martes, 20 de febrero de 2018

10 novelas que te dejarán helado

Con la ola de frío que tenemos encima, con esas temperaturas mínimas históricas –parece que esta vez sí que volvió el invierno- y esas montañas de nieve que parecen más del paisaje nórdico que de este país del sur de Europa, vamos a recordar algunas novelas que por su ambientación producen un poco de fresquito. Atención, spoiler: hay mucho del norte de Europa, que parecen estar algo más acostumbrados.

Claro que, antes de nada, dos clasicazos rusos, que por allí también se estila el mercurio bajo cero: El doctor Zhivago, de Pasternak, y La tormenta de nieve, de Tolstoi. El primero, porque es imposible no recordar esta historia de amor sin un manto de nieve encima, y el segundo, porque el escritor mostró hasta qué punto nos pueden llevar las condiciones extremas para darnos de cuenta de que, o nos conformamos, o seguimos para adelante.

A Orhan Pamuk le gusta el frío. En Turquía hace bastante, y él lo retrató en Nieve, a costa de la historia de un periodista envuelto en un pantanoso asunto con el terrorismo kurdo de por medio.

Desde Escandinavia recomendamos varias novelas negras donde el mal temporal también juega su papel decisivo. Así ocurre en... Continúa en Librotea


miércoles, 14 de febrero de 2018

Sobre 'pilota', 'portavoza', 'miembra' y otros femeninos



Salvador Gutiérrez Ordóñez 
[…] El pueblo es el dueño del idioma. En las discusiones sobre la corrección de una forma o de una expresión lingüística conviene diferenciar dos conceptos: el sistema y la norma. El sistema es el marco formal que establece las posibilidades de variación o de combinación que permite la lengua. Muchas de esas posibilidades no están aplicadas o explotadas por el uso, a causa de diferentes razones. La norma recoge lo que en un momento dado los hablantes consideran correcto. El sistema es estable, cambia con extrema dificultad. Sin embargo, la norma es variable, tornadiza. Depende de la valoración del pueblo.

Victoria Kent, Margarita Nelken y Clara Campoamor,
las primeras mujeres elegidas diputadas (1931)
Pongamos algunos ejemplos. El sistema de la lengua nos dice que el femenino de sustantivos de profesiones se forma morfológicamente añadiendo la desinencia -a al masculino. Sin embargo, por diversas razones (muchas veces relacionadas con la realidad social), esa posibilidad del sistema no siempre se realiza. En las Cortes de Cádiz el término diputado era masculino y solo designaba a varones, pues la mujer no podía ser elegida parlamentaria. Cuando alcanza este derecho, el término diputada, perfecta según el sistema de la lengua, chocaba con la costumbre, con la norma, por lo que se prefirió durante algún tiempo diferenciar el sexo solo a través del artículo (el diputado/la diputado). Más tarde, el uso generalizará la forma femenina y hoy decimos con toda naturalidad diputada.

Más cercano tenemos el caso del arbitraje. En la dirección de los partidos de fútbol y de otros deportes, en un principio solo teníamos la forma árbitro. Cuando acceden las mujeres a esta profesión, al principio la norma de los hablantes (guiada por la costumbre) rechaza el femenino árbitra, que es perfecta según el sistema de la lengua. Se acudía la forma común: el árbitro y la árbitro. Pero pasó el tiempo, y hoy hemos incorporado el femenino árbitra con toda normalidad.

Campaña de la selección femenina de rugby 
contra los prejuicios sociales

En ocasiones, posibles femeninos, formados siguiendo las normas de la lengua, encuentran restricciones a causa de prejuicios sociales o corporativos. Los femeninos jueza y fiscala, bien construidos, sufrieron (y a veces sufren) rechazo normativo, hecho que ya no ocurría con abogada, catedrática ni magistrada. Otro caso de rechazo corporativo de femeninos perfectamente formados es el de los grados militares: sargenta, tenienta, caba, soldada...

Un resumen de lo hasta aquí expuesto sería aconsejar que, cuando se presente un problema en la formación de un femenino de profesión, lo mejor es atenerse al sistema, ya que la norma "è mobile". Abundemos ahora en un caso reciente: el femenino de piloto. […] Existen dos tipos de preguntas: una se dirige a la norma ("¿Es correcto decir la pilota?"); la otra se dirige al sistema de la lengua ("¿Está bien formado el femenino la pilota?"). A la primera se responde: en la norma actual, el uso sancionado como correcto por la mayoría de hablantes es el piloto-la piloto. Sin embargo, la respuesta adecuada a la segunda pregunta es que el femenino la pilota está bien formado según el sistema de la lengua. Así se han creado múltiples femeninos de profesiones que, en un principio, pudieron resultar extraños, pero que hoy nos son familiares: bombera, bedela... […]

Veamos […] el femenino miembra. ¿Está bien formado según el sistema? La respuesta es positiva. ¿Está aceptado por el juicio normativo de los hablantes? La respuesta es "aún no". […]

En cambio, sí parece representar una ruptura del sistema el femenino portavoza, al menos mientras se mantenga la conciencia de que se trata de una palabra compuesta, formada por la unión de porta y de voz (que ya es femenina y no designa persona). Pero tampoco en este caso quiero sentar cátedra. La lengua es caprichosa. En la calle he oído más de una vez el femenino guardiacivila.  El texto íntegro en El Mundo

jueves, 8 de febrero de 2018

Los ojos de África


                                                                                                                          
                                                                                                                 Juan Jorganes Díez

Para conocer el pasado o el presente de un país o de un continente consultaremos una bibliografía que incluirá libros de historia, sociología o economía. Cientos o miles de páginas satisfarán nuestra curiosidad y aumentarán nuestro conocimiento. A veces, la literatura consigue similares resultados mediante unos pocos versos o con unas cuantas novelas. Por ejemplo, al leer el poema de Antonio Machado ´El mañana efímero´, que empieza con ese verso tan conocido de “La España de charanga y pandereta”, no solo disfrutaremos de los valores estéticos, poéticos, sino que dispondremos de una descripción social de la España de comienzos del siglo XX. Por el XIX iríamos de la mano de Benito Pérez Galdós. Nada mejor para acercarse a la España imperial que recorrerla con la novela picaresca y con Cervantes (siempre Cervantes). Los años recientes de codicia y pelotazo nos los presenta crudamente Rafael Chirbes.

En una entrevista de InfoLibre (13-X-17), Almudena Grandes declara: La afirmación de Balzac de que la novela escribe la historia de la vida privada de las naciones “es una definición inmejorable. El territorio de la literatura es la emoción, y los vínculos que los lectores crean con los personajes de un libro que les gusta son mucho más profundos que los que podría suscitar en ellos la lectura de un libro de historia. La literatura trata al lector de tú, le cuenta su propia vida. […] Así, en efecto, la novela puede iluminar la vida privada que transcurre bajo la dimensión pública de la Historia”.

No olvidemos los buenos libros de viajes. Siempre es interesante el punto de vista del otro, del extranjero, sobre nosotros mismos, sobre nuestra sociedad, y es una suerte grandísima recorrer países y paisajes lejanos gracias a la buena escritura de quien estuvo allí y supo mirar para contárnoslo (inolvidable El sueño de África, de Javier Reverte).

De África nos separan unos pocos kilómetros. A sus gentes, sin embargo, les separan de nosotros muros de cuchillas y un mar que ya es una fosa común. La información habitual sobre ese continente llega o bien por documentales más o menos antropológicos o con animales como protagonistas, o bien por los informativos siempre que acontezca alguna catástrofe. Apenas tendremos la oportunidad de ver unas pocas películas o de escuchar algunos discos. Resulta más fácil acceder a su literatura. Algunas novelas se convierten en nuestros ojos para ver África con mirada africana.

Los ojos de un niño

Con Ngugi wa Thiong´o (Kenia, 1938) y sus memorias Sueños en tiempos de guerra. Memorias de infancia (Rayo Verde, 2016) recorremos el emocionante y traumático camino de un niño desde su aldea rural y tradicional a la modernidad. Todo comenzó una noche, cuando su madre le preguntó: “¿Te gustaría ir a la escuela?”. La escuela era algo que le quedaba muy lejos, no solo porque le separasen tres kilómetros, que habría de recorrer andando, sino porque estaba reservada por el elevado coste de las tasas para quienes provenían de una familia adinerada.

Antes de esa pregunta clave en la vida del autor –hoy profesor universitario en California- hemos conocido a su familia, sus conflictos y su vida en la aldea. Lo cual es un privilegio visto con los ojos de ese niño, porque vamos descubriéndolo todo al mismo tiempo que él. En nada se parecen las relaciones familiares ni sociales a las de esta parte del mundo, pero compartimos lo básico y elemental de las necesidades afectivas del ser humano, los vínculos con la madre y el padre -y sus diferencias-, con los hermanos y hermanas, los mismos miedos, idénticas satisfacciones y sueños. Otro tanto se aprecia en las relaciones sociales, sus jerarquías, conflictos y apoyos imprescindibles.

La escuela comienza siendo un elemento extraño, “un entorno radicalmente distinto” del que conforma el día a día de ese niño, como les sucede a todos los niños y niñas del mundo. Empatizamos con ese niño que se siente como un intruso en la nueva realidad escolar, que cada vez lo alejará más de su realidad infantil, aunque nunca romperá con ella. Es más, reafirmará con los años su conciencia africana y la trasladará a su obra literaria. Ngugi wa Thiong´o sintetiza modernidad y tradición con “un sano escepticismo hacia ambas”. 

Las memorias infantiles de Thiong´o mezclan la vida cotidiana y la transformación del individuo zarandeado por las contradicciones de la educación informal (familiar, pequeña sociedad tribal) y la formal (escuela, sociedad dominante). El cristianismo y el colonialismo traen el conflicto que llevará a la guerra y antes el que provoca el adoctrinamiento (el punto de vista de la enseñanza cambia del negro africano al blanco colonial). La escuela no es solo un proyecto individual. Primero concierne al grupo social más cercano: “El maestro siempre tenía razón; al fin y al cabo, dentro del aula sus ojos eran los de toda la comunidad”. Después el autor amplía el foco y nos lleva al enfrentamiento entre dos modelos de formación, el africanista y el colonial.

 El tren que lo llevará hasta la escuela secundaria al final de estas memorias de infancia llega con la carga simbólica de la modernidad mezclada con las emociones contrarias que al protagonista le provocan separarse definitivamente de su infancia y subirse por primera vez a ese medio de transporte. “Hazlo siempre lo mejor que puedas y saldrás adelante”, le reitera su madre en la despedida, lo mismo que le había dicho la primera vez que fue a la escuela y que le repetía en forma de pregunta incluso cuando traía buenas calificaciones: “¿Lo has hecho lo mejor que podías?”. Reflexiona Thiong´o: “Por extraño que parezca, parece más interesada en el proceso que conduce a las buenas notas que en el resultado propiamente dicho”.

En la separación, madre e hijo seguían compartiendo el sueño de la escuela, aunque fuera en tiempos de guerra.

Los ojos de una mujer

Mia Couto (Mozambique, 1955) ha escrito poesía (no traducida al castellano, salvo algunos poemas) y narrativa, tanto libros de relatos (Voces anochecidas, Txalaparta, 2001) como novelas. En 2013 se le concedió el premio Camoes de Literatura, el más importante de la lengua portuguesa.

La confesión de la leona (Alfaguara, 2016), su última novela, está contada por dos narradores: Mariamar, hermana de la última víctima de las leonas que atacan y matan a las mujeres de Kulumani, una aislada aldea mozambiqueña, y Arcángel Baleiro, cazador contratado para matarlas. Al final del primer capítulo, el padre de Mariamar nos presenta el misterio que nos atrapará para el resto de la novela. Le anuncia a su hija que ella matará al cazador cuando acabe su misión, y ante su sorpresa le precisa: “Quienes lo van a matar son los leones que has llamado tú”.

Arcángel Baleiro pertenece a un mundo ya perdido en el que los Baleiro cazaban, a diferencia de quienes en los nuevos tiempos llevan escopeta, que matan. Él y ese mundo en el que representaba la modernidad han envejecido. Llega a Kulumani para su última cacería, pero es incapaz de ejercer su oficio (“Mis dedos ya no me obedecen, mis dedos han muerto”). Si ahora no se puede enfrentar a las leonas, en su vida tampoco ha podido enfrentarse a las mujeres que lo han amado. Sin embargo, en su adiós de la aldea, despedido por la madre de Mariamar con el encargo de llevarla a Maputo, sonríe: “Estoy rodeado de diosas. En una y otra parte de la despedida, en ese desgarro de mundos, son mujeres las que cosen mi historia desgarrada”.

Mia Couto aprovecha la fuerza narrativa de la tradición oral en la que desaparecen con naturalidad las fronteras entre la realidad y la fantasía, y en la que el tono poético añade intensidad al relato. Esto le permite ampliar el hilo de la trama, ensancharlo para que la anécdota de unas cuantas mujeres atacadas por leonas se relacione con la guerra cotidiana de las mujeres (“nosotras, las mujeres, seguimos despertándonos todas las mañanas para una guerra antigua e interminable”); para que la guerra civil aparezca en la novela y quede constancia del daño social más profundo (“En la guerra se mata a los pobres. En la paz, los pobres se mueren”); y también para que la protagonista nos explique por qué las leonas atacan a las mujeres sin basarse en el simplismo de unos argumentos racionales.

Couto declaró en una entrevista publicada en El País (27-IX-13): “En Mozambique, lo que no se ve es más importante que lo que se ve”. En Mozambique no es que se viva puro realismo mágico. Es que es “realismo real”. Si para Couto “África está llena de Macondos”, Thiong´o habla en sus memorias de la infancia de “la intrincada maraña de lo prosaico y lo trágico, la surrealista normalidad de la vida cotidiana en el contexto extraordinario de un país en guerra”, de cómo “lo real y lo fantástico eran una sola cosa” en los hechos, rumores y proezas alrededor de Jomo Kenyatta y Dedan Khimati, héroes de la rebelión anticolonial.

Mia Couto rompe todos los estereotipos pues en la amalgama de su novela cada uno de los elementos mezclados se ha enriquecido con los demás. La novela de aventuras, con leones y cazador incluidos, se disuelve en la vida cotidiana de Kulumani para superar los esquemas del género y quebrar el camino fácil de la lectura. El misterio de las muertes y de las leonas asesinas no se resuelve con una explicación tópica. La reivindicación femenina no utiliza la exaltación de unos derechos ya conocidos. Con los ojos de la protagonista vemos la mirada de todas las mujeres, que atraviesa la opacidad de lo costumbrista, recorre la injusticia ancestral contra las mujeres desde que dios, que fue mujer, se exilió lejos de su creación y dejó de parecerse a todas las madres de este mundo, y llega a lo telúrico y a la divinidad animista, que convive, en armonía o no, con el cristianismo.

Dos libros para mirarte, África, gozosamente, a los ojos. Tus ojos, África.


jueves, 11 de enero de 2018

Canción de invierno y de verano


  • Décimo aniversario de la muerte del poeta Ángel González



Canción de invierno y de verano
Cuando es invierno en el mar del Norte
es verano en Valparaíso.
Los barcos hacen sonar sus sirenas al entrar en el puerto de Bremen con jirones de niebla y de hielo en sus cabos,
mientras los baladros soleados arrastran por la superficie del Pacífico sur bellas bañistas.

Eso sucede en el mismo tiempo,
pero jamás en el mismo día.

Porque cuando es de día en el mar del Norte
—brumas y sombras absorbiendo restos
de sucia luz—
es de noche en Valparaíso
— rutilantes estrellas lanzando agudos dardos
a las olas dormidas.

Cómo dudar que nos quisimos,
que me seguía tu pensamiento
y mi voz te buscaba —detrás,
muy cerca, iba mi boca.
Nos quisimos, es cierto, y yo sé cuánto:
primaveras, veranos, soles, lunas.

Pero jamás en el mismo día.



lunes, 8 de enero de 2018

Anglicismos y traducciones literales


  • Una reacción de buena voluntad ante el anglicismo lleva a traducirlo literalmente: en vez de low cost, “de bajo coste”; y no “barato”



Muchas personas intentan traducir los anglicismos que nos asedian, y en su noble propósito se devanan los sesos por dar con la alternativa exacta a la palabra que tienen delante. La primera reacción ante el anglicismo entre personas que aman el español las lleva a buscar un equivalente literal. Así, en vez de “iré a Londres en un vuelo low cost”, dirán “iré a Londres en un vuelo de bajo coste”. Pero “de bajo coste” equivale en esos contextos al adjetivo español “barato”. Por tanto, podemos decir que hemos comprado un billete barato; o que el precio del vuelo estaba tirado.

Los casos de traducciones literales mejorables son infinitos. Por ejemplo, no resulta sencillo hallar una alternativa a “spoiler” cuando alguien dice “no me hagas spoiler”. Porque habría que traducir “no me hagas estropeador”, lo cual carece de sentido. En casos así, conviene plantearse cómo decir la idea al completo, no solamente la palabra inglesa: “No me destripes la película”, “no me la cuentes”, “no me estropees el final”, “no me digas cómo acaba”.

Siguiendo con el lenguaje del cine y la televisión, de vez en cuando nos anuncian: “Se estrenará un spin-off de la serie”. Así, Aída fue un spin-off de Siete vidas. “Spin-off” se traduce como “escisión”, pero en este caso quedaría más adecuado “esqueje”, pues no se trata tanto de cortar como de que lo cortado siga vivo y se desarrolle por su cuenta.

Ahora se habla mucho también de las fake news, locución que se suele traducir (cuando se traduce) como “noticias falsas”. No está mal, sobre todo si las dos palabras contribuyen a alguna precisión en determinados contextos, pero esas noticias se han venido llamando “bulos” o “trolas”.

El genio del idioma español suele dar con alternativas a todo tipo de anglicismos, si bien necesita su tiempo. Por ejemplo, hace algunos decenios llegó a nosotros la expresión “babysitter”, y no se nos ocurrió traducirla literalmente como “sentadora de niños”, sino como “canguro”. Una metáfora genial.

Últimamente se ha extendido la locución “en tiempo real” (de “real time”). Pero en nuestra visión de la lengua no hay un tiempo real y un tiempo irreal. Lo real no es lo que está pasando ahora, puede ser también lo que sucedió hace dos siglos. El concepto que se oculta tras “real time” es el de la inmediatez, no el de la realidad o la irrealidad. Por tanto, casi siempre se puede traducir con el adjetivo “inmediato” o con la locución “al instante”. Así, ver o hacer algo “en tiempo real” es verlo “al instante” o “en directo”, “de inmediato” o “sobre la marcha”.

Si leemos “sold out” en una tienda, eso no quiere decir “vendido fuera” sino “agotado”. Mientras que “tie break” no es “rotura de empate”, sino “desempate”.

Quizá valga la pena plantearse cómo traduciríamos al español un concepto si no nos hubiera invadido antes la locución en inglés. No se trata de buscar la palabra exacta, sino la idea exacta. El texto íntegro de Álex Grijelmo en El País

viernes, 29 de diciembre de 2017

´Aporofobia´, palabra del año 2017

Aporofobia, el neologismo que da nombre al miedo, rechazo o aversión a los pobres, ha sido elegida palabra del año 2017 por la Fundación del Español Urgente, promovida por la Agencia Efe y BBVA.

Esta es la quinta ocasión en la que la Fundéu BBVA da a conocer su palabra del año, escogida entre aquellos términos que han estado presentes en mayor o menor medida en la actualidad informativa durante los últimos meses y tienen, además, interés desde el punto de vista lingüístico.

Tras elegir escrache en 2013, selfi en 2014, refugiado en 2015 y populismo en 2016, el equipo de la Fundación ha optado en esta ocasión por aporofobia, un término relativamente novedoso que alude, sin embargo, a una realidad social arraigada y muy antigua.

La voz aporofobia ha sido acuñada por la filósofa española Adela Cortina en varios artículos de prensa en los que llama la atención sobre el hecho de que solemos llamar xenofobia o racismo al rechazo a inmigrantes o refugiados, cuando en realidad esa aversión no se produce por  su condición de extranjeros, sino porque son pobres.

Este término se acaba de incorporar al Diccionario de la lengua española y el pasado mes de septiembre el Senado español aprobó una moción en la que pide la inclusión de la aporofobia como circunstancia agravante en el Código Penal.

A estos hechos, se suma el interés lingüístico de un neologismo a cuya creación se le puede poner fecha y autor, y el social e informativo de un término capaz de designar una realidad palpable, pero a menudo invisible.

«Aporofobia pone nombre a una realidad, a un sentimiento que, a diferencia de otros, como la xenofobia o la homofobia, y aun estando muy presente en nuestra sociedad, nadie había bautizado», señala el director general de la Fundación, Joaquín Muller.

«Conviene recordar -agrega Muller- la importancia de poner nombre a las cosas para hacerlas visibles. Si no lo tienen, esas realidades no existen o quedan difuminadas. No se pueden defender o denunciar. En esta ocasión, la filósofa valenciana ha hecho una gran aportación a la sociedad y al idioma, y Fundéu ha considerado que es merecedora de ser elegida palabra del año». Más en Fundéu


martes, 19 de diciembre de 2017

Jardiel, la risa inteligente

Enrique Jardiel Poncela y la actriz
Berta Singerman,
durante el rodaje de la película
 'Nada más que una mujer' (1934)
en Hollywood.
En el verano de 1932, el ya entonces afamado autor de comedias español Enrique Jardiel Poncela viajó a Hollywood para incorporarse a la plantilla de los estudios Fox como adaptador de guiones al castellano. La meca del cine estadounidense estaba en plena expansión y, a falta de sistemas de doblaje o subtitulado, necesitaba rodar dos o tres veces la misma película: de día, la versión original en inglés; de noche, las mismas escenas en otros idiomas. Pero Jardiel tuvo un problema al llegar: acostumbrado a escribir siempre en los bares y cafés de Madrid, se bloqueó cuando lo instalaron en una oficina y no era capaz de redactar una línea allí dentro. Así que la Fox tiró por la calle de en medio: ordenó a sus escenógrafos que reprodujeran un café madrileño en el despacho de su nuevo empleado.

Aquello fue mano de santo. Desde ese momento Jardiel empezó a versionar guiones sin parar (que en muchos casos mejoraban el original, según afirman los estudiosos de su obra) y su extravagante rincón de trabajo se hizo popular entre la fauna hollywoodiense con el nombre de Poncella's Office. Entre esa fauna estaban Charles Chaplin y los hermanos Marx, con quienes el madrileño congenió de forma especial por su disparatada manera de entender el humor, cuyo rastro puede advertirse en exitosas comedias posteriores de Jardiel como Un marido de ida y vuelta (1939), Eloísa está debajo de un almendro (1940), Los ladrones somos gente honrada (1941) o Madre el drama padre (1941).

Así era muchas veces la vida de Jardiel: descacharrante e inverosímil, como él quería que fuera su teatro. Y así se puede comprobar en una de las mayores exposiciones retrospectivas que se ha realizado hasta la fecha sobre su trayectoria, que se ha podido ver en Zaragoza este otoño con el nombre de Poncella's Office y que desde hoy hasta final de enero se muestra en la sede central del Instituto Cervantes en Madrid con otra denominación, Jardiel, la risa inteligente. Continúa en El País