lunes, 19 de junio de 2017

Capitalismo canalla

  • Dos ensayos publicados con años de diferencia nos ayudan a conocer el planeta económico en el que vivimos: Capitalismo canalla, de César Rendueles, y Algo va mal, de Tony Judt.


Juan Jorganes Díez
“El 1% más rico tiene tanto patrimonio como todo el resto del mundo junto”. “Veinte personas tienen en España tanto dinero como el 30% de la población”. “El 1% más rico acumula el 20% de la riqueza total de España”. Son titulares de El País, El Mundo y Cinco Días de los años 2015, 2016 y 2017.

En 2013 El País publicó una entrevista a Hans-Werner Sinn, presidente del “influyente y prestigioso” think tank alemán IFO (Information and Forschung), en la que defiende que España, Portugal y Grecia “necesitan una devaluación interna del 30%”. Aunque reconoce que “las devaluaciones internas pueden ser crueles”, el Gobierno español debería aprobar otra reforma laboral que “flexibilice los salarios a la baja” para salir del túnel en 2023. Lo que España necesita es eliminar el salario mínimo y “laminar” el Estado de bienestar. El periodista lo presenta como “controvertido, dogmático, con fama de riguroso”. También enumera a algunos “brillantes economistas” que no están de acuerdo con sus teorías.

Tres conclusiones que han de leerse como tres mandamientos: Una, la distribución tan desequilibrada de la riqueza no provoca que se cuestione el sistema económico que la propicia. Dos, las consecuencias crueles de una teoría no impiden que a su propagandista se le califique de “prestigioso” y “riguroso”. Tres, al existir teorías económicas varias y opuestas, la aplicación de cualquiera de ellas es una opción política e ideológica. Por lo tanto, se ha elegido e impuesto una opción (las teorías neoliberales), cuya aplicación ortodoxa perjudica a millones de personas (paro, precariedad laboral y pobreza) y beneficia al 1%, y no existen alternativas al capitalismo. Amén.

Dos ensayos publicados con años de diferencia nos ayudan a conocer el planeta económico en el que vivimos: Capitalismo canalla, de César Rendueles, y Algo va mal, de Tony Judt.


Algo va mal

El libro de Tony Judt (1948-2010) se publicó en España en 2011 (Taurus). Judt analiza la situación social y económica en Europa y EE UU nada más estallar la crisis de 2008 y las causas de la misma. Su muerte le impidió conocer las verdaderas dimensiones de lo que llamó “el pequeño crac de 2008” y la Gran Recesión que vendría después. Mantendría hoy su asombro por los malos resultados de los partidos socialdemócratas tras la crisis financiera: “han sido a todas luces incapaces de estar a la altura de las circunstancias”. Escribe un socialdemócrata convencido que nos recuerda los éxitos de la socialdemocracia.

En septiembre de 2008, con el estallido de la última crisis del capitalismo aún en los oídos, el presidente de Francia, Nicolas Sarcozy, proponía “refundar sobre bases éticas el capitalismo”. Proclamaba que “Le laissez faire, c'est fini”. Pretendía reunir, antes de que acabara 2008, a “los líderes mundiales” para un nuevo pacto que regulase la economía mundial. Volvía a ser legítimo que los poderes públicos intervinieran en el sistema financiero. Lo hicieron con el dinero de todos para beneficio, como se ha demostrado, de unos pocos. Judt advertía de que la vuelta a la economía keynesiana “no es más que una retirada táctica”. Una retirada táctica al keynesianismo, cabe deducir, para la estrategia de sostener los principios fundamentales del neoliberalismo y afianzarlo como pensamiento único.

En el capítulo “¿Qué hacer?”, Judt comienza con una “defensa de la disconformidad”. La economía ha quedado en manos de un reducido grupo de expertos. A los legos en la materia (la mayoría) que se atreven a oponerse a sus decisiones, se les dice, “como un sacerdote medieval podría haber aconsejado a su grey”, que no les incumbe: “La liturgia debe celebrarse en una lengua oscura, que solo sea accesible para los iniciados. Para todos los demás, basta la fe”.

Si a la mayoría se le hacer sentir que es incompetente para resolver los problemas y que todo está decidido porque no hay alternativa posible, se desentenderá de la gestión de los asuntos públicos. Pero las democracias “solo existen en virtud del compromiso de sus ciudadanos en la gestión de los asuntos públicos”. La disconformidad establece un diálogo, implica a todas las partes en el debate, elimina los efectos perversos del monólogo dominante.

Dos respuestas más a la pregunta de qué hacer: Una narración moral en la que trasciendan los actos que defendemos; y una narración moral para revertir el individualismo egoísta, para defender ideales colectivos, para “inculcar el sentido de un propósito común y dependencia mutua”, porque “siempre hemos sabido que la desigualdad no es solo preocupante desde el punto de vista moral: también es ineficaz”.

¿El Estado de bienestar ha muerto? ¿La socialdemocracia que puso en pie y mantuvo el Estado de bienestar también ha muerto por inútil? ¿Es más útil para la sociedad un sistema impulsado por el mercado, con un Estado mínimo? Depende, responde Judt, de “qué tipo de sociedad queremos y qué clase de acuerdos estamos dispuestos a tolerar para instaurarla”. Ni Judt ni Rendueles rehúyen la responsabilidad colectiva. La imposición de normas por el poder establecido es un hecho a lo largo de los siglos, sí. La falta de respuestas convincentes de la socialdemocracia y la asunción de parte de las teorías neoliberales anularon cualquier discurso alternativo, cierto. La socialdemocracia se convirtió en social liberalismo para diluirse en acciones ante la crisis que no se diferenciaban gran cosa de las más ortodoxas neoliberales, lamentablemente. Pero “no basta con identificar las deficiencias del sistema y lavarse las manos”. “Tenemos el deber –concluye Judt- de mirar críticamente a nuestro mundo. Si pensamos que algo está mal, debemos actuar en congruencia con ese conocimiento”.

Capitalismo canalla

El libro de César Rendueles se subtitula “Una historia personal del capitalismo a través de la literatura” (Seix Barral, 2015). El autor utiliza libros leídos y anécdotas personales para ejemplificar lo que nos quiere explicar. Como el autor evita cualquier jerga de las disciplinas con las que trabaja (economía y sociología, principalmente), sus 232 páginas se leen con facilidad de un tirón. Lo mismo ocurre con las 220 del libro de Judt.

Empecemos por el final. Para Rendueles “la economía ortodoxa y la política hegemónica son muertos vivientes que se siguen moviendo causando toda clase de sufrimientos”. La buena noticia es que “por primera vez en décadas intuimos la existencia de una salida de emergencia, escarpada y en parte cegada, hacia la democracia radical”.

En los siete capítulos del libro nos ha explicado que las reglas de este juego del capital han sido impuestas y no siempre fueron las mismas. En cualquier caso, las élites dominantes –las que imponen esas reglas- las han defendido como si fueran verdades absolutas, establecidas para permanecer por los siglos de los siglos, ya se tratara del esclavismo en su momento o de las ruletas y tragaperras financieras que sustentan la economía actual.

Pero de la ortodoxia fundamentalista surgieron las grandes crisis capitalistas. Sin ir muy lejos en el tiempo, encontramos ejemplos de esas crisis y de sus terribles consecuencias en la primera mitad del siglo XX: totalitarismos y dos guerras mundiales.

Bajo la ortodoxia neoliberal acabó el siglo pasado y comenzó el actual: “Hemos entregado el control de nuestras vidas a fanáticos del libre mercado con una visión delirante de la realidad social, que nos dicen que nada es posible salvo el mayor enriquecimiento de los más ricos”. Las consecuencias de la crisis actual y las soluciones impuestas ya se adelantaron en los primeros párrafos: una minoría acumula patrimonio y riqueza y una mayoría ha de ser “devaluada” vía salarios y ha de perder los beneficios en educación, sanidad o pensiones, que le llegaban por el proyecto de Estado de bienestar iniciado en Europa tras la Segunda Guerra mundial.

Rendueles dedica el capítulo seis a “entender algunos callejones sin salida del proyecto del Estado de bienestar”. Por un lado, se pretendía civilizar el capitalismo salvaje que había traído tanta destrucción y muerte y, por otro, ofrecer una alternativa amable al antagonista que tanta fuerza había adquirido: el comunismo. Esta paz social entre la burguesía y las clases trabajadoras supuso que una mayoría adquiriera un bienestar que jamás había conocido a cambio de renunciar a la “tradición revolucionaria” y de “una aceptación de la vida dañada por el consumo y el trabajo asalariado”. Cuando esa mayoría rozó los límites económicos, sociales y organizativos del Estado de bienestar, el neoliberalismo le presentó una oferta que no estaba dispuesta a rechazar: el capitalismo popular o cualquiera puede hacerse rico.

Vivir como los ricos es el nuevo ideal para millones de personas de la clase trabajadora: “El consumismo borró de la memoria colectiva las consecuencias que había tenido el capitalismo desbocado, la miseria y las decenas de millones de muertos que dejó a su paso”. Se impone un discurso individualista,  que rechaza el igualitarismo y reniega de él. El libre mercado se convierte en el único regidor del mundo, incompatible con un Estado que regule, intervenga, recaude impuestos, redistribuya,  equilibre desigualdades y acote sectores tan importantes como la sanidad o la educación. 

El capitalismo de los malos procederes había regresado invocado por los brujos y santones del neoliberalismo. Como la historia nos ha demostrado una y otra vez, el desastre estaba anunciado. Pasada la conmoción inicial, las soluciones las dictan los mismos ideólogos que lo provocaron, entre la ruindad de culpabilizar a la mayoría empobrecida, porque había vivido por encima de sus posibilidades, y la avaricia que ha permitido al 1% vivir en sus lujosas posibilidades.  Los malos procederes, la ruindad y la avaricia definen al canalla. 

sábado, 17 de junio de 2017

Literatura homosexual

Luisgé Martín
Luisgé Martín
[...] Tal vez pueda decirse, con una taxonomía simple, que la literatura homosexual tiene tres grandes caligrafías, aunque sus trazos a menudo se confundan. La primera de ellas es la del conflicto, la del dolor, la de la sentimentalidad extrañada. Con esa caligrafía escribió Patricia Highsmith, quien construyó uno de los personajes más tortuosos y ambiguos de la literatura del siglo XX, Tom Ripley. Su novela Carol, sin embargo, publicada originalmente con seudónimo por sus amores lésbicos, es una de las primeras historias homosexuales de final feliz.

También desde el conflicto de la identidad escribe el estadounidense Tennessee Williams, cuyos dramas arrancan siempre de profundos desgarros. O su compatriota James Baldwin —desaparecido de los catálogos editoriales españoles—, que enfrenta la doble discriminación racial y sexual. O Luis Cernuda, cuyos poemas no dejan de bordear las contradicciones de la realidad y el deseo. O Carson McCullers, que en Reflejos en un ojo dorado explora el laberinto incontrolable de la pulsión sexual. O, más recientemente, David Leavitt, quien popularizó la literatura de tema gay a finales de los ochenta con El lenguaje perdido de las grúas.

La segunda caligrafía es la del dandismo y la exaltación: la homosexualidad como celebración de la vida, o al menos como confirmación de ella. El argentino Manuel Puig —tan olvidado hoy en España—, Anaïs Nin, Jaime Gil de Biedma —más en sus diarios que en su poesía—, Pier Paolo Pasolini, Terenci Moix, Luis Antonio de Villena o Eduardo Mendicutti hurgan en el cuerpo, en el goce, en la sensualidad y en la alegría del homoerotismo. Las memorias de Reinaldo Arenas, Antes que anochezca, un libro belicoso políticamente y a veces desolador por su crudeza, representa, a pesar de todos sus pesares, una algarabía de felicidad homosexual.

La tercera y última caligrafía es la de la transgresión, en sus múltiples formas: la homosexualidad como arma de combate, como modelo de ruptura con la sociedad biempensante y ortodoxa. Genet, Burroughs o Copi son tres de los autores que escribieron con cuchillos desnudos y que escandalizaron a sus contemporáneos. En esta estirpe podemos contar también a Guillaume Dustan, quien en 1996 publicó En mi cuarto, un libro supuestamente autobiográfico que relata sin encubrimiento la promiscuidad y los excesos de un cierto tipo de vida gay; y al colombiano Fernando Vallejo, cuyos libros son deliberadas bombas narrativas.

Si esta clasificación es, como todas, quebradiza, bastará mencionar cuatro novelas sobresalientes de los últimos años, escritas en español, para comprobar que la literatura gay —o de tema gay— va por fortuna mezclando sus caligrafías y atreviéndose con descaro a decir sus muchos nombres. En El invitado amargo, Vicente Molina Foix y Luis Cremades hurgan en la memoria del amor y de sus males. En Jardín, Pablo Simonetti remueve los conflictos familiares en los que la homosexualidad a veces se enreda. En París-Austerlitz, Rafael Chirbes identifica los mestizajes de la identidad y sus abismos. Y en Un mundo huérfano, su primera novela, el colombiano Giuseppe Caputo se acerca sin complejos al descubrimiento de la exuberancia erótica.

En esa interminable y académica discusión sobre si existe o no existe la literatura homosexual, cabe insistir en que hablamos siempre de autores de una solidez artística que supera cualquier cliché extraliterario: André Gide, Djuna Barnes, Allen Ginsberg, Yukio Mishima, Gertrude Stein, Elizabeth Bishop, Gabriela Mistral o Juan Goytisolo exploran, antes que nada, el alma humana. El amor, la intolerancia, la soledad, la vejez y la omnipresencia de la muerte. No es importante su vida de alcoba, sino su mirada literaria. Los ojos con los que escribieron el mundo que veían.

El texto completo en Babelia

Película basada en la novela que Patricia Highsmith
tuvo que publicar en 1951 con pseudónimo por su contenido
lésbico

domingo, 11 de junio de 2017

¿Se puede asesinar a un animal?

Cecil, el león más famoso de Zimbabue
¿Se puede asesinar a un animal?

Diccionario en mano, no; igual que tampoco diríamos que el autor de la muerte del león Cecil cometió un homicidio; y del mismo modo que nadie contaría que “el fumigador asesinó a todas las cucarachas”.

Sin embargo, ciertos animales dignos de protección o de aprecio despiertan en las personas una empatía que justifica la metáfora del asesinato. Quien acuda a ella estará usando legítimamente los recursos del idioma y las figuras del lenguaje que consisten en partir del sentido recto de un término para proyectarlo sobre una imagen que el receptor identificará por asociación (que no equiparación) con el original.

En definitiva, el verbo “asesinar” y el sustantivo “asesinos” personifican a las víctimas animales, nos las acercan psicológicamente al presentarlas como seres vivos igual que nosotros.

Ahora bien, ese uso será válido hoy en día cuando quien hable o escriba esté expresando una visión subjetiva de lo ocurrido. El hablante o escribiente que experimenta esa repulsión ante el sufrimiento ajeno (incluido el de un animal) está en su derecho de transmitir sus emociones con esta herramienta de la retórica. Pero eso forma parte de la visión personal, y por tanto no encajaría en textos o mensajes que aspirasen a la objetividad.

Es cierto que las alternativas a “elefante asesinado” se quedan cortas para reflejar esa acción injusta, violenta, a menudo ilegítima: “Elefante muerto en Zimbabue” englobaría el fallecimiento por causas biológicas; “elefante cazado” puede no implicar la muerte y reflejar una acción legal; “elefante abatido” puede suponer que sólo se le ha derribado…


El Código Penal, como el Diccionario, no recoge el delito de asesinato cuando se trata de animales. Pero las palabras absorben con el tiempo nuevas acepciones que se les añaden de manera natural gracias a los cambios sociales y al uso reiterado de los hablantes. Por eso cabe confiar en que dentro de poco el sentir general lleve a que los significados objetivos de la lengua incluyan, en determinadas circunstancias que será preciso definir, la afirmación de que un animal ha sido “asesinado”.

Extracto del artículo de Álex Grijelmo publicado en  El País

miércoles, 10 de mayo de 2017

Comas: el infierno de la puntuación

  • Reconozcámoslo abiertamente: la puntuación en general es un dolor de muelas y las comas en particular nos llevan por el camino de la amargura al común de los mortales. Aquel que esté libre de una coma mal puesta que tire el primer diccionario.



Si la comparamos con la escritura, la puntuación es un invento relativamente reciente. El padre de la coma fue  Aristófanes de Bizancio, un bibliotecario de la célebre Biblioteca de Alejandría que vivió allá por el siglo III a. C. Por aquel entonces, la forma de escribir era en scriptio continua, es decir, los textos se escribían de corrido, sin signos de puntuación ni espacios entre palabras. La finalidad de los textos escritos no era la lectura individual tal y como hoy la concebimos, sino que los textos se entendían como partituras pensadas para que el orador ejecutase en directo el discurso. Nos gusta pensar que toda lengua pasada fue mejor y que ya no hay decoro lingüístico como el de antes, pero lo cierto es que la scriptio continua de la Antigüedad nos resultaría hoy ilegible.

La propuesta de Aristófanes de Bizancio era sencilla y eficaz: indicar mediante un sistema de puntos la cantidad de aire que el orador debía tomar en cada pausa para poder acometer sin ahogos el fragmento de texto hasta la siguiente pausa. En una época en la que era el lector quien debía apañárselas para separar correctamente el espagueti continuo de caracteres, se asumía que para comprender totalmente un texto eran necesarias varias relecturas. En ese sentido, la notación que proponía Aristófanes suponía una mejora notable, ya que permitía al orador enfrentarse al texto de primeras con más claridad.

Con el transcurso de los siglos, la tradición de la oralidad fue siendo sustituida por una tradición centrada en los textos escritos y la escritura fue entendiéndose cada vez menos como un elemento auxiliar de la oralidad y más como un sistema en sí mismo con su propia lógica interna. Lo que en su día habían sido signos de respiración puestos un poco a la buena de Dios según la capacidad pulmonar del orador se convirtió en un protocolo lingüístico formal con poco margen de maniobra. En contra de lo que solemos pensar, las comas hoy no representan respiraciones sino que se rigen por criterios exclusivamente gramaticales, coincidan o no con pausas orales.

Hay comas evidentes y poco problemáticas, como la que separa las enumeraciones (salir, beber, el rollo de siempre). Otras, en cambio, corren peor suerte. La coma del vocativo (esa que aísla el nombre del destinatario al que va dirigida nuestra frase, como en “Houston, tenemos un problema” o “Tócala otra vez, Sam”) es raro verla fuera de contextos formales y esmerados.

Por otro lado, están las comas de más, aquellas que ponemos cuando nos puede la hiperventilación tipográfica y nos dejamos llevar por la emoción de puntuar según nos suena. Los correctores llaman “coma asesina” a la coma innecesaria que habita entre sujeto y predicado. Quizá su éxito se deba a que en la lengua hablada tendemos a hacer una breve parada cuando el sujeto es particularmente largo.


Lo que nuestra incapacidad para poner comas de acuerdo a la norma nos recuerda es que la lengua es, antes que ninguna otra cosa y a pesar de los milenios de tradición escrita y del empeño de los puristas ortográficos, oralidad. Por eso cuando toca puntuar un texto optamos por tocar de oído y ponerlas intuitivamente allá donde nos parecería natural respirar.

Extracto del artículo de Elena Álvarez Mellado. El texto completo en eldiario.es

lunes, 8 de mayo de 2017

La tormenta en el vaso


José Mª Merino
Esta noche me despertó el retumbar amortiguado de un trueno. Imaginé que había una tormenta en los alrededores, pero un resplandor súbito, cercanísimo, acompañado de otro trueno de la misma intensidad, me hizo descubrir que la tormenta estaba a mi lado, sobre el vaso de agua que
mantengo por las noches en la mesita. Los relámpagos y los truenos se sucedieron, y pude advertir claramente que coronaba el vaso una pequeña pero densa nube. Mi mujer continuaba durmiendo tranquilamente. Uno de los de los rayos descargó sobre mi reloj de pulsera, que se ha parado, acaso para siempre. Yo sentía mucho temor. Cuando la tormenta terminó, el nivel del agua en el vaso había subido por lo menos tres centímetros. Me he llevado el vaso a la cocina y me he prometido no volver a tener agua en la mesita nunca más.

Del mismo autor puedes leer en infoLibre La pecera

viernes, 28 de abril de 2017

Sola en la sala

Eskarnia y Gloria Fuertes



Eskarnia utiliza la letra de dos poemas de Gloria Fuertes:

En las noches claras
En las noches claras,
resuelvo el problema de la soledad del ser.
Invito a la luna y con mi sombra somos tres.

Y no sé por qué
Estoy triste... y no sé por qué;
he bebido amor,
                         y aún tengo sed.
Estoy sola... y no sé por qué
quisiera saberlo,
                          mas no lo diré...
Estoy sola y no sé por qué,
quisiera besar,
                        y no sé a quién.
Estoy enamorada... y no sé de qué.
Quisiera saberlo...
                             y no puede ser.

Estoy triste y sola... 

miércoles, 26 de abril de 2017

Gloria a la poesía, al humor y al juego Gloria

  • El centenario del nacimiento de Gloria Fuertes está consiguiendo quitar lo velos que cubrieron su poesía, incluso su persona. 


Juan Jorganes Díez
Nuestra sociedad mantiene, entre otros, dos conflictos seculares que no acaba de resolver: la igualdad de la mujer y el respeto por la risa. O los desprecia o le provocan apuros, problemas. Si una mujer escribe poesía en un Parnaso y alrededores repletos de hombres, si el humor aparece con frecuencia en sus versos, si, además, una parte de su obra la dirige al público infantil y juvenil sin prejuicios y triunfa en un medio tan del vulgo como la televisión, entonces tendrá garantizado un lugar por los márgenes de la historia de la literatura o en los pies de página de alguna tesis. Esa mujer es Gloria Fuertes.

Las celebraciones de efemérides con números redondos como los centenarios tienen sus cosas buenas. Por ejemplo, se habla durante unos meses de literatura, se reeditan obras descatalogadas o se reaviva el recuerdo de un escritor o de una escritora.  A veces se consiguen conmemoraciones tan originales como la del centenario del nacimiento de Buero Vallejo en 2016 sin que viéramos una obra suya en la cartelera.

El centenario del nacimiento de Gloria Fuertes está consiguiendo quitar lo velos que cubrieron su poesía, incluso su persona. Se reedita toda su obra y se elogia a la poeta sin veladuras desde las portadas de los suplementos literarios.

Gloria a la poesía

Asombra al leer sus Obras incompletas (Cátedra, 1999) la complejidad de su poética tanto por los temas como por la riqueza formal, desde la vanguardia del Postismo, póstumo ismo surgido en tiempos de posguerra en España, a la tradición popular. Nunca abandonó ni la vanguardia ni lo popular, pues mantiene el atrevimiento propio de la vanguardia a lo largo de su obra y los recursos tan queridos de la poesía popular: la rima, el humor, coloquialismos, apelaciones al lector, o recursos tan característicos como el paralelismo o la repetición. Esta alianza entre la vanguardia y lo popular la relaciona con dos glorias de la gloriosa Generación del 27 (Alberti y Lorca), y no la abandona en los poemas dirigidos al público infantil y juvenil.

Lo sorprendente, tan querido de la vanguardia, lo popular, que surge casi espontáneamente, y la ausencia de ñoñería, tan abundante en la mala literatura infantil, explican su éxito entre esos lectores que añaden la lengua y la poesía a su lista de juegos desde que empiezan a manejar las primeras palabras.

Su larga vida poética atraviesa también las zonas en las que se manifestaba la poesía social, que personalizamos siempre con los nombres de Gabriel Celaya y Blas de Otero, dos glorias más de nuestra literatura. Es la única mujer que participa en el libro colectivo Poeti spagnoli per la libertà (Roma, 1972). Los editores quisieron homenajear a las Comisiones Obreras, sindicato entonces clandestino, como la inmensa mayoría del país. España, vista como anomalía de la Europa democrática, recibía un apoyo internacional mediante el ensalzamiento de una “organización de clase que es la vanguardia de la lucha por la libertad, la justicia y la paz”, tal como se lee en el prólogo.

Que nadie se asuste pensando que va a tropezar con odas a los Alekséi Stajánov spagnoli o con sonetos a Marcelino Camacho. Veintitrés escritores entregan un poema (dos, en algún caso), según su criterio. Gloria Fuertes envía ´Telegramas de urgencia escribo´. Estos son los primeros versos del poema: “Escribo, más que cantar cuento cosas. / Destino: La Humanidad. / Ingredientes: Mucha pena / mucha rabia / algo de sal”.

Por sus versos encontraremos pobres (“pobres de mil oficios no estáis solos / aquí un poeta os canta, / luego vendrán más”), niños flacos (“El niño no crece, / ni juega con nadie. / El niño no muere, / ni vive ni nada”), trabajadores (“El albañil llegó de su jornada / con su jornal enclenque y con sus puntos”), labradores (“Labrador, / ya eres más de la tierra que del pueblo”). Ella también trabaja. En el poema ´Nota autobiográfica´ escribe: “Luego me salió una oficina, / donde trabajo como si fuera tonta”.

La Gloria que merece ahora toda nuestra atención no es un camaleón que se adapta a la moda literaria del momento, ni pierde su personalidad en bandazos que buscan los focos que atraen a las polillas escribidoras. Representa, sin que se rompan las costuras de sus versos, sin que pierda su nombre y apellido, la tradición y la poesía del siglo XX.

Al humor y al juego, Gloria

El humor no se lleva bien en esta parte del mundo en la que desde sus textos sagrados, en el comienzo de los tiempos, aprendió que para ganarse el pan, es decir, para sobrevivir, había que sudar. Las leyes educativas que no incluyan la palabra esfuerzo en su preámbulo, y por aquí y por allá, no merecen el nombre de tales, de manera que mencionar aquello de enseñar deleitando acarrea menosprecio o el diagnóstico de alguna patología. Sobre los peligros de la risa ya nos advirtió Jorge de Burgos, personaje de El nombre de la rosa. Su discurso resumía el pensamiento católico medieval.

Hasta que los románticos no convierten a don Quijote en un personaje serio, un idealista, la novela cervantina no dejaba de ser un éxito… de risa. El humor sarcástico de Quevedo se acerca más al castigo que al divertimento. El Gracioso, personaje de la comedia del Siglo de Oro, es una extraña aportación del teatro castellano a la dramaturgia, que se puede entender porque las obras se dirigían a un público multitudinario, popular. En la literatura popular el humor ha circulado con libertad incluso cuando el pueblo carecía de ella. En la literatura popular Gloria Fuertes encuentra también el uso humorístico de la rima, que ella sabe manejar graduándola desde la ironía a la carcajada.

La poesía de Gloria Fuertes contiene humor y juego. Por lo tanto, bastaba con colgarle el sambenito de escritora de la sección infantil y juvenil con el título de reina o emperatriz para alejarla de cualquier canon poético digno de consideración.

Juega constantemente con las palabras: con sus significados, con sus sonidos, con los efectos de la repetición, de las estructuras paralelas y, por supuesto, con la rima. El juego llama nuestra atención y nos divierte. No cae en el alarde, que solo consigue una atención fugaz, porque le importa el mensaje (“más que cantar cuento cosas”). No busca el chiste por el chiste, ni demostrar cuan ingeniosa escritora tenemos la suerte de disfrutar.

El humor nos distancia de lo que se cuenta o de lo que nos sucede, nos da perspectiva. Según el grado o el tipo de humor, simpatizamos con los hechos o con la persona que los narra o protagoniza o los rechazamos. Esto último nos sucede con la caricatura o el sarcasmo, pues la ofensa y el maltrato nos llevan a la antipatía.

Con humor basado en la sorpresa inicial (“Gloria Fuertes nació en Madrid / a los dos días de edad”) escribe su ´Nota autobiográfica´. No faltarán los juegos con el significado de las palabras: “fue muy laborioso el parto de mi madre / que si se descuida muere por vivirme”; “A lo nueve años me pilló un carro / y a los catorce me pilló la guerra”; “Quise ir a la guerra, para pararla, / pero me detuvieron a mitad de camino”; “estoy más sola que yo misma”. En este y en tantos otros poemas nos llamará la atención el lenguaje sencillo, a veces coloquial, y nos acercará a esa mujer nacida tras un parto difícil, atropellada por un carro, la guerra y la soledad, porque es más fácil vivir con una persona bienhumorada que con una malhumorada.

Como los desgarros de la vida y del amor, como las interpelaciones angustiosas a ese Creador que no responde, como el compromiso social y el miedo a la soledad no faltan en la obra de Gloria Fuertes -temas que tienen el reconocimiento de la seriedad y la circunspección académicas-, la desconsideración a su obra solo puede explicarse por los prejuicios que se apuntaban al iniciar este artículo: mujer, humor y juego.

Vivir sin respetar las convenciones sociales no es fácil. Se complica la vida si te ha tocado una guerra y has perdido la guerra y en la guerra a un hermano, más aún si esa guerra la gana e impone su ley a sangre y fuego la ideología más retrógrada sustentada en el catolicismo más rancio. Y si eres una mujer poco convencional y, además, escribes y, además, no vuelves tu cara al sol de la Victoria, entonces… “Sé escribir, pero en mi pueblo, / no dejan escribir a las mujeres”. “Vivo pobre. / Duermo en casa. / Viajo en Metro”.  “Compro libros de viejo / me meto en las tabernas, / también en los tranvías, / me cuelo en los teatros / y en los saldos me visto. / Hago una vida extraña”.

La televisión le trajo éxito y popularidad. Eran otros tiempos ya, pero con los mismos prejuicios que desde la noche de los tiempos aún perduran. Ella inicia un poema proclamando que “Soy sólo una mujer y ya es bastante”, en el que expresa sus deseos frustrados: “quisiera haber sido delineante / o delirante Safo sensitiva / y heme, / aquí, / que soy una perdida / entre tanto mangante”, quiso “ser capitán, sin arma alguna, / depositar mis versos en la luna / y un astronauta me pisó la idea”; ella acaba el poema con este verso: “Soy sólo una mujer y ya es bastante”.


También te pueden interesar: 
Phyllis: el gran amor de Gloria Fuertes, publicado en XL Semanal.
Gloria Fuertes se hace mayor a los 100 años, publicado en infoLibre.