martes, 30 de octubre de 2018

La literatura de los niños perdidos en la frontera


  • Obras que cuentan las historias de los menores centroamericanos que emigran solos a EE UU y de los emigrantes que sobreviven en los campos de refugiados en Europa



Entre mayo y junio de 2014 llegaron a la frontera que separa México de Estados Unidos alrededor de 80.000 menores. Ninguno de ellos iba acompañado. Algunos de ellos fueron deportados en 20 días, cuando hasta hacía no demasiado el gobierno estadounidense daba a esos niños en busca de cobijo, en busca de un futuro, de una no muerte segura como la que les esperaba en su país – en El Salvador, Honduras, Guatemala –, dos meses. El guardián, esto es, el familiar que podía pedir su custodia en Estados Unidos, tenía entonces dos meses para buscarse la vida: un abogado y pruebas de que si el niño volvía a su país, corría peligro. Pero la Administración Obama redujo esos meses a 20 días. “Obama no fue un buen presidente en términos migratorios”, dice Juan Pablo Villalobos. 

De hecho, a él le llamaron de una ONG ese año, 2014, para que se personara en la frontera y contara lo que estaba pasando. “Querían un libro con el testimonio de una niña que había viajado con su mejor amiga desde Centroamérica”, cuenta. Pero una vez estuvo allí, la familia no quiso que la niña hablara. Su mejor amiga había muerto intentando llegar a la frontera. La asesinaron en México. Villalobos entrevistó a otro par de chicos. Publicó un relato en inglés y en español. Al poco, su editor estadounidense le llamó para preguntarle si estaría interesado en hacer un libro con historias de esos niños. La voz del niño narrador de Fiesta en la madriguera le convertía en la persona ideal para hacer algo así. Transformar sus historias en literatura. Darles un carácter poderosamente universal.

 “No creo en el activismo literario, es decir, no es lo mío. Yo me acerqué a las historias de estos chicos con pudor, buscando mi lugar. ¿Cómo iba a contarlas? De la única manera que sabía. Iba a condensarlas, a acercarlas a la ficción. Porque eso es lo que sé hacer. Sé escribir. Como escritor me debo al texto, y ya se encargará el texto de producir los efectos que deba producir”, dice Villalobos. Está hablando del libro que resultó de aquellas charlas: once momentos de las odiseas de diez niños centroamericanos que lograron alcanzar Estados Unidos, y que se leen como una única historia hecha pedazos, o las piezas de un rompecabezas con final feliz. ¿Su título? Yo tuve un sueño (Anagrama). Continúa en El País

  • Otros títulos:

Valeria Luiselli Los niños perdidos (Sexto Piso)
Maylis de Kerangal Lampedusa (Anagrama)
Jenny Erpenbeck Yo voy, tú vas, él va (Anagrama)

lunes, 22 de octubre de 2018

Y el libro en papel no murió en 2018


  • Hace 10 años los gurús de la Feria de Fráncfort, el mayor evento editorial del mundo, vaticinaron que este sería el año en que el ‘ebook’ vencería al soporte físico. Estaban muy equivocados

Cuando la Feria de Fráncfort despertó en 2018, el libro de papel seguía ahí. Y no como el recuerdo de un dinosaurio, sino en el centro del sector. En 2008, una macroencuesta de la organización entre mil editores de 30 países marcó 2018 como el momento en que el libro electrónico superaría en volumen al negocio tradicional. Así tituló este diario, recogiendo la conclusión del informe, a cinco columnas: El libro digital ganará al papel en 10 años.
Y no. El futuro ya está aquí y la profecía no se ha cumplido. Ni de lejos. No solo lo que parecía un ascenso imparable se ha frenado sino que, amén de ver hasta cierta recuperación del papel, habría dado signos de leve retroceso en sus tierras de promisión por excelencia, EE UU e Inglaterra.

Las movedizas cifras del ebook muestran que en los últimos cinco años las ventas en EE UU han caído un llamativo 10,8%, dejando su trozo del pastel en un 23%. Un estudio sobre 450 editoriales ya fijaba en ese 10% el descenso solo en 2017 respecto al año anterior, si bien no contabilizaba las operaciones de Amazon, que aseguraba que sus ventas sí seguían subiendo. En la Europa continental, el ebook nunca supera el 10% del mercado. Alemania (un 8%) y Holanda (6,6%) tiran de un asténico sector: en España, un 5,1% según la Federación de Gremios de Editores; en Italia, un 4%; en Francia, un 3,1%. Solo Inglaterra alcanza los dos dígitos: un 15%. Tampoco grandes mercados potenciales de otras latitudes, como Brasil (7%), dan mayores alegrías.

En este contexto, el sector más afín al papel ha pasado al contraataque. “El ebook es un producto estúpido; es lo mismo que un libro impreso, pero electrónico, no es para nada creativo”, se descolgó en febrero Arnaud Nourry, consejero delegado de Hachette, sexto conglomerado editorial del mundo. “Ha funcionado porque es hasta un 40% más barato que el de papel, pero tenía un techo”, sostiene. “El ebook no ha mejorado la experiencia lectora, no ha aportado nada más allá de la compra inmediata, que es más barato y que llevas muchos libros en un mínimo espacio”, añade Carmen Ospina, directora de marketing y desarrollo de negocio de Penguin Random House Grupo Editorial. Los estudios parecen darle la razón: salvo en Alemania, las ventas más altas de ebooks son en julio y diciembre, fechas de vacaciones.

“El ebook va encontrando su dimensión natural, espacios y momentos; los gadgets tecnológicos tampoco han ayudado con grandes innovaciones para ampliar las posibilidades del texto”, apunta el analista del sector y periodista Ed Nawotka, que abre un foco psicosocial: “Uno de cada cuatro compradores de libros en EE UU, que sube a un 37% entre los 18 y 24 años, declara que le gustaría pasar menos tiempo enganchado a dispositivos digitales”.

A esta tesis se añadiría “el valor simbólico del libro físico. Lo vemos en públicos como los seguidores de youtubers o los de poesía urbana, que adquieren obras en papel”, opina Jesús Badenes, director general de la División de Librerías del Grupo Planeta. Continúa en El País




lunes, 15 de octubre de 2018

Novela y ficción


  • A la mesa de novedades han llegado dos títulos destacados con las etiquetas de autoficción (Ordesa, de Manuel Vilas) y novela sin ficción (Una novela criminal, de Jorge Volpi). Liberados del plástico de las etiquetas, se leen con tanto gusto como para quitarnos mil canas.


Juan Jorganes Díez
La novela acaparó toda la atención del público en el siglo XIX y la mantiene dos siglos después. El teatro representado compitió con éxito mientras se mantuvo como el único espectáculo disponible (o casi) para la sociedad en general. Con el paso de los años llegaron la radio, el cine y la televisión que democratizaron el entretenimiento al ponerlo al alcance de todos los públicos y arrasaron con la que se llamaría cultura de masas en los años sesenta del siglo XX.

Vivimos un presente audiovisual, en el que cabe la palabra, con un medio de difusión tan revolucionario como Internet. Cualquier manifestación artística surge entre la confusión de géneros, la mezcla de elementos viejos (literatura, cine, música, pintura, fotografía, escultura, dramaturgia o televisión) y nuevos (el resultado de esas mezclas posibles y de técnicas novedosas que provocan amalgamas insólitas), y con una capacidad de difusión sin límites. Desaparecieron los rigores académicos y, por tanto, la referencia de un canon. Todo esto no son sino ventajas para la creación, pues vive muy bien en la libertad. Sus peores enemigos: aceptar la equivalencia entre novedad técnica vinculada a las nuevas tecnologías y novedad artística en unos tiempos en que las novedades tecnológicas surgen a diario, y, ante la falta de canon, aceptar como verdad la falsedad posmoderna del todo vale.

La paradoja de las vanguardias surgidas a comienzos del s. XX es que establecieron la norma de romper con las normas artísticas. Las vanguardias derribaron paredes y tapiales, suprimieron pasillos y techos, se salieron de los caminos para moverse en campo abierto, llevaron el arte al aire libre y dejaron claro que el arte puede ser una broma muy seria hasta el punto de que las chanzas a costa del arte en general se convirtieran en un proceso y en un fin artísticos. Tan dadas a los manifiestos, con sus principios y sus reglas, implantaron la heterodoxia y situaron en el horizonte los límites de cualquier manifestación artística. Tenemos, pues, un siglo de experiencia vanguardista. Por eso, contemplamos lo último de lo último, lo más de lo más, con una curiosidad más serena que agitada.

Sin manifiestos teóricos ni otras trascendencias, Miguel de Cervantes había dejado libre de fronteras el mapa de la narración con el Quijote. Con Cervantes la novela lo abarca todo, en la novela cabe todo, no tiene límites. La ficción y la literatura pueden formar parte de la trama; la parodia, el realismo y la fantasía también; la comedia y la tragedia van juntas, como en la vida misma; el narrador entra y sale de la narración, cede la palabra a otros narradores, ironiza sobre los hechos, sobre la obra, sobre lo que le da la gana. El Quijote, la obra misma, en fin, es un manifiesto de libérrima libertad narrativa. Si tenemos un siglo de experiencia en vanguardias artísticas, en la novela tenemos cinco siglos.

De norte a sur, de este a oeste, ayer y hoy, compartimos las palabras del ventero cervantino: “siempre hay alguno que sabe leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas”. Poco importan el formato o el soporte, que se base en hechos reales o imaginados: a los seres humanos nos gusta que nos cuenten historias. Sean “libros mentirosos” y estén llenos de “disparates y devaneos” o sean “historias verdaderas”. Esta clasificación del cura paisano de don Quijote solo les preocupaba a él y a otros como él y no sirvió más que para quemar en la hoguera buena parte de la biblioteca de Alonso Quijano.  

Abierto cualquier libro, leídas las primeras líneas, ¿nos comportaremos como curas o como venteros? Los curas llevan en una mano el agua bendita para lo verdadero y en la otra el fuego eterno para lo mentiroso. A los venteros que la historia sea verdadera les añadirá más emoción o les importará un pito, pues ya leyeron relatos llenos de disparates y devaneos que resultaron excelentes novelas y novelas basadas en historias verdaderas que empezaban con una torpe relación de hechos y acabaron abandonadas en una estantería.

A la mesa de novedades han llegado dos títulos destacados con las etiquetas de autoficción (Ordesa, de Manuel Vilas) y novela sin ficción (Una novela criminal, de Jorge Volpi). Liberados del plástico de las etiquetas, se leen con tanto gusto como para quitarnos mil canas.

Juego de verdades y mentiras

Jorge Volpi cuenta en Una novela criminal (Alfaguara, 2018) la historia de la francesa Florence Cassez y del mejicano Israel Vallarta detenidos por la policía mejicana en una operación televisada en directo que se sabría después que había sido amañada. Las irregularidades policiales y judiciales y las manipulaciones periodísticas convirtieron el caso en un conflicto diplomático entre México y Francia. Volpi se basa en el expediente de la causa criminal, en investigaciones periodísticas y en declaraciones de los protagonistas. En la advertencia inicial previene de que  “en ocasiones me arriesgué a conjeturar”.

Volpi utiliza la peripecia personal de Cassez y Vallarta para mostrar el pudridero policial, judicial, periodístico y político mejicano. Un sistema que se traga a quien tenga la mala suerte de caer por sus orillas. Cassez y Vallarta son unas víctimas del sistema. Como tal las presenta Volpi, que nunca les juzga por sus acciones pasadas o presentes y que tampoco les muestra como héroes. Ser una víctima no equivale a ser un ejemplo. Acierta plenamente en la construcción de estos dos personajes, cuya causa resultará difícil no apoyar, pero no porque aparezcan como angelicales víctimas sino porque son víctimas y en todo lo demás son iguales o peores que cualquiera.

Podemos iniciar la novela sabiendo el final, pues no nos faltará información sobre el caso refrescada al publicarse el libro. Igualmente nos apasionará el relato del entramado en el que se ven atrapados los dos personajes. Tanto los hilos más gruesos como los más finos y sutiles Volpi los maneja con la habilidad que le exigimos a cualquier narrador para que no pierda nuestra atención. La dificultad es grande porque la madeja que tiene en sus manos el autor es enorme y enrevesada.

A esa dificultad se le añaden la de seleccionar tanta documentación como generó el caso y la de conseguir que no nos perdamos en el juego de verdades y mentiras que se nos muestra para que sigamos caminando en tensión sobre el hilo de la trama. Solo se enfría la pasión de la lectura ocasionalmente, cuando el autor quiere asegurarse de que no nos perdemos y reitera la información y cuando quiere mostrarnos la verdad de la verdad añadiendo información a la información.

Aquí la ficción la construyen los personajes que deberían buscar la verdad (policías y periodistas) y los que, cuando surge el conflicto, deberían impartir justicia (jueces). El escritor busca la verdad entre las mentiras de sus personajes. Para ello escribe esta novela. El juego narrativo se complica, la realidad y la ficción se mezclan, se amalgaman en dos planos: en la vida real y en la vida literaria (la novela).

El ruido de fondo de la vida

Manuel Vilas ha conseguido con Ordesa el aplauso de la crítica y el éxito de la venta. Volpi y Vilas coinciden en que sus protagonistas serían descartados en la primera selección de candidatos a vidas ejemplares. Sin embargo, resultan irresistibles para quienes amamos a los héroes de la vida cotidiana. Los amamos en los buenos libros, otra cosa sería tener que convivir con alguno en la vida real.

Esos personajes vulgares que protagonizan novelas se convierten en únicos gracias a la buena escritura de sus autores, adquieren una personalidad singular gracias a la literatura. Entre la normalidad de la vida (“La gente es como es, y ya está”) y la originalidad de la literatura media la mano del escritor. Por ejemplo, el protagonista de Ordesa, un profesor de instituto de más de cincuenta años, recién divorciado, con hijos en la edad en la que, sobre todas las cosas, son enigmas acojonantes, “cada día más solo”, que vive de alquiler en un apartamento lleno de polvo, con muebles y electrodomésticos baratos, en plena construcción de su nuevo hogar. Una compañía desaconsejable si no fuera por que se parece mucho a nuestro mejor amigo o a nuestra hermana más querida y porque Vilas lo encierra en un libro para que la escritura lo convierta en un personaje que nos arrastra a sus aguas más profundas, donde no nos atrevemos a navegar ni siquiera dentro de nosotros mismos.

La novela basada en hechos reales tiene el atractivo irresistible y morboso de las vidas ajenas, pero también conocemos personajes de ficción irresistibles y morbosos, que nos enamoran o que repudiamos, porque en ambos casos nos fascinan (sirvan los ejemplos de Ana Ozores y Fermín de Pas). Al fin y al cabo, los personajes de ficción se componen de personajes reales –toda ficción es, en este sentido, realista-. En Ordesa coinciden autor, narrador y protagonista. Los demás personajes se relacionan con el protagonista, sobre todo, por vínculos familiares.

Su madre y su padre se convierten en héroes de la épica cotidiana, sin que sucedan hechos más extraordinarios que el vivir día a día, y se convierten también en protagonistas de un poema lírico por la exaltación de un amor filial que exhibe la vida de una y otro sin cosmética: “No me importa exhibir la vida de mi padre. […] Nos vendría muy bien escribir sobre nuestras familias, sin ficción alguna, sin novelas. […] Me gusta mucho que los amigos me cuenten la vida de sus padres. […] Puedo ver a esos padres, luchando por sus hijos. Es la lucha más hermosa del mundo”.

Vilas mezcla épica cotidiana y lirismo familiar sin caer en una exaltación pseudorreligiosa de la familia ni en melifluos sentimentalismos. Los personajes se presentan sin filtros. Sus páginas se leen con el ruido de fondo de la vida. Escribe, así, en palabras de Juan José Millás, un libro salvaje que te rompe el alma.

martes, 18 de septiembre de 2018

La gran escritora que borró su nombre


  • La editorial Renacimiento rescata la obra de María Lejárraga, la mujer que escribió las obras con las que su esposo, Gregorio Martínez Sierra, conoció el éxito. Novelista y dramaturga, murió pobre y exiliada


Eva Díaz Pérez
Escribió en silencio, en soledad entre cuatro paredes, lejos de los aplausos por las obras de teatro que salían de su pluma. Su nombre es una ausencia, una sombra, un vacío y una historia dolorosa. María de la O Lejárraga (San Millán de la Cogolla, 1874-Buenos Aires, 1974) atravesó todo un siglo y fue una de esas mujeres brillantes y pioneras de la Edad de Plata de la literatura española, que abarcó desde 1900 hasta la Guerra Civil. Novelista, dramaturga, ensayista, traductora, feminista y, sin embargo, ausente de las portadas de sus libros. El nombre que leemos es el de su marido: Gregorio Martínez Sierra, quien recibía elogios en los estrenos de Canción de Cuna o El amor brujo y El sombrero de tres picos, de Manuel de Falla, mientras la autora y libretista esperaba en casa.

En estos tiempos en los que la historia de la creación parece estar curando olvidos y variando la brújula del canon oficial, la figura de María Lejárraga regresa con sed de justicia poética. La recuperación de su nombre en la portada de su obra supone el reconocimiento a una de las más destacadas autoras de su época.

Ahora la editorial Renacimiento rescata Viajes de una gota de agua, una colección de cuentos infantiles que la autora publicó en Argentina en 1954, cuando ya vivía en el exilio. Juan Aguilera Sastre e Isabel Lizarraga Vizcarra, expertos de la Edad de Plata, son los responsables del estudio introductorio y de otros dos rescates editoriales: Cómo sueñan los hombres a las mujeres y Tragedia de la perra vida y otras diversiones. Teatro del exilio (1939-1974).

Esta edición tiene un valor especial porque aparece con su nombre auténtico: María Lejárraga, tal como hizo la autora, por primera y única vez en su vida, con su debut, Cuentos breves, publicado en 1899. Precisamente, el enfado que provocó en su familia que su nombre apareciera en esta primera obra fue la razón por la que decidió borrarse.

Al casarse con Gregorio Martínez Sierra, ella decidió esconderse tras su nombre. Ambos formaron una de las más fructíferas parejas artísticas de la época. Gregorio era el responsable de la dirección de las obras y quien se llevaba la gloria en los estrenos. Continúa en El País


jueves, 6 de septiembre de 2018

Las criaturas


  • Silvio y Sacramento son leyendas del rock sevillano. Entre otras canciones memorables, compusieron Las criaturas con versos de San Juan de la Cruz.


Uno de los miembros de Sacramento, Pájaro, la ha recuperado. Puedes oír la versión de Pájaro y la original cantada por Silvio en SecretOlivo.






Las criaturas
Con arrimo y sin arrimo
todo me voy consumiendo.

Más por ser de amor el lance
di un ciego y oscuro salto
y fui tan alto tan alto
que le dí a la caza alcance.

Y así toda criatura
enajenada se ve
y gusta de un no sé qué
que se haya por ventura.

Que estando la voluntad
de divinidad tocada
no puede quedar pagada
sino con divinidad.

viernes, 17 de agosto de 2018

La estrella de Lorca nunca se apaga


  • La fascinación que provoca el poeta rebasa modas y fronteras. Al cumplirse 82 años de su fusilamiento, su figura y su obra mantienen su inagotable atractivo


Javier Rodríguez Marcos
La muerte condena a muchos escritores a un limbo del que, con suerte, salen convertidos en clásicos. Pasan entonces a ser objeto de estudio más que de lectura, dejan de entrar en la vida de la gente para entrar en el examen de selectividad. Federico García Lorca es una excepción. Aunque mañana, 18 de agosto, se cumplen 82 años de su fusilamiento -oficialmente falleció “a consecuencia de heridas producidas por hechos de guerra”- , su figura parece más viva que nunca.

La versión de Stone fue uno de los éxitos de la cartelera de Nueva York
la pasada primavera
Por el lado del Lorca-símbolo, al debate sobre la conveniencia de volver a buscar sus restos en el barranco de Víznar se le ha sumado en los últimos meses la petición de que se le conceda, a título póstumo, el Premio Nobel de Literatura. Por el lado del Lorca-escritor, el centro que lleva su nombre en Granada recibió en junio más de 4.000 objetos y documentos hasta ahora depositados en la sede madrileña de su fundación, alojada en la Residencia de Estudiantes. Poco antes, la editorial Debolsillo rescataba Cielo bajo, un libro inacabado de suites que su autor quiso publicar en 1926 junto a Canciones y poema del cante jondo.

Su presencia internacional sigue siendo, además, muy notable. Hasta el día 20 puede verse en el Centro Pompidou de Metz, en Francia, una exposición que en octubre viajará al Barbican de Londres: Parejas modernas. Junto a dúos creativos y sentimentales como Dora Maar y Picasso, Camille Claudel y Auguste Rodin o Frida Kahlo y Diego Rivera, la muestra dedica uno de sus apartados a la relación entre Lorca y Dalí. Esta exposición se abrió poco después de que la Fundación Jan Michalski clausurara en Montricher (Suiza) otra titulada Lorca en escena. Que su trabajo como dramaturgo mantiene toda la vigencia lo demuestra el hecho de que uno de los grandes éxitos de la cartelera primaveral neoyorquina fuera la Yerma dirigida por Simon Stones, que sacó a la protagonista del campo andaluz para convertirla en una moderna ejecutiva londinense ahogada por la imposibilidad de tener hijos. La obra llegó a Estados Unidos después de dos años de éxito en la capital británica.

El fusilamiento de Federico García Lorca en agosto de 1936 produjo una ola de indignación a la altura de su prestigio. Compañeros de generación como Luis Cernuda o maestros como Antonio Machado escribieron versos para llorar a un poeta al que el exigente Juan Ramón Jiménez calificó de hombre “de cinco razas”. Pero la muerte no fue, ni mucho menos, el detonante de su fama. Ya era un autor de éxito cuando lo mataron. Un año antes, durante la feria del libro de Madrid, Lorca estaba “muy de moda”. La expresión es de su biógrafo, Ian Gibson, que recuerda que en mayo de 1935 ya estaba en la calle la quinta edición del Romancero gitano, acababa de salir el Llanto por Ignacio Sánchez Mejías, el Retablillo de don Cristóbal se representaba en la propia feria y la prensa reseñaba la aparición en Nueva York del primer estudio global sobre su obra. Aún no había cumplido 37 años.

En 1933, además, había sido testigo durante una gira por el Cono Sur del éxito de Bodas de sangre en Argentina, donde superó las 100 representaciones la temporada de su estreno. Continúa en El País

miércoles, 8 de agosto de 2018

Los celos que destruyeron la amistad entre Lope de Vega y Miguel de Cervantes


Santiago Roncagliolo
Alguna vez, Lope de Vega y Miguel de Cervantes fueron amigos. Incluso se admiraron mutuamente. Pero solo al principio. Antes de la peor traición que un escritor puede cometer contra otro.

SR. GARCÍA
Los dos genios se conocieron en 1583 en la calle de Lavapiés, en casa de Jerónimo Velásquez, quien en términos actuales sería considerado un productor de teatro. Lope tenía un affaire con la hija casada de Velásquez. De hecho, tuvo affaires con casi todas las mujeres de la Península. A su muerte, el dramaturgo dejaría firmadas más aventuras que libros.

Documentadas: dos esposas -una de ellas raptada-, seis amantes, catorce hijos y al menos dos procesos judiciales asociados a sus amoríos. A pesar de sus múltiples distracciones, Lope era un autor talentoso y muy prolífico. Por su parte, Velásquez -productor, al fin y al cabo- no tenía muchos escrúpulos. Según Eduardo Haro Tecglen, el señor le vendió al dramaturgo el amor de su hija a cambio de unas 20 comedias para su compañía.

Cervantes tenía un carácter muy diferente. Aunque 15 años mayor que Lope, no visitaba a Velásquez en condición de consagrado, sino de aspirante. Lope arrollaba con su personalidad. Cervantes se mostraba más reservado. Lope brillaba en los salones de los nobles. Cervantes pasaba penurias económicas. Lope era la gran estrella del teatro popular, se lucía en todos los géneros literarios y escribía decenas de piezas simultáneamente, incluso apócrifas. Cervantes, obligado por la necesidad de trabajo, pasaba largas temporadas sin escribir una línea, y se daba por satisfecho con colocar alguna de sus comedias en la cartelera de su anfitrión.

En el fondo, ambos escritores encarnan el gran conflicto esencial del arte moderno: romanticismo o mercado, expresar el mundo interior o satisfacer al público.

A pesar de todo, esos personajes tan dispares hicieron amistad. Vivieron mucho tiempo en el mismo barrio y se cruzaban con frecuencia. Intercambiaron públicas manifestaciones de aprecio: Cervantes en La Galatea, Lope en La Arcadia. La última evidencia de una buena relación data de 1602, cuando Lope incluyó un soneto de su colega en La hermosura de Angélica.

Contra lo que cabría esperar, no se interpuso entre los dos amigos una mujer. Ni un poderoso rey. Ni sus diferentes concepciones del arte. Quien acabó con su conexión fue un personaje mucho más temible, invencible y feroz: un tal don Quijote de la Mancha. Continúa en El País Semanal