezcladas con agua sucia. Conjunto de gente soez y ruin.
Para Pascua de Flores determina
hacer una gran justa, y ha llamado
la gente más remota y más vecina;
mucho del rey potente y coronado
vino también inmensa bahorrina
y mucho picarón desarrapado.
Baladro. Grito, alarido o voz espantosa. De baladrón, que es un fanfarrón y hablador que, siendo cobarde, presume de valiente.
El rugir del león, del lobo fiero
el temeroso aullido, el silbo horrendo
de escamosa serpiente, el espantable
baladro de algún monstruo, el agorero
graznar de la corneja, y el estruendo
del viento contrastado en mar instable;
Miguel de Cervantes, en la Canción de Grisóstomo, incluida en el Quijote.
Baldragas. Hombre insustancial, simple y de poco carácter.
Batahola. También bataola. Bulla, ruido grande. Viene del italiano, battagliola.
Como escribía David Trueba en EL PAÍS en 2013, hablando del entonces ministro de Educación, José Ignacio Wert: “La enésima batahola desencadenada por la afición del ministro de Educación a regalar titulares jocosos ha puesto la guinda”.
Baticor. Pena, dolor.
Bebendurria. Reunión en la que se bebe mucho.
Bibliomancia. Forma de adivinación que consiste en abrir un libro por una página al azar e interpretar lo que allí se dice.
Bibliopola. También bibliópola. Librero (persona que vende libros).
Bigardo. Vago, holgazán. También vicioso y de vida licenciosa. Se usaba como insulto a ciertos frailes. Y en tono despectivo, persona alta y corpulenta. Tiene verbo, bigardear: dicho de una persona, andar vaga y mal entretenida. Y la bigardía es hipocresía, fingimiento, disimulación.
El Diccionario de Autoridades de la RAE pone este ejemplo:
Yo rabio de que contemplo
que roban el Santo Templo,
y nos dán tal mal exemplo
estos bigardos faltréros.
Bínubo, ba. Casado por segunda vez.
Binza. Es la película que tiene la cebolla por la parte exterior. También es una fárfara, la telilla o cubierta blanda que tienen los huevos de las aves por la parte interior. Y la simiente del tomate o del pimiento. Según el Diccionario de Autoridades, vendría del francés mince, que significa "delgado".
Bizarro. Es la palabra más buscada en el diccionario online de la RAE. La razón: que no significa raro, a pesar de que casi todo el mundo la usa en este sentido, sino valiente (esforzado) o generoso, lúcido, espléndido. Le dedicamos un artículo entero a esta palabra, con ejemplos incluidos. Lo merecía.

Una modernidad perenne, el ´Quijote´

Francisco Rico
Ilustración de
Fernando Vicente
El Quijote […] confronta las dos grandes direcciones de la […] novela, en principio autónomas: una antigua, inmemorial, la otra sustancialmente moderna.

La antigua se centra en el relato de sucesos y pasiones extraordinarias, protagonizado por personajes que reúnen perfecciones de todo orden y se mueven en escenarios inaccesibles para el común de las gentes, a menudo con elementos fantásticos o sobrenaturales, en un mundo de nítidas jerarquías y fronteras entre el bien y el mal. Cervantes ha empezado justamente su carrera con una de las variedades de esa especie, La Galatea (1585), en la línea de la fábula pastoril de filiación clásica asociada con el relato sentimental de la tardía Edad Media. Y su última obra serán Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617), con su incesante despliegue de peripecias (raptos, naufragios, maravillas...) que complican el destino de los dos jóvenes y modélicos enamorados.

Al margen de esa tradición milenaria, desde el siglo XVI fluye independientemente otra modalidad de escritura: las ficciones que se presentan como relatos de hechos reales, efectivamente acaecidos; cuya acción se desarrolla entre las cosas y personas de la vida diaria, y que adoptan las formas corrientes en los escritos del mundo real: cartas, memorias, biografías, relaciones, crónicas..., unas veces en primera persona, como en el Lazarillo de Tormes o en la picaresca […].

Pues bien: la historia de la novela es la historia de la confluencia del antiguo ideal romancesco y una narrativa moderna inspirada por la ficción pseudo-real […]. La culminación del proceso sólo se alcanza cuando la estética más prestigiosa en los siglos XIX y XX acoge en su marco y superpone a título de iguales la ficción pseudo-real, los simulacros de prosa de hechos reales, y las especies de ficción que hasta entonces había tenido como propias el establishment literario. Pero todo ese proceso está prefigurado ya en el Quijote: el Quijote adelanta, contiene y en medida importante inventa (no temamos decirlo: inventa) no ya la novela, sino la historia de la novela.

Por otra parte, la novela se nos presenta hoy como la forma por excelencia híbrida, polifónica, […]: el género de géneros, el cajón de sastre donde se mezclan y conviven todas las modalidades literarias y expresivas. El Quijote, a la altura de su tiempo, concuerda sustancialmente con esa concepción de la novela que llegó a formarse el siglo XX.

El Quijote ensancha con categorías nuevas el espacio de la ficción, pero, se diría, sin desechar ninguna de las viejas. […]Todos los géneros y los estilos literarios, del teatro a la épica, y todos los tipos de discurso, de la pieza oratoria al documento legal, se someten a revisión. Todos los niveles del lenguaje, en fin, de los artificiosos arcaísmos del caballero a la fraseología popular de Sancho, se conciertan con la prosa limpia y natural que da el tono de la narración, en una fascinante polifonía. Con una modernidad perenne, el Quijote se configura, así, como un completo universo a la vez de realidad y de literatura.

Extracto del artículo de Francisco Rico. El texto completo en El País

Shakespeare y Cervantes, esa es la cuestión

  • La coincidencia hace 400 años de la muerte de estos dos grandes de la literatura universal alienta la búsqueda de una identidad compartida

Alberto Manguel

Ilustración de Ana Juan
[…] Desde un punto de vista histórico, sus realidades fueron notoriamente distintas. La Inglaterra de Shakespeare transitó entre la autoridad de Isabel y la de Jaime, la primera de ambiciones imperiales y la segunda de preocupaciones sobre todo internas, calidades reflejadas en obras como Hamlet y Julio César por una parte, y en Macbeth y El rey Lear por otra. El teatro era un arte menoscabado en Inglaterra: cuando Shakespeare murió, después de haber escrito algunas de las obras que ahora universalmente consideramos imprescindibles para nuestra imaginación, no hubo ceremonias oficiales en Stratford-upon-Avon, ninguno de sus contemporáneos europeos escribió su elegía en su honor, y nadie en Inglaterra propuso que fuese sepultado en la abadía de Westminster, donde yacían los escritores célebres como Spencer y Chaucer. Shakespeare era (según cuenta su casi contemporáneo John Aubrey) hijo de un carnicero y de adolescente le gustaba recitar poemas ante los azorados matarifes. Fue actor, empresario teatral, recaudador de impuestos (como Cervantes) y no sabemos con certeza si alguna vez viajó al extranjero. La primera traducción de una de sus obras apareció en Alemania en 1762, casi siglo y medio después de su muerte.

Cervantes vivió en una España que extendía su autoridad en la parte del Nuevo Mundo que le había sido otorgado por el Tratado de Tordesillas, con la cruz y la espada, degollando un “infinito número de ánimas,” dice el padre Las Casas, para “henchirse de riquezas en muy breves días y subir a estados muy altos y sin proporción de sus personas” con “la insaciable codicia y ambición que han tenido, que ha sido mayor que en el mundo ser pudo”. Por medio de sucesivas expulsiones de judíos y árabes, y luego de conversos, España había querido inventarse una identidad cristiana pura, negando la realidad de sus raíces entrelazadas. En tales circunstancias, el Quijote resulta un acto subversivo, con la entrega de la autoría de lo que será la obra cumbre de la literatura española a un moro, Cide Hamete, y con el testimonio del morisco Ricote denunciando la infamia de las medidas de expulsión. Miguel de Cervantes (nos dice él mismo) “fue soldado muchos años, y cinco y medio cautivo. Perdió en la batalla de Lepanto la mano izquierda de un arcabuzazo, herida que, aunque parece fea, él la tiene por hermosa”. Tuvo comisiones en Andalucía, fue recaudador de impuestos (como Shakespeare), padeció cárcel en Sevilla, fue miembro de la Congregación de Esclavos del Santísimo Sacramento y más tarde novicio de la Orden Tercera. Su Quijote lo hizo tan famoso que cuando escribió la segunda parte pudo decir al bachiller Carrasco, y sin exageración, “que tengo para mí que el día de hoy están impresos más de doce mil libros de tal historia; si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aún hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca”.

La lengua de Shakespeare había llegado a su punto más alto. Confluencia de lenguas germánicas y latinas, el riquísimo vocabulario del inglés del siglo XVI permitió a Shakespeare una extensión sonora y una profundidad epistemológica asombrosas. Cuando Macbeth declara que su mano ensangrentada “teñiría de carmesí el mar multitudinario, volviendo lo verde rojo” (“the multitudinous seas incarnadine / Making the green one red”), los lentos epítetos multisilábicos latinos son contrapuestos a los bruscos y contundentes monosílabos sajones, resaltando la brutalidad del acto. Instrumento de la Reforma, la lengua inglesa fue sometida a un escrutinio severo por los censores. En 1667, en la Historia de la Royal Society of London, el obispo Sprat advirtió de los seductores peligros que ofrecían los extravagantes laberintos del barroco y recomendó volver a la primitiva pureza y brevedad del lenguaje, “cuando los hombres comunicaban un cierto número de cosas en un número igual de palabras”. A pesar de los magníficos ejemplos de barroco inglés —sir Thomas Browne, Robert Burton, el mismo Shakespeare, por supuesto—, la Iglesia anglicana prescribía exactitud y concisión que permitiría a los elegidos el entendimiento de la Verdad Revelada, tal como lo había hecho el equipo de traductores de la Biblia por orden del rey Jaime. Shakespeare, sin embargo, logró ser milagrosamente barroco y exacto, expansivo y escrupuloso al mismo tiempo. La acumulación de metáforas, la profusión de adjetivos, los cambios de vocabulario y de tono profundizan y no diluyen el sentido de sus versos. El quizás demasiado famoso monólogo de Hamlet sería imposible en español puesto que este exige elegir entre ser y estar. En seis monosílabos ingleses el Príncipe de Dinamarca define la preocupación esencial de todo ser humano consciente; Calderón, en cambio, requiere 30 versos españoles para decir la misma cosa.

El español de Cervantes es despreocupado, generoso, derrochón. Le importa más lo que cuenta que cómo lo cuenta, y menos cómo lo cuenta que el puro placer de hilvanar palabras. Frase tras frase, párrafo tras párrafo, es en fluir de las palabras que recorremos los caminos de su España polvorienta y difícil, y seguimos las violentas aventuras del héroe justiciero, y reconocemos a los personajes vivos de don Quijote y Sancho. Las inspiradas y sentidas declaraciones del primero y las vulgares y no menos sentidas palabras del segundo cobran vigor dramático en el torrente verbal que las arrastra. De manera esencial, la máquina literaria entera del Quijote es más verosímil, más comprensible, más vigorosa que cualquiera de sus partes. Las citas cervantinas extraídas de su contexto parecen casi banales; la obra completa es quizás la mejor novela jamás escrita, y la más original.
Si queremos dejarnos llevar por nuestro impulso asociativo, podemos considerar a estos dos escritores como opuestos o complementarios. Podemos verlos a la luz (o a la sombra) de la Reforma uno, de la Contrarreforma el otro. Podemos verlos el uno como maestro de un género popular de poco prestigio y el otro como maestro de un género popular prestigioso. Podemos verlos como iguales, artistas ambos tratando de emplear los medios a su disposición para crear obras iluminadas y geniales, sin saber que eran iluminadas y geniales. Shakespeare nunca reunió los textos de sus obras teatrales (la tarea estuvo a cargo de su amigo Ben Jonson) y Cervantes estuvo convencido de que su fama dependería de su Viaje del Parnaso y del Persiles y Sigismunda.

¿Se conocieron, estos dos monstruos? Podemos sospechar que Shakespeare tuvo noticias del Quijote y que lo leyó o leyó al menos el episodio de Cardenio que luego convirtió en una pieza hoy perdida: Roger Chartier ha investigado detalladamente esta tentadora hipótesis. Probablemente no, pero si lo hicieron, es posible que ni Cervantes ni Shakespeare reconociese en el otro a una estrella de importancia universal, o que simplemente no admitiese otro cuerpo celeste de igual intensidad y tamaño en su órbita. Cuando Joyce y Proust se encontraron, intercambiaron tres o cuatro banalidades, Joyce quejándose de sus dolores de cabeza y Proust de sus dolores de estómago. Quizás con Shakespeare y Cervantes hubiese ocurrido algo similar.

Extracto del artículo de Alberto Manguel. El texto completo en El País

Cervantes en el ´Quijote´



Primera imagen conocida de Don Quijote, Sancho Panza
y otros personajes
de la novela.
Andreas Bretschneider

Antonio Muñoz Molina
En Don Quijote Cervantes siempre está apareciendo y desapareciendo. Se nos presenta en el prólogo de la primera parte. […] El escritor no posa para la posteridad: está solo, cansado de escribir, con la pluma en la oreja, como los carpinteros antiguos se ponían el lápiz. […] Pero más allá de esa figura sentada y de esos pormenores visuales —la pluma, el codo en el bufete, la mano en la mejilla—, solo hay oscuridad, o esa penumbra abstracta, esa sugestión de espacio hondo y vacío que es el fondo de los retratos de Velázquez o Rembrandt.

Otras apariciones son más fugaces, más indirectas. El autor es un pasajero furtivo o un polizón en su propia obra. Surge y se pierde como una sombra por detrás de los personajes inventados. En la biblioteca de don Quijote hay un libro suyo, el primero que publicó, el único antes de Don Quijote, La Galatea, que para entonces, cuando Cervantes escribía ese capítulo, llevaría muchos años olvidado. Del motivo por el que Alonso Quijano lo compró o qué opinión tenía de él no sabemos nada. Pero el cura, que es un lector ávido y competente, resulta que conoció al autor, y hasta asegura que es amigo suyo: “Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos”.

[…] En la voz del cura Cervantes juzga con afecto y distancia el único testimonio impreso de su tardía juventud: “Tiene algo de buena invención, propone algo y no cumple nada; es menester esperar a la segunda parte que promete; quizás con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega…”.

Hay un grado más de presencia insinuada y desaparición. En la maleta con libros y papeles donde estaba la novela El curioso impertinente, el cura, siempre muy alerta a todo lo que tenga que ver con la palabra escrita, encuentra lo que parece ser otra historia, pero solo se fija en el título. Es Rinconete y Cortadillo. El que la copiara a mano no se molestó en anotar también el nombre del autor. La novela se ha difundido manuscrita y anónimamente. El ventero dice que un viajero del que no parece recordar nada olvidó la maleta al marcharse. Es de nuevo una sombra, Cervantes, el recaudador que anda por las ventas y los caminos, el que aprovecha tiempos de ocio o de espera para inventar, para escribir historias que quizás no lleguen a imprimirse, pero que alguien copiará y alguien leerá en voz alta para el recreo de un auditorio de analfabetos.

La próxima vez que aparece Cervantes es en primera persona, y ahora calla su nombre: es él mismo, que se encuentra en la alcaná de Toledo, entre un barullo que imaginamos como de zoco musulmán, aunque no explica qué hace allí. Ha leído el manuscrito de las primeras aventuras de don Quijote y se siente frustrado porque la historia terminaba con brusquedad en un punto álgido. En una tienda de la alcaná descubre los cartapacios en árabe que contienen el manuscrito de Cide Hamete Benengeli y contrata a un morisco para que se los traduzca, y hasta lo aloja en su casa, por pura impaciencia de seguir leyendo, este narrador sin nombre ni oficio conocido del que solo conocemos su amor fanático por la lectura, porque le gusta leer hasta “los papeles rotos de las calles”.

La aparición más elocuente es la más sigilosa, una impostura más en esta novela de gente disfrazada que finge ser lo que no es. Cervantes es el canónigo de Toledo que alcanza a los viajeros hacia el final de la primera parte con su cabalgadura más rápida, el que dialoga tan extensamente y con tanta claridad con el cura y expresa sin ningún disimulo sus preferencias y sus fobias literarias: Cervantes es el novelista y es el teórico de la literatura, y al mezclarse con sus personajes inventados se contamina de su hermosa ficción y les transmite a ellos a cambio su propia humanidad cordial, castigada, furtiva.

Extracto del artículo de Antonio Muñoz Molina. El texto completo en El País

lunes, 11 de abril de 2016

¿Para qué sirve la literatura?


Mayra Santos-Febres


Detalle de la portada de Leer la mente, de Jorge VolpiAl leer, accedemos a muchas lecturas a través de ojos distintos a los nuestros. Accedemos a miles de experiencias a través de sentidos y circunstancias que nos exceden, que nos amplifican. Leer es como vivir la vida de otro por un instante y verlo descifrando los signos del mundo que lo rodea. Leer es acceder a la experiencia del otro —sea reportero de guerra, poeta de la corte del rey Luis XV, sabio y astrónomo de Chilam Balám, escritora lesbiana de entreguerras en París o monja mística del barroco mexicano.  Leer es una especie de transmigración. Quien lee puede ser Otro, aprender modelos y patrones a través de los ojos de los demás compañeros de especie. Es acceder a otros tipos de conciencia. Es decir, que quien lee accede a mayores modelos y versiones del mundo que quien no lee; conoce mejor su entorno, sobrevive mejor ya que puede echar mano a herramientas más diversas para encarar los problemas (de supervivencia) que se le presentan. Y siente más que los demás. Perdón, pero es cierto. La lectura crea complicidad. Educa un tipo de sensibilidad y la va llevando al desarrollo de “a queer individuality”.

Pero entonces, se presenta el consabido dilema. Aflora el gran problema y la gran promesa que es leer. Para que el acto de la lectura funcione y se complete, debe haber curiosidad.  Debe existir un lector curioso, como el que pedía Cortázar, un lector cómplice. Los libros sólo funcionan entre gente curiosa, no entre la gente miedosa. Sólo florecen entre individuos y culturas que no están del todo satisfechas con su mundo, con sus experiencias; con los placeres fáciles que conoce y que tiene a mano y que se atreven a desear otra cosa, a buscar algo más. Leer es para inconformes; para gente que sabe, o más bien, que intuye que hay algo más que la mera experiencia “personal” o “aceptada”.  Leer es para gente que quiere pertenecer a un mundo más grande del que conoce. Y que no le teme del todo a lo desconocido.  

El texto completo en Zenda

30 asombrosas palabras que empiezan por la A

Ilustración: Luis Demano


Comenzamos una serie en la que peinaremos el diccionario de la Real Academia para ofrecer una lista de palabras llamativas y poco usadas que empiezan con cada una de las 27 letras del alfabeto español. Es nuestra pequeña aportación al Año Cervantes, en el que se conmemora el cuarto centenario de la muerte del escritor. Comenzamos, claro, por la letra A, cuya grafía procede de la consonante fenicia aleph. Como los griegos no tenían este sonido en su idioma, la usaron para transcribir su alfa, la vocal a.
Acarrazarse. Abrazarse con fuerza. Se usa sobre todo en Huesca.
Acmé. Del griego akmé ‘punta’. Es el “momento culminante. Está en el acmé de su fama”. Y también el “período de mayor intensidad de una enfermedad”.
Adarce. Costra salina que las aguas del mar forman en los objetos que mojan.
Aeronato. Dicho de una persona: Nacida en un avión o en una aeronave durante el vuelo.
Agibílibus. Del latín de agibilibus, que significa “sobre lo factible”. Es la habilidad, ingenio, a veces pícaro, para desenvolverse en la vida. También puede referirse a la persona que tiene agibílibus.
Ajaspajas. Cosa baladí, insignificante.
Alacre. Alegre, ligero, vivo.
Aladar. Mechón de pelo que cae sobre cada una de las sienes.
Albanado, da. Que está dormido. Viene del latín alba, “sábana”. Y procede de la germanía, “jerga o manera de hablar de ladrones y rufianes, usada por ellos solos y compuesta de voces del idioma español con significación distinta de la verdadera, y de otros muchos vocablos de orígenes muy diversos”.
Alcabor. Hueco de la campana del horno o de la chimenea.
Amaitinar. Observar y mirar con cuidado.
Amartelamiento. Exceso de galantería o rendimiento amoroso. Como escribió Francisco de Quevedo en Túmulo de la mariposa:
El aliño del prado
y la curiosidad de la primavera
aquí se han acabado,
y el galán breve de la cuarta esfera,
que, con dudoso y divertido vuelo,
las lumbres quiso amartelar del cielo.
Más en El País

domingo, 10 de abril de 2016

Offshore



Las noticias sobre los papeles de Panamá han intensificado el uso del anglicismo offshore, que locutores, redactores y contertulios emplean con toda naturalidad sin importarles que una enorme parte de su público no entienda nada. Incluidos muchos de los que aprendieron inglés.
El vocablo offshore se refiere a empresas y países con escaso control tributario, pero nada de lo que hay dentro del término sugiere eso: tal expresión significa literalmente “fuera de la playa” o “costa afuera” (on shore significa “en tierra”; y shoreline, “línea de costa”). Así que quien conozca la traducción y sus analogías se quedará con un palmo de narices si no se le ofrecen más detalles.
El sentido se suele construir a base de metáforas y otros recursos retóricos que, en contextos insistentes, modifican o amplían el significado. En inglés, offshore equivale a lo que nosotros hemos dado en llamar “paraíso fiscal”, expresión que también se ha construido mediante la ampliación del término “paraíso”. Las empresas offshore son, pues, las empresas paraíso, las del limbo fiscal, las empresas de la evasión tributaria…, incluso las empresas del escaqueo.
Ignoro qué lleva a algunos periodistas a decir que Fulano o Mengana “tienen cuentas offshore” cuando queda a su alcance la alternativa “tienen cuentas en paraísos fiscales”. Quizás les mueva el deseo de hacerse los interesantes; o tal vez haberse contagiado de los especialistas; o puede que sea el prurito, a menudo discutible, de que la expresión en inglés no tiene una traducción milimétrica al español. 
Extracto del artículo de Álex Grijelmo. El texto completo en El País