miércoles, 18 de marzo de 2020

Voces de rompe y rasga


Cristina Morales  (Lectura fácil, Anagrama) y Elisa Victoria (Vozdevieja, Blackie Books) rompen convencionalismos sociales y literarios. Para ello rasgan las páginas de sus novelas con voces narrativas singulares (cuatro mujeres discapacitadas, Morales, y una niña, Victoria), muy difíciles de manejar pues corren el riesgo de la inverosimilitud o de la caricatura involuntaria, o incluso del rechazo del lector. Mantienen la tensión del riesgo a lo largo de sus novelas entre las voces elegidas para narrarlas y la escritura, que Morales, en particular, maneja en registros muy diversos, muy ricos y con muchísimo sentido del humor. El humor es común en ambas. Lo manejan con una naturalidad y habilidad asombrosas.

Voces de mujeres

Cristina Morales da voz a cuatro mujeres en Lectura fácil. Morales asume una propuesta arriesgadísima en el fondo y en la forma. Como narradoras consigue que las cuatro voces suenen diferentes, que distingamos a cada una de ellas cuando habla, y, como personajes, que mantengan una evolución coherente con cada una de sus personalidades. Se llaman Nati, Patri, Marga y Àngels. Comparten un piso tutelado. Con mayor o menor grado han sido diagnosticadas como discapacitadas intelectuales.

Cristina Morales arriesga mucho al elegir el punto de vista desde el que nos va a contar la historia de estas cuatro mujeres. Elisa Victoria también arriesga al elegir el punto de vista de una niña de nueve años. Ninguna cae en los tópicos que falsean la vida infantil o la de cuatro adultas discapacitadas. Ninguna de las dos novelas nos cuenta vidas ejemplares. Morales respeta el punto de vista de los personajes narradores. Deja hablar a esas cuatro mujeres y las deja hacer sin idealismo ni condescendencia. Por eso, traslada verosimilitud, credibilidad; por eso, no acabamos la novela satisfechos con la atención institucional a las discapacitadas, o con la tranquilidad de que se han resuelto los conflictos planteados, o contentos por la integración, o recompensados por una buena labor social. Morales no pretende que el lector o la lectora acaben la novela en paz sino en una revuelta emocional, individual y colectiva, y política. Todo ello después de una lectura apasionante.

Desarraigadas física y socialmente, pues comparten un piso tutelado por los servicios sociales (un no lugar), las protagonistas y narradoras participan en los programas de integración oficiales. Morales lo cuestiona todo, va a la raíz de los conflictos o de las situaciones –por eso es radical-, bien a través del discurso de las narradoras (Nati teoriza, verbaliza) o de sus actuaciones (Marga trasgrede, lo hace), o bien a través del lenguaje, como veremos, o del metalenguaje y la metaliteratura (la novela que escribe Àngels).

De la crítica radical no se salvan ni las políticas de izquierda institucionalizadas que pueda representar Ada Colau, un personaje real en la ficción, ni un modelo de integración como Pablo Pineda, otro personaje real en la ficción, síndrome de Down cuyo mensaje se disecciona como si presenciáramos una autopsia y también el de la película que protagonizó con éxito, Yo también (2009). Para esta disección, en otra muestra de recursos narrativos y de dominio de los registros lingüísticos, Morales introduce la forma y el lenguaje de los fanzines de grupos sociales alternativos, más o menos anarquistas. La actualidad y la sociedad están presentes en la novela sin que la condenen a un presente efímero, lo cual es mérito de la autora.

Morales demuestra un dominio extraordinario de los registros de la lengua. Da voz propia a cada una de las narradoras, por eso sabemos sin dudarlo quién de ellas tiene la palabra. Utiliza el lenguaje de los boletines oficiales para mostrar las contradicciones y falsedades de las políticas sociales; o el lenguaje burocrático  –siempre políticamente correcto- para resaltar su artificialidad; o la insustancialidad del lenguaje de quienes ejercen el poder, aunque presuman de no ejercerlo, que utilizan el lenguaje del poder, aunque lo disimulen, que son peones  –monitores- de un poder superior que pretende integrar, nunca liberar. No falta el humor, pues Morales maneja la ironía y tiene una gran habilidad en burlarse de esos lenguajes utilizando su estilo, su jerga, sus eufemismos.  Hace lo mismo con el lenguaje del contrapoder. Aunque parezca increíble, consigue momentos hilarantes con la transcripción de las actas de asambleas okupas, por ejemplo.

Lectura fácil es una novela de hoy –pero, ojo, no solo para hoy-, pues no hubiera sido posible que esas cuatro mujeres fueran las protagonistas en otro momento. Paradójicamente, el sistema, tan cuestionado en la obra, ha hecho posible que ellas tengan voz en estos momentos. Y, paradoja sobre paradoja, la autora, que participa en lo que se llaman grupos antisistema, ha sido reconocida por el sistema con el premio Herralde (2018) y con el Nacional de Narrativa (2019). Lectura fácil es un premio para la literatura española.

    Voz de niña

La voz de una niña de nueve años convertida en la voz narradora levanta sospechas y temores provocados por el rechazo previo de esa literatura infantil dominante: convencional, correcta, apta para los parámetros de un público adulto que evita cualquier conflicto vinculado con la infancia, que idealiza esta etapa de la vida, que extiende “lo educativo” al ocio infantil con toda la carga pedagógica, didáctica y moralizante.

En abril de 2019 Abc publicó el siguiente titular: Una escuela pública de Barcelona retira 200 cuentos infantiles por «sexistas» y «tóxicos». La noticia la dieron diversos medios. Todos destacaban que entre los títulos retirados estaban Caperucita Roja y La bella durmiente. El País ampliaba esa noticia con información sobre otras escuelas en las que se estaba revisando el catálogo de sus bibliotecas: “Es muy importante el tipo de libros que leen los niños porque los libros tradicionales replican los estereotipos de género y está bien tener a disposición libros que rompan con ellos”.

Viene a la cabeza de inmediato el expurgo de la biblioteca de don Quijote. Los argumentos que el cura y compañía dan para arrojar a la hoguera los libros “dañadores” no difieren mucho de los que siempre se han dado, mutatis mutandis, para censurar, quemar o retirar libros a lo largo de los siglos. El camino de las buenas intenciones puede estar empedrado al mismo tiempo de mojigatería y de totalitarismo sin que sepamos distinguir entre unos adoquines y otros. Antes de expurgar bibliotecas, quizá se podrían reinterpretar algunos cuentos tradicionales que tuvieron inicialmente un fin de aviso a niños y niñas de los peligros que les rodeaban en unas sociedades que les trataban muy mal. Recordemos que no hubo un texto universal vinculante que les protegiera hasta que la ONU aprobó la Declaración de los Derechos del Niño en 1959. Por otro lado, ¿dónde mejor que en la escuela para aprender a leer críticamente?

Si la narradora infantil provocaba, antes de la lectura, los prejuicios apuntados, otras tantas dudas ofrecía la verosimilitud de que lo contara en primera persona. Elisa Victoria supera también este obstáculo porque, por un lado, construye un personaje narrador (Marina) de carne y hueso, como los demás personajes de la novela, su abuela y su madre sobre todos por el papel principal que tienen en la vida de esa niña, y, por otro lado, porque no nos encontramos ante una vida ejemplar, y, por lo tanto, no nos tropezaremos ni con moralinas ni con moralejas. A Marina le gusta leer cómics como El víbora. Las patrullas que expurgan caperucitas y bellas durmientes censurarían semejante desviación lectora. La madre pertenecería con todo el derecho al club de las Malasmadres y la abuela al de las Malasabuelas, si lo hubiera.

La autora trata al personaje narrador como a una igual, como a una persona. Así la tratan también los personajes de la madre y la abuela. Marina es una niña de nueve años, sí, y sus alegrías y preocupaciones, miedos e incertidumbres son las propias de esa edad (incluido el sexo). Elisa Victoria consigue crear un personaje por el que circula la sangre. No es una muñeca que cumple con la normativa de la Unión Europea sobre muñecas, ni la moldea algún idealismo pedagógico, ni traslada un mensaje del Buen Fin.

En la idealización de la infancia por parte de los adultos y en la superprotección de esos seres a quienes siempre se les ve indefensos e incapaces de casi todo, subyace una falta de respeto: no se respetan sus opiniones ni se tienen en cuenta -escuchar, atender y respetar no tienen nada que ver con la satisfacción de todas sus exigencias y caprichos-, se desprecian sus conocimientos y experiencias o se minusvaloran sus capacidades, y se les aísla tendiendo una manta de silencio sobre ellos para que el mundanal ruido no hiera sus tiernos oídos. Afirma la narradora protagonista: “Los niños no somos mejores que los adultos, pero a ellos les gusta pensar que sí, que estamos llenos de pureza y de magia”. Por el timbre de su voz, a Marina le pusieron en el colegio el mote que da título al libro, Vozdevieja.

Vemos desde los ojos de una niña una parte de la vida de un grupo de personajes en un barrio obrero de Sevilla. Elisa Victoria consigue que nos interese su punto de vista, es decir, su interpretación de la realidad, su curiosidad, sus sentimientos, sus reflexiones, entre risas y llantos, entre bienestar y malestar, entre sobresaltos y tranquilidad, entre miedos y atrevimiento.




Pie de foto / 2 Mástiles de un naufragio

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Mástiles de un naufragio.
Alucinados periscopios.
Hitos fantasmales, anémicos,
roídos por la sal y el tiempo.
Últimos testigos de una memoria deshabitada.

sábado, 1 de febrero de 2020

Pie de foto / y 25 En este hotel de soledades invernales

Foto de Jesús Alberto Pérez Castaños
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A Enrique Luzuriaga Martín

En este hotel de soledades invernales, trashumantes camino del páramo, un paso inevitable hacia el sur, buscaban refugio de las tormentas exteriores, lluvia y frío que encogían los cuerpos y los zarandeaban con tiritonas.

Regresaban siempre, pasados los meses o los años, justo a tiempo de presenciar el comienzo de la primavera y atender la recogida de la cosecha que la tierra daba, generosa a veces, tantas paupérrima.

Una liviana prosperidad a un lado y otro del páramo dejó en el valle a quienes se procuraron cabaña y finca, y en el sur a quienes abrieron venturosos comercios.

El hotel cerró podrido de humedades y deudas. 

Cuando se intercambiaban las visitas, los trashumantes de antaño nunca paraban en el hotel, porque les recordaba las necesidades pasadas, la generosidad que jamás correspondieron y, en invierno, veían en la olmeda el espejo de sus almas arrasadas por tormentas interiores para las que nunca encontraron refugio.

sábado, 25 de enero de 2020

Pie de foto / 24 El soto tiende la enramada red

Foto de Jesús Alberto Pérez Castaños
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El soto tiende la enramada red
Telaraña de savia, trasmallo arbóreo
Cedazo fino, encañizada aérea
Jarcia sutil, sotileza leñosa
Las venas del agua en la vieja tierra

sábado, 18 de enero de 2020

Pie de foto / 23 Quilla y roda moribundas

Foto de Jesús Alberto Pérez Castaños
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Quilla y roda moribundas,
cuadernas desnudas, tristes,
la barca, de estela ancha,
navegar suave, panzudo,
muestra el desaire humillante
de su quietud y abandono.
¿Un duro golpe de mar?
¿La impericia juvenil?
¿Las manos lentas, seniles?
¿Una maniobra fatal?

sábado, 11 de enero de 2020

Pie de foto / 22 No os engañe, flechas, la mar en calma

Foto de Jesús Alberto Pérez Castaños
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No os engañe, flechas, la mar en calma
No os envalentonen las aguas mansas
Que no os ciegue la suave luz marítima,
ni os trastorne la fragilidad líquida
La mar bella cría la cruel galerna,
que atemoriza a la marinería,
agrieta muros, arranca raíces,
y tuerce el envanecido metal

sábado, 4 de enero de 2020

Pie de foto / 21 En la hora exacta de todas las horas

Foto de Jesús Alberto Pérez Castaños
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En la hora exacta de todas las horas,
el tiempo pasa según su costumbre.
Entra y sale al punto de los relojes,
ingeniosas trampas, pequeñas, grandes,
refinadas, toscas, oros o piedra,
construidas por el loco afán humano
de ojear viva la vida que se va.