lunes, 14 de enero de 2019

Mal, muy mal, malamente


  • El triunfo de un adverbio terminado en mente


Hay otra razón, voy a confesarme finalmente, por la que me alegro del éxito de Malamente. Por fin, felizmente, podemos celebrar el triunfo de un adverbio terminado en mente. Una novela, con ese título, sería cruelmente sentenciada sin ser leída atentamente. Hay muchos odios en el mundo literario, pero pocos comparables a los que, fatalmente, sufren los adverbios terminados en mente. Son tratados como bandidos alevosamente emboscados en la espesura del lenguaje. Una de las tareas de la corrección literaria es perseguir ferozmente, implacablemente, a estos forajidos terminados en mente. Menos mal que Borges escribió: “Incesantemente la rosa se convierte en otra rosa”.
A ver si mejoramos malamente.


jueves, 3 de enero de 2019

Microplástico, palabra del año 2018


Microplástico, la voz que designa los pequeños fragmentos de plástico que se han convertido en una de las principales amenazas para el medioambiente y la salud de los seres humanos, ha sido elegida palabra del año 2018 por la Fundéu BBVA.

Esta es la sexta ocasión en la que la Fundación del Español Urgente, promovida por la Agencia Efe y BBVA, da a conocer su palabra del año, escogida entre aquellos términos que han estado presentes en mayor o menor medida en la actualidad informativa durante los últimos meses y tienen, además, interés desde el punto de vista lingüístico.

Tras elegir escrache en 2013, selfi en 2014, refugiado en 2015, populismo en 2016 y aporofobia en 2017, el equipo de la Fundación ha optado en esta ocasión por microplástico, un término que pone el acento en la toma de conciencia en torno a uno de los grandes problemas medioambientales a los que se enfrenta la humanidad.

Los microplásticos son pequeños fragmentos de plástico (menores de cinco milímetros) que o bien se fabricaron ya con ese tamaño para ser empleados en productos de limpieza e higiene, o bien se han fragmentado de un plástico mayor (bolsas de la compra, envases de todo tipo…) durante su proceso de descomposición.

Su presencia en la arena de las playas, en los organismos de los animales, en la sal marina que consumimos y hasta en el agua que bebemos ha hecho saltar las alarmas y ha obligado a poner en marcha medidas para reducir el consumo de los plásticos de un solo uso, responsables en buena parte del problema.

Desde el punto de vista lingüístico, este término, que, aunque no aparece aún en la mayoría de los diccionarios de español, está bien formado a partir del elemento compositivo micro- y el sustantivo plástico.

Como sucede en general con las palabras formadas con elementos compositivos, estos se escriben unidos a la voz a la que acompañan, sin dejar en medio un espacio ni intercalar un guion (no micro plástico ni micro-plástico).

Antes de dar a conocer la decisión definitiva, la Fundación publicó una relación de doce palabras finalistas en la que figuraban microplástico, descarbonizar, hibridar, mena, los nadie, micromachismo, VAR, sobreturismo, procrastinar, arancel, dataísmo y nacionalpopulismoMás en Fundéu

miércoles, 19 de diciembre de 2018

´La casa de Bernarda Alba´ es la historia de Frasquita Alba


  • La casa de Frasquita Alba en la realidad, la de Bernarda en la literatura, ha sido restaurada y se suma a los lugares lorquianos de Granada



La casa de Bernarda Alba es la historia de Frasquita Alba, sus hijas, sus criadas y José Benavides —Pepe, El Romano, en el drama literario—, casado con una de esas hijas y vuelto a casar con otra años después. Todo ocurrió en el pueblo granadino de Asquerosa, ahora Valderrubio, a principios del siglo XX. Allí se trasladó Lorca siendo un niño de 8 años y allí vivió entre 1906 y 1907. Posteriormente, volvería algunos veranos de su infancia y juventud. Y así, pared con pared a la casa de su tía Matilde, según contó el escritor a un amigo, “vivía doña Bernarda, una viuda de muchos años que ejercía una inexorable y tiránica vigilancia sobre sus hijas solteras. Prisioneras privadas de todo albedrío, jamás hablé con ellas, pera las veía pasar como sombras, siempre silenciosas y siempre vestidas de negro”. Aquella casa, la de Frasquita en la realidad, la de Bernarda en la literatura, ha sido restaurada y desde esta semana se suma a los lugares lorquianos de la provincia de Granada. La historia de Bernarda, de sus ocho años de luto y el recorrido teatral de ese drama quedan ahora a la vista del público que la visite.

La casa de Frasquita Alba ha sido restaurada y forma
parte de los lugares lorquianos de Granada
La historia de Bernarda Alba nace de la necesidad del joven Lorca de fisgonear en las conversaciones de sus vecinos para entender por qué viven en un “infierno mudo y frío en ese sol africano, sepultura de gente viva bajo la férula inflexible de cancerbero oscuro”, contó Lorca a Carlos Morla Lynch. Y elemento fundamental en ese fisgoneo, en esa necesidad de comprender, es el pozo medianero que compartían los Alba y la tía Matilde. Un pozo, entonces sin agua, según el poeta, al que bajaba él de joven porque desde allí oía las conversaciones del otro lado. “Para espiar a esa familia extraña cuyas actitudes enigmáticas me intrigaban”, explicó Lorca. Ese pozo, hoy ya con agua, forma parte del nuevo centro lorquiano de Valderrubio, inaugurado por la presidenta de la Junta de Andalucía y con la sobrina nieta del poeta, presente y “llena de emoción” en un acto que redondea la llegada del legado lorquiano a Granada.

Paco Reina, escritor de Valderrubio y especialista en Lorca, explica por qué el joven dramaturgo era visitante frecuente de la casa de la tía Matilde. Aquel pueblo no era entonces un lugar en el que la oferta cultural saciara las necesidades de Lorca. Pero en casa de su tía Matilde estaba, afortunadamente, su prima Isabel que, en lo que podía, saciaba esos deseos de Federico enseñándole música y a tocar la guitarra. Y, probablemente en esas sesiones, Federico se asomaba a ese pozo compartido a escuchar las conversaciones de los Alba. Y a buen seguro que lo que escuchaba era impresionante, porque lo recordó hasta dos décadas después cuando escribió la obra, en 1935. Hacía ya, además, más de una década de la muerte de Frasquita Bernarda Alba. Recuerdos impresionantes y vividos, porque la obra fue escrita en pocos meses. El poeta fue asesinado en agosto de 1936. Nunca llegó a ver representada la obra.

Se estrenó en 1945 en Buenos Aires con gran éxito. La buena relación entre las familias se cortó tan pronto como tuvieron conocimiento del estreno y del contenido de la obra. La nieta de Frasquita e hija de José Benavides demandó sin éxito a los herederos del poeta y pidió su retirada de librerías y teatros. La obra tardó años en estrenarse en España. Más en El País

lunes, 17 de diciembre de 2018

La palabra "puta" fue un eufemismo


Álex Grijelmo
La palabra “puta” (en latín, putta) se convirtió hace siglos en sustituto biensonante de “mujer pública” […]. De tal forma, su significado original de “niña” o “muchacha” desapareció para contaminarse con el que pretendía reemplazar.

Fragmento de la Madonna Sistina, de Rafael Sanzio,
conocido como I putti de Raffaelo
¿Así que “puta” fue un eufemismo?

Pues sí. Esto suena sorprendente hoy en día, salvo que se conozca, o se intuya, la teoría del dominó que formuló el lingüista norteamericano Dwight Bolinger […].

Según esa formulación, las palabras que sustituyen a otras que nos suenan mal (aunque se refieran a lo mismo) tienen una vida limitada porque son sustituidas a su vez tras absorber la fuerza peyorativa de la anterior.

Hemos presenciado muchos casos así en los últimos decenios, al nombrar realidades que preferiríamos que no existiesen. Por ejemplo:

• La palabra “viejos” quedó sustituida en el lenguaje políticamente correcto por “ancianos”, que a su vez se volvió negativa. Llegó entonces “personas de la tercera edad”, que reemplazamos ahora por “personas mayores”.

• Los “países subdesarrollados” se convirtieron en “países del Tercer Mundo” o “tercermundistas”, hasta que eso se consideró un insulto. Así que decidimos denominarlos “países en vías de desarrollo”, locución que empieza a sustituirse por “países emergentes”.

[…]

• Los “mongólicos” recibieron con esa palabra una designación descriptiva, que se tornó perversa. Surgió entonces “subnormales”, impulsada por las propias asociaciones de familiares: “Asociación de Familiares de Niños y Adultos Subnormales” (Afanias). Años más tarde se debió sustituir en el lenguaje correcto por “retrasados” o por “deficientes”, más tarde por “insuficientes mentales” o “discapacitados psíquicos”, y finalmente por “niño con síndrome de Down” o, ahora, “un Down”.

• El juego de los eufemismos desechó en su día los términos “tullidos” y “lisiados” para elegir “inválidos”, pero el efecto dominó aportó “minusválidos”, y luego “disminuidos” y más tarde “discapacitados”. [...] El texto íntegro en El País

martes, 30 de octubre de 2018

La literatura de los niños perdidos en la frontera


  • Obras que cuentan las historias de los menores centroamericanos que emigran solos a EE UU y de los emigrantes que sobreviven en los campos de refugiados en Europa



Entre mayo y junio de 2014 llegaron a la frontera que separa México de Estados Unidos alrededor de 80.000 menores. Ninguno de ellos iba acompañado. Algunos de ellos fueron deportados en 20 días, cuando hasta hacía no demasiado el gobierno estadounidense daba a esos niños en busca de cobijo, en busca de un futuro, de una no muerte segura como la que les esperaba en su país – en El Salvador, Honduras, Guatemala –, dos meses. El guardián, esto es, el familiar que podía pedir su custodia en Estados Unidos, tenía entonces dos meses para buscarse la vida: un abogado y pruebas de que si el niño volvía a su país, corría peligro. Pero la Administración Obama redujo esos meses a 20 días. “Obama no fue un buen presidente en términos migratorios”, dice Juan Pablo Villalobos. 

De hecho, a él le llamaron de una ONG ese año, 2014, para que se personara en la frontera y contara lo que estaba pasando. “Querían un libro con el testimonio de una niña que había viajado con su mejor amiga desde Centroamérica”, cuenta. Pero una vez estuvo allí, la familia no quiso que la niña hablara. Su mejor amiga había muerto intentando llegar a la frontera. La asesinaron en México. Villalobos entrevistó a otro par de chicos. Publicó un relato en inglés y en español. Al poco, su editor estadounidense le llamó para preguntarle si estaría interesado en hacer un libro con historias de esos niños. La voz del niño narrador de Fiesta en la madriguera le convertía en la persona ideal para hacer algo así. Transformar sus historias en literatura. Darles un carácter poderosamente universal.

 “No creo en el activismo literario, es decir, no es lo mío. Yo me acerqué a las historias de estos chicos con pudor, buscando mi lugar. ¿Cómo iba a contarlas? De la única manera que sabía. Iba a condensarlas, a acercarlas a la ficción. Porque eso es lo que sé hacer. Sé escribir. Como escritor me debo al texto, y ya se encargará el texto de producir los efectos que deba producir”, dice Villalobos. Está hablando del libro que resultó de aquellas charlas: once momentos de las odiseas de diez niños centroamericanos que lograron alcanzar Estados Unidos, y que se leen como una única historia hecha pedazos, o las piezas de un rompecabezas con final feliz. ¿Su título? Yo tuve un sueño (Anagrama). Continúa en El País

  • Otros títulos:

Valeria Luiselli Los niños perdidos (Sexto Piso)
Maylis de Kerangal Lampedusa (Anagrama)
Jenny Erpenbeck Yo voy, tú vas, él va (Anagrama)

lunes, 22 de octubre de 2018

Y el libro en papel no murió en 2018


  • Hace 10 años los gurús de la Feria de Fráncfort, el mayor evento editorial del mundo, vaticinaron que este sería el año en que el ‘ebook’ vencería al soporte físico. Estaban muy equivocados

Cuando la Feria de Fráncfort despertó en 2018, el libro de papel seguía ahí. Y no como el recuerdo de un dinosaurio, sino en el centro del sector. En 2008, una macroencuesta de la organización entre mil editores de 30 países marcó 2018 como el momento en que el libro electrónico superaría en volumen al negocio tradicional. Así tituló este diario, recogiendo la conclusión del informe, a cinco columnas: El libro digital ganará al papel en 10 años.
Y no. El futuro ya está aquí y la profecía no se ha cumplido. Ni de lejos. No solo lo que parecía un ascenso imparable se ha frenado sino que, amén de ver hasta cierta recuperación del papel, habría dado signos de leve retroceso en sus tierras de promisión por excelencia, EE UU e Inglaterra.

Las movedizas cifras del ebook muestran que en los últimos cinco años las ventas en EE UU han caído un llamativo 10,8%, dejando su trozo del pastel en un 23%. Un estudio sobre 450 editoriales ya fijaba en ese 10% el descenso solo en 2017 respecto al año anterior, si bien no contabilizaba las operaciones de Amazon, que aseguraba que sus ventas sí seguían subiendo. En la Europa continental, el ebook nunca supera el 10% del mercado. Alemania (un 8%) y Holanda (6,6%) tiran de un asténico sector: en España, un 5,1% según la Federación de Gremios de Editores; en Italia, un 4%; en Francia, un 3,1%. Solo Inglaterra alcanza los dos dígitos: un 15%. Tampoco grandes mercados potenciales de otras latitudes, como Brasil (7%), dan mayores alegrías.

En este contexto, el sector más afín al papel ha pasado al contraataque. “El ebook es un producto estúpido; es lo mismo que un libro impreso, pero electrónico, no es para nada creativo”, se descolgó en febrero Arnaud Nourry, consejero delegado de Hachette, sexto conglomerado editorial del mundo. “Ha funcionado porque es hasta un 40% más barato que el de papel, pero tenía un techo”, sostiene. “El ebook no ha mejorado la experiencia lectora, no ha aportado nada más allá de la compra inmediata, que es más barato y que llevas muchos libros en un mínimo espacio”, añade Carmen Ospina, directora de marketing y desarrollo de negocio de Penguin Random House Grupo Editorial. Los estudios parecen darle la razón: salvo en Alemania, las ventas más altas de ebooks son en julio y diciembre, fechas de vacaciones.

“El ebook va encontrando su dimensión natural, espacios y momentos; los gadgets tecnológicos tampoco han ayudado con grandes innovaciones para ampliar las posibilidades del texto”, apunta el analista del sector y periodista Ed Nawotka, que abre un foco psicosocial: “Uno de cada cuatro compradores de libros en EE UU, que sube a un 37% entre los 18 y 24 años, declara que le gustaría pasar menos tiempo enganchado a dispositivos digitales”.

A esta tesis se añadiría “el valor simbólico del libro físico. Lo vemos en públicos como los seguidores de youtubers o los de poesía urbana, que adquieren obras en papel”, opina Jesús Badenes, director general de la División de Librerías del Grupo Planeta. Continúa en El País




lunes, 15 de octubre de 2018

Novela y ficción


  • A la mesa de novedades han llegado dos títulos destacados con las etiquetas de autoficción (Ordesa, de Manuel Vilas) y novela sin ficción (Una novela criminal, de Jorge Volpi). Liberados del plástico de las etiquetas, se leen con tanto gusto como para quitarnos mil canas.


Juan Jorganes Díez
La novela acaparó toda la atención del público en el siglo XIX y la mantiene dos siglos después. El teatro representado compitió con éxito mientras se mantuvo como el único espectáculo disponible (o casi) para la sociedad en general. Con el paso de los años llegaron la radio, el cine y la televisión que democratizaron el entretenimiento al ponerlo al alcance de todos los públicos y arrasaron con la que se llamaría cultura de masas en los años sesenta del siglo XX.

Vivimos un presente audiovisual, en el que cabe la palabra, con un medio de difusión tan revolucionario como Internet. Cualquier manifestación artística surge entre la confusión de géneros, la mezcla de elementos viejos (literatura, cine, música, pintura, fotografía, escultura, dramaturgia o televisión) y nuevos (el resultado de esas mezclas posibles y de técnicas novedosas que provocan amalgamas insólitas), y con una capacidad de difusión sin límites. Desaparecieron los rigores académicos y, por tanto, la referencia de un canon. Todo esto no son sino ventajas para la creación, pues vive muy bien en la libertad. Sus peores enemigos: aceptar la equivalencia entre novedad técnica vinculada a las nuevas tecnologías y novedad artística en unos tiempos en que las novedades tecnológicas surgen a diario, y, ante la falta de canon, aceptar como verdad la falsedad posmoderna del todo vale.

La paradoja de las vanguardias surgidas a comienzos del s. XX es que establecieron la norma de romper con las normas artísticas. Las vanguardias derribaron paredes y tapiales, suprimieron pasillos y techos, se salieron de los caminos para moverse en campo abierto, llevaron el arte al aire libre y dejaron claro que el arte puede ser una broma muy seria hasta el punto de que las chanzas a costa del arte en general se convirtieran en un proceso y en un fin artísticos. Tan dadas a los manifiestos, con sus principios y sus reglas, implantaron la heterodoxia y situaron en el horizonte los límites de cualquier manifestación artística. Tenemos, pues, un siglo de experiencia vanguardista. Por eso, contemplamos lo último de lo último, lo más de lo más, con una curiosidad más serena que agitada.

Sin manifiestos teóricos ni otras trascendencias, Miguel de Cervantes había dejado libre de fronteras el mapa de la narración con el Quijote. Con Cervantes la novela lo abarca todo, en la novela cabe todo, no tiene límites. La ficción y la literatura pueden formar parte de la trama; la parodia, el realismo y la fantasía también; la comedia y la tragedia van juntas, como en la vida misma; el narrador entra y sale de la narración, cede la palabra a otros narradores, ironiza sobre los hechos, sobre la obra, sobre lo que le da la gana. El Quijote, la obra misma, en fin, es un manifiesto de libérrima libertad narrativa. Si tenemos un siglo de experiencia en vanguardias artísticas, en la novela tenemos cinco siglos.

De norte a sur, de este a oeste, ayer y hoy, compartimos las palabras del ventero cervantino: “siempre hay alguno que sabe leer, el cual coge uno destos libros en las manos, y rodeámonos dél más de treinta, y estámosle escuchando con tanto gusto, que nos quita mil canas”. Poco importan el formato o el soporte, que se base en hechos reales o imaginados: a los seres humanos nos gusta que nos cuenten historias. Sean “libros mentirosos” y estén llenos de “disparates y devaneos” o sean “historias verdaderas”. Esta clasificación del cura paisano de don Quijote solo les preocupaba a él y a otros como él y no sirvió más que para quemar en la hoguera buena parte de la biblioteca de Alonso Quijano.  

Abierto cualquier libro, leídas las primeras líneas, ¿nos comportaremos como curas o como venteros? Los curas llevan en una mano el agua bendita para lo verdadero y en la otra el fuego eterno para lo mentiroso. A los venteros que la historia sea verdadera les añadirá más emoción o les importará un pito, pues ya leyeron relatos llenos de disparates y devaneos que resultaron excelentes novelas y novelas basadas en historias verdaderas que empezaban con una torpe relación de hechos y acabaron abandonadas en una estantería.

A la mesa de novedades han llegado dos títulos destacados con las etiquetas de autoficción (Ordesa, de Manuel Vilas) y novela sin ficción (Una novela criminal, de Jorge Volpi). Liberados del plástico de las etiquetas, se leen con tanto gusto como para quitarnos mil canas.

Juego de verdades y mentiras

Jorge Volpi cuenta en Una novela criminal (Alfaguara, 2018) la historia de la francesa Florence Cassez y del mejicano Israel Vallarta detenidos por la policía mejicana en una operación televisada en directo que se sabría después que había sido amañada. Las irregularidades policiales y judiciales y las manipulaciones periodísticas convirtieron el caso en un conflicto diplomático entre México y Francia. Volpi se basa en el expediente de la causa criminal, en investigaciones periodísticas y en declaraciones de los protagonistas. En la advertencia inicial previene de que  “en ocasiones me arriesgué a conjeturar”.

Volpi utiliza la peripecia personal de Cassez y Vallarta para mostrar el pudridero policial, judicial, periodístico y político mejicano. Un sistema que se traga a quien tenga la mala suerte de caer por sus orillas. Cassez y Vallarta son unas víctimas del sistema. Como tal las presenta Volpi, que nunca les juzga por sus acciones pasadas o presentes y que tampoco les muestra como héroes. Ser una víctima no equivale a ser un ejemplo. Acierta plenamente en la construcción de estos dos personajes, cuya causa resultará difícil no apoyar, pero no porque aparezcan como angelicales víctimas sino porque son víctimas y en todo lo demás son iguales o peores que cualquiera.

Podemos iniciar la novela sabiendo el final, pues no nos faltará información sobre el caso refrescada al publicarse el libro. Igualmente nos apasionará el relato del entramado en el que se ven atrapados los dos personajes. Tanto los hilos más gruesos como los más finos y sutiles Volpi los maneja con la habilidad que le exigimos a cualquier narrador para que no pierda nuestra atención. La dificultad es grande porque la madeja que tiene en sus manos el autor es enorme y enrevesada.

A esa dificultad se le añaden la de seleccionar tanta documentación como generó el caso y la de conseguir que no nos perdamos en el juego de verdades y mentiras que se nos muestra para que sigamos caminando en tensión sobre el hilo de la trama. Solo se enfría la pasión de la lectura ocasionalmente, cuando el autor quiere asegurarse de que no nos perdemos y reitera la información y cuando quiere mostrarnos la verdad de la verdad añadiendo información a la información.

Aquí la ficción la construyen los personajes que deberían buscar la verdad (policías y periodistas) y los que, cuando surge el conflicto, deberían impartir justicia (jueces). El escritor busca la verdad entre las mentiras de sus personajes. Para ello escribe esta novela. El juego narrativo se complica, la realidad y la ficción se mezclan, se amalgaman en dos planos: en la vida real y en la vida literaria (la novela).

El ruido de fondo de la vida

Manuel Vilas ha conseguido con Ordesa el aplauso de la crítica y el éxito de la venta. Volpi y Vilas coinciden en que sus protagonistas serían descartados en la primera selección de candidatos a vidas ejemplares. Sin embargo, resultan irresistibles para quienes amamos a los héroes de la vida cotidiana. Los amamos en los buenos libros, otra cosa sería tener que convivir con alguno en la vida real.

Esos personajes vulgares que protagonizan novelas se convierten en únicos gracias a la buena escritura de sus autores, adquieren una personalidad singular gracias a la literatura. Entre la normalidad de la vida (“La gente es como es, y ya está”) y la originalidad de la literatura media la mano del escritor. Por ejemplo, el protagonista de Ordesa, un profesor de instituto de más de cincuenta años, recién divorciado, con hijos en la edad en la que, sobre todas las cosas, son enigmas acojonantes, “cada día más solo”, que vive de alquiler en un apartamento lleno de polvo, con muebles y electrodomésticos baratos, en plena construcción de su nuevo hogar. Una compañía desaconsejable si no fuera por que se parece mucho a nuestro mejor amigo o a nuestra hermana más querida y porque Vilas lo encierra en un libro para que la escritura lo convierta en un personaje que nos arrastra a sus aguas más profundas, donde no nos atrevemos a navegar ni siquiera dentro de nosotros mismos.

La novela basada en hechos reales tiene el atractivo irresistible y morboso de las vidas ajenas, pero también conocemos personajes de ficción irresistibles y morbosos, que nos enamoran o que repudiamos, porque en ambos casos nos fascinan (sirvan los ejemplos de Ana Ozores y Fermín de Pas). Al fin y al cabo, los personajes de ficción se componen de personajes reales –toda ficción es, en este sentido, realista-. En Ordesa coinciden autor, narrador y protagonista. Los demás personajes se relacionan con el protagonista, sobre todo, por vínculos familiares.

Su madre y su padre se convierten en héroes de la épica cotidiana, sin que sucedan hechos más extraordinarios que el vivir día a día, y se convierten también en protagonistas de un poema lírico por la exaltación de un amor filial que exhibe la vida de una y otro sin cosmética: “No me importa exhibir la vida de mi padre. […] Nos vendría muy bien escribir sobre nuestras familias, sin ficción alguna, sin novelas. […] Me gusta mucho que los amigos me cuenten la vida de sus padres. […] Puedo ver a esos padres, luchando por sus hijos. Es la lucha más hermosa del mundo”.

Vilas mezcla épica cotidiana y lirismo familiar sin caer en una exaltación pseudorreligiosa de la familia ni en melifluos sentimentalismos. Los personajes se presentan sin filtros. Sus páginas se leen con el ruido de fondo de la vida. Escribe, así, en palabras de Juan José Millás, un libro salvaje que te rompe el alma.